El herbario de Emily Dickinson, entre la ciencia y la poesía

En 1845, la escritora estadounidense recolectó, prensó y clasificó 424 especies de flores en una zona rural de Massachusetts. Hoy, el manuscrito es una fuente de investigación para botánicos y naturalistas de todo el mundo

Fotografía de una de las páginas del herbario de Emily Dickinson / Universidad de Harvard
Fotografía de una de las páginas del herbario de Emily Dickinson / Universidad de Harvard

Otros pies caminan mi jardín,

otros dedos remueven la tierra,

un trovador sobre el olmo

traiciona la soledad.

Otros niños juegan sobre el césped,

otros cansados duermen debajo,

y aun así regresa la pensativa primavera,

¡Y aun así la nieve puntual!

El herbario de Emily Dickinson, conservado en la biblioteca de libros raros de la Universidad de Harvard y digitalizado recientemente para la consulta del público, contiene 424 especímenes de flores silvestres de la zona rural de Massachusetts, Estados Unidos, ordenados en 66 páginas con el sistema de clasificación de Linneo. El manuscrito original, que tiene el lomo verde y los nombres de las plantas escritos a mano en latín botánico con la elegante caligrafía de Dickinson, se terminó de hacer en 1845, cuando la poeta tenía apenas 14 años. Con el paso del tiempo, este herbario desconocido para la mayoría de críticos literarios se convirtió en un documento científico que ha servido de investigación para muchas generaciones de biólogos y naturalistas en el mundo.

Con motivo de la conmemoración de los 190 años del nacimiento de la poeta estadounidense celebrados este diciembre, Inés Álvarez, científica titular en el Real Jardín Botánico de Madrid, cuenta por teléfono que el herbario de Dickinson es un documento “extraordinario para la época”. “Conseguir una colección de este calibre”, dice Álvarez, “con el mimo y el cuidado con la que está hecha es sorprendente, sobre todo si se tiene en cuenta que es la obra de una adolescente de principios del siglo XIX”.

De acuerdo con la científica, especializada en la biología evolutiva de las plantas, los especímenes que Dickinson recolectó, ordenó y prensó para su herbario se conservan en condiciones casi ideales. “Ella era naturalista, le gustaban las plantas, pero también los insectos, las mariposas y los pájaros”, afirma Álvarez. Y continúa: “Creo que dejó un legado importante para la botánica. Su herbario es un catálogo de las flores que crecían o se cultivaban en una zona específica de América del Norte, que sirve para que los científicos hagamos estudios y comparaciones”.

El herbario de Dickinson se conserva en buen estado en la Biblioteca de libros raros de Harvard.
El herbario de Dickinson se conserva en buen estado en la Biblioteca de libros raros de Harvard.

Aunque la faceta científica de la escritora ha sido históricamente opacada por su calidad literaria, varios artículos académicos de las últimas décadas reconocen que en el herbario de Dickinson ya estaba contenida su capacidad poética y su amor por la naturaleza. Richard B. Sewall, pensador norteamericano experto en la vida y obra de Dickinson, escribió en un artículo publicado en la revista de Harvard: “En el cuidado que Emily tuvo en su herbario, en el preciso conocimiento botánico que muestra y en la fina composición de cada página, la inclinación de su naturaleza es clara: fue una creadora desde el principio”.

La escritora María Popova cuenta en un artículo de la revista Brain Pickings que la poeta norteamericana comenzó a estudiar botánica a los nueve años y a ayudar a su madre en el jardín a los doce. Cuando inició sus cursos en la escuela Mount Holyoke en su adolescencia, se acercó a la botánica con rigor científico. De acuerdo con Popova, Mary Lyon, la fundadora y primera directora de la escuela, fue una apasionada botánica, entrenada por el famoso educador y horticultor Dr. Edward Hitchcock. “Aunque Lyon animó a todas sus niñas a recolectar, estudiar y conservar las flores locales en los herbarios, el de Dickinson fue una obra maestra de una exactitud poco común y una belleza poética”.

Daguerrotipo de la joven Emily Dickinson
Daguerrotipo de la joven Emily Dickinson

Este herbario, que comienza con un jazmín blanco común y culmina con un racimo de flores de un romero azul, es un documento científico que permite aproximarse con rigurosidad a la vegetación de la zona y es una primera herramienta para trazar el origen desconocido de muchas especies no nativas. Álvarez insiste en que la identificación botánica de los más de 400 especímenes es acertada. “Es cierto que muchos nombres cambian con el tiempo, pero todos los sinónimos usados por Dickinson son correctos para la ciencia”, dice la científica. “Gracias al herbario, podemos saber, por ejemplo, que en el jardín de su finca había cannabis sativa, cáñamo o marihuana”.

Para la investigadora del Jardín Botánico de Madrid, el herbario de Dickinson, a diferencia de la recolección científica clásica, no tiene anotadas las fechas ni la ubicación exacta de las plantas. Además, la poeta no prensó los especímenes completos, con las raíces y los tallos. “En la mayoría de los casos, Dickinson solo clasificó las hojas y las flores. Entonces, si los científicos de ahora quieren hacer mediciones del tamaño o del momento de floración no tienen cómo comparar”.

Emily Dickinson, reconocida por sus poemas como uno de los pilares de la literatura moderna estadounidense junto con Edgar Allan Poe, Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman, usó una técnica de recolección y prensa de las plantas muy similar a la que usan los estudiantes de botánica en la actualidad. Álvarez explica que probablemente Dickinson “envolvió las flores en hojas de papel periódico o en un material similar antes de pasarlas a las cartulinas del herbario. Por encima y por debajo de la planta envuelta, Dickinson debió haber puesto almohadillas de material secante para que absorbieran la humedad, igual que se hace ahora”.

Para hacer una pradera es necesario un trébol y una abeja-

Un trébol, y una abeja.

Y un ensueño.

Bastará solo con el ensueño,

si abejas hay pocas.

El herbario de Dickinson es uno de los primeros documentos de botánica realizados por una mujer joven en la era victoriana. “Emily era una mujer rebelde, especial, íntima, que no se relacionaba mucho con el mundo exterior, que no viajó y no tuvo amantes conocidos, pero a quien le interesaba mucho la ciencia y la belleza de la naturaleza”, dice Álvarez. Y añade: “No conozco mujeres de la época con inquietudes similares. Hay científicas, pero esta mezcla de sensibilidad por lo natural, por la ciencia materializada en la poesía y en el arte no era muy común”. Más de dos tercios de las cartas de Dickinson a familiares y amigos, y un tercio de sus poemas tienen a las flores como tema principal.

La editorial Ya lo dijo Casimiro publicó por primera vez en noviembre de 2020 un libro que reúne las fotografías completas del herbario, acompañadas por una antología botánica de poemas que giran en torno a las plantas, los árboles y las flores, en edición bilingüe y con traducción de Eva Gallud. De acuerdo con los editores, los poemas incluidos “recorren los bosques en mitad de la noche, trepan a los árboles, encuentran pájaros dormidos y recolectan flores y hojas a diario para convertirse en un registro del entorno, una radiografía de lo que observa su mirada y acaricia con la yema de sus dedos”.

Las hojas, como las mujeres, intercambian

astutas confidencias;

unos cuantos saludos, y unas cuantas

portentosas conclusiones,

En ambos casos las partes

disfrutan del secreto,

compacto e inviolable,

a la visibilidad.

*Los poemas fueron tomados del libro Emily Dickinson, Herbario y antología poética. La traducción es de Eva Gallud.

Fuente : EL PAÍS / JUAN MUGUEL HERNÁNDDEZ BONILLA .

Así se ha construido el mapa de hidrógeno más detallado de la Vía Láctea

Investigadores del Max Planck encontraron el objeto celeste más largo del que se tiene registro: el filamento Magdalena, un carril de gas que tiene 3.000 años luz de longitud

las imágenes del mapa de hidrógeno más detallado de la Vía Láctea. INSTITUTO MAX PLANCK

El hidrógeno es el elemento químico más básico y más abundante del universo. El 90% de los átomos del Sol son de hidrógeno. El 60% de los átomos que componen a los seres humanos son de hidrógeno. El hidrógeno es la materia prima para formar estrellas. Sin hidrógeno no hay vida. Entender su proceso de transformación, su estructura y su funcionamiento es uno de los principales desafíos de la astronomía actual.

El astrofísico colombiano Juan Diego Soler, investigador del Instituto Max Planck de Alemania, lidera un grupo de científicos que acaba de construir el mapa de hidrógeno atómico más detallado de la Vía Láctea. Su hallazgo, publicado Astronomy & Astrophysics (A&A)revela procesos hasta ahora desconocidos de la historia de nuestra galaxia.

Soler cuenta por teléfono que el trabajo consistió en observar la luz que emite el hidrógeno atómico a través de una red de 28 telescopios ubicados en Nuevo México, EE UU, con el fin de entender cómo está organizado y cuál es el proceso que lleva a este elemento químico, que surgió aproximadamente tres minutos después de la explosión del Big Bang, a formar, por ejemplo, una estrella como el Sol.

“El resultado más importante del trabajo es haber encontrado una compleja red de filamentos de hidrógeno gaseoso que es una reliquia del pasado de la galaxia, y descubrir así que la estructura de este elemento guarda un remanente de antiguas explosiones de estrellas”, dice Soler. Y continúa:

“Es como si hubiéramos encontrado un fósil de la muerte de estrellas, y ese fósil fuera a la vez la materia prima para formar estrellas nuevas. La historia de la vía láctea está escrita en el hidrógeno atómico”.” Es como si hubiéramos encontrado un fósil de la muerte de estrellas, y ese fósil fuera a la vez la materia prima para formar estrellas nuevas. La historia de la vía láctea está escrita en el hidrógeno atómico”

Soler explica que lo observado es “la cabeza y la cola de la serpiente; el principio y el fin del ciclo de las estrellas a través del hidrógeno”. Las nubes de hidrógeno analizadas por los científicos son, al mismo tiempo, los restos de las estrellas muertas y la materia prima para crear nuevos astros. De acuerdo con el investigador, el hidrógeno se acumula, se enfría, colapsa, forma una estrella y cuando esa estrella se muere, expide de nuevo ese hidrógeno a sus alrededores para que otra vez se enfríe, colapse, forme una estrella más, muera y así sucesivamente.

Según Soler, nuestro Sol no es una estrella que haya sido creada desde el Big Bang, sino que es el resultado de varias generaciones de estrellas que existieron antes, al menos seis generaciones previas. “El hecho de que en la Tierra haya oro, platino o níquel significa que somos producto de explosiones de otras estrellas. Esos elementos solo se forman cuando se mueren estrellas muy grandes. La estructura del hidrógeno que observamos en este trabajo comprueba lo mismo”.

Los investigadores esperan que este hallazgo ayude a entender por qué no se están formando tantas estrellas en la Vía Láctea como se esperaría que se formaran. “Si se cuenta todo el gas que hay en nuestra galaxia, se deberían formar al menos 100 estrellas por año, pero se está formando solo una. El proceso de transformación de hidrógeno en estrellas es ineficiente”, concluye Soler.

Yuan Wang, responsable del procesamiento de los datos de la investigación, afirma que utilizaron la famosa línea espectral de hidrógeno, declarada patrimonio inmaterial de la humanidad y situada en una longitud de onda de 21 cm, para observar el brillo del hidrógeno. “Estos datos también proporcionan la velocidad del gas en la dirección de la observación. Combinados con un modelo de cómo gira el gas en el disco de la Vía Láctea alrededor de su centro, podemos incluso inferir las distancias”, explica Wang sobre uno de los métodos que utilizaron para determinar la estructura general de la Vía Láctea.

Los arqueólogos reconstituyen las civilizaciones a partir de las ruinas de las ciudades. Los paleontólogos reconstruyen antiguos ecosistemas a partir de huesos de dinosaurios. Nosotros reconstruimos la historia de la Vía Láctea utilizando las nubes de hidrógeno

Para los investigadores, los resultados y las herramientas de análisis de este estudio ofrecen un nuevo vínculo entre las observaciones y los procesos físicos que conducen a la acumulación de gas que precede a la formación de nuevas estrellas en la Vía Láctea y en otras galaxias. “Las galaxias son sistemas dinámicos complejos y es difícil obtener nuevas pistas. Los arqueólogos reconstituyen las civilizaciones a partir de las ruinas de las ciudades. Los paleontólogos reconstruyen antiguos ecosistemas a partir de huesos de dinosaurios. Nosotros reconstruimos la historia de la Vía Láctea utilizando las nubes de hidrógeno”, concluye Soler.

Filamento Magdalena

Dentro del mapa de hidrógeno, los investigadores del Max Planck encontraron el objeto celeste más largo del que se tiene registro. El filamento Magdalena, nombrado así en honor al río que atraviesa de norte a sur a Colombia, es un carril de hidrógeno que tiene 3.000 años luz de longitud. “Es casi 10 veces más lejos que la estrella polar. Es larguísimo. El mayor objeto coherente de la galaxia. No son pedacitos independientes, sino una sola estructura compacta”, dice Soler.

Para identificar a Magdalena, los astrónomos utilizaron un algoritmo básico de reconocimiento de patrones que descubre estructuras elongadas presentes en la tierra como caminos o ríos. Soler explica que Magdalena está ubicada debajo de nuestra galaxia y no en el mismo plano. “Esto es muy raro, no se había visto algo así antes y no sabemos por qué ocurre”, reconoce el astrónomo. Y agrega: “La Vía Láctea no es plana, tiene una forma similar a la de una papa frita, con un pedazo al borde que se levanta hacia arriba. Resulta que Magdalena está debajo de ese pedazo, en el mismo diámetro de la galaxia, pero en otro plano”.

Soler insiste en que la pregunta ahora es para los físicos teóricos “¿Cómo es que un objeto que debe ser paralelo a la galaxia termina debajo de ella? Sabemos que todo el tiempo está lloviendo hidrógeno verticalmente en la galaxia, eso es lo normal, pero lo que nosotros observamos en el filamento Magdalena es que en lugar de ver llover hacia abajo, se ve llover hacía los lados, de forma horizontal”.

Soler explica que lo observado en esos telescopios es el borde del conocimiento humano. “Cada vez que se produce una de estas imágenes uno ve algo que nadie ha visto jamás que nos ayuda a entender como funciona el complejo esquema de nuestro universo”

Fuente : EL PAÍS / JUAN MIGUEL HERNÁNDEZ BONILLA .

Tras los pasos de los terribles reptiles que reinaron antes que los dinosaurios

Un grupo de paleontólogos halla cientos de huellas fosilizadas al sur de Bolivia, las más antiguas del país, producidas hace 235 millones de años por enormes reptiles parientes terrestres de los cocodrilos

Estas impresiones encontradas en Bolivia fueron producidas por enormes reptiles lejanamente emparentados con los actuales cocodrilos, los rauisuquios.
Estas impresiones encontradas en Bolivia fueron producidas por enormes reptiles lejanamente emparentados con los actuales cocodrilos, los rauisuquios. LUCIO MANSILLA.

No son diez. Ni cincuenta. Son, más bien, centenares de huellas fosilizadas. “Es imposible evaluar su cantidad”, asegura Sebastián Apesteguía.

Hace más de diez años, este paleontólogo argentino llegó al megayacimiento de Tunasniyoj y Ruditayoj, acompañado por su colega Pablo Gallina. Allí, en medio del silencio y el calor agobiante del sur de Bolivia, los investigadores se encontraron con un verdadero tesoro al nivel de sus pies: un campo minado por huellas fósiles magníficamente conservadas de animales del pasado.

Bolivia es uno de los países con mayor variedad y cantidad de huellas de este tipo en el mundo con sitios como Cal Orcko, declarado Monumento Natural Paleontológico nacional en 1998. “Todas las otras huellas encontradas en el país corresponden al Cretácico Superior”, cuenta Apesteguía, investigador de la Fundación Azara/Universidad Maimónides. “Tienen ‘solo’ 70 millones de años”.

Por eso, en su momento los científicos consideraron en un estudio de 2011 que estos rastros hechos por animales cuadrúpedos habían sido dejados por los últimos dinosaurios. Solo con el tiempo se darían cuenta cuán equivocados estaban.

Los rauisuquios fueron los reyes del planeta antes que los dinosaurios. Dominaron hace entre 280 y 200 millones de años.
Los rauisuquios fueron los reyes del planeta antes que los dinosaurios. Dominaron hace entre 280 y 200 millones de años.JORGE GONZÁLEZ.

En 2018, Apesteguía regresó con un equipo más nutrido de investigadores a la zona -un valle cerca del pueblo de Icla, a 100 km al sureste de Sucre- para volver a analizar aquellos planchones de arenisca cubiertos de pisadas.

Los estudios geológicos y paleo ambientales realizados en el lugar cambiaron lo que pensaban: revelaron que las huellas eran en realidad mucho más antiguas. “Pertenecen a mediados del período Triásico, es decir, hace 235 millones de años. Sus productores no habrían sido dinosaurios sino los depredadores que les precedieron”, señala Apesteguía en un artículo publicado hace unos días en la revista Historical Biology. “Las huellas fueron dejadas por enormes animales lejanamente emparentados con los actuales cocodrilos: los rauisuquios”.

Devoradores de dinosaurios

Hace más de 230 millones de años, cuando los actuales continentes estaban apiñados en un supercontinente único llamado “Pangea” -que significa en griego “toda la Tierra” y fue nombrado así por el geofísico alemán Alfred Wegener en 1915-, los dinosaurios eran pequeños y huidizos y recién se asomaban al mundo.

Por entonces, los reyes eran otros: los rauisuquios, enormes reptiles parientes terrestres de los cocodrilos, de entre 3 y 10 metros de largo. “Dominaron el planeta durante 80 millones de años”, dice Apesteguía, investigador del Conicet. “Entre hace 280 y 200 millones de años”.

Restos fósiles de los rauisuquios fueron encontrados en varias partes del mundo, pero especialmente en Sudamérica. Por ejemplo, en Ischigualasto (o el “Valle de la Luna”) en la provincia argentina de San Juan. Allí habitaron animales colosales como el Saurosuchus galilei o el Fasolasuchus.

En el mundo en el que vivieron estas criaturas predominaban los desiertos. Todavía no existían las flores, pero había helechos con semilla, que estaban extendidos por todos los continentes. Al ser reptiles, los rauisuquios podían vivir en estos ambientes muy áridos y de escasez de agua.

Con mucho menos marketing que el T. rex, estos animales de cráneos enormes llenos de dientes curvos y dentados eran tan o más aterradores: se alimentaban de los primeros dinosaurios herbívoros, así como de los parientes lejanos de los mamíferos, los cinodontes.

Hasta que un día desaparecieron. “Las causas de la extinción de estos animales no son bien conocidas. No ha sido una de las más grandes extinciones pero sí lo suficientemente importante para barrer con los principales depredadores en el Jurásico”.

Esto allanó el camino para que los dinosaurios se convirtieran en los grandes animales terrestres dominantes. Además de sus huesos, garras y dientes, los rauisuquios dejaron atrás incontables huellas, rastros de su antigua presencia, como estas impresiones en el departamento boliviano de Chuquisaca. “Las huellas fosilizadas de estos vertebrados nos permiten ‘ver’ animales extintos en movimiento, proporcionando información valiosa sobre distintos aspectos del comportamiento y de la ecología”, indica el icnólogo Paolo Citton, del Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología, de la Universidad Nacional de Río Negro de Argentina. “Me sorprendió la cantidad de huellas preservadas en estos sitios dejadas por individuos distintos”.

En el yacimiento se ven centenares de huellas aisladas pero en algunos casos se observan otras de animales caminando juntos.
En el yacimiento se ven centenares de huellas aisladas pero en algunos casos se observan otras de animales caminando juntos.LUCIO MANSILLA.

Si ya la paleontología es bastante detectivesca, los icnólogos son los Sherlock Holmes de esta ciencia. Siguen rastros y reconstruyen cómo eran, cómo se movían e interactuaban animales prehistóricos sin excavar un hueso. Estos especialistas trabajan con todo tipo de vestigios o trazas, es decir, cualquier indicio de la actividad biológica de un ser viviente: de huellas a excrementos fósiles (o coprolitos). “Observamos las rastrilladas y luego tomamos varias medidas para sacar información sobre los productores y la anatomía de las patas”, cuenta Citton. “Nos tiramos literalmente al piso y dibujamos todo. Tuvimos la suerte de poder trabajar con trazas bastante informativas: sacamos información por ejemplo sobre el número y la orientación de los dedos y garras, sobre cómo estos animales apoyaban las patas durante la locomoción, y si eran bípedos o cuadrúpedos”.

Así vistas, las huellas fosilizadas funcionan como fotografías en el tiempo: cuentan sobre una gran variedad de comportamientos de animales del pasado en un momento particular. Informan sobre la presencia de antiguas criaturas en un lugar determinado y lo que estaban haciendo en el entorno en que habitaban.

Carreteras de reptiles

La nueva datación convierte a estos restos en las huellas de animales terrestres más antiguas de Bolivia. En el yacimiento se ven centenares de huellas aisladas, pero en algunos casos se observan otras de animales caminando juntos. Con técnicas digitales, los icnólogos del grupo realizaron modelos tridimensionales de las impresiones y de toda la superficie.

“Hay rastros de un adulto acompañado por huellas del mismo tipo, pero mucho más pequeñas”, dice Apesteguía. “Esto nos hace pensar que estaba acompañado por sus crías”.

En otras zonas, las impresiones de cinco dedos se acumulan: podría tratarse de rastros de agrupamientos de animales en un oasis.

“Este hallazgo es bastante especial porque este tipo de huellas no suelen aparecer en tanta cantidad”, advierte la icnología Silvina de Valais, investigadora de la Universidad Nacional de Río Negro, en la ciudad argentina de General Roca. “Para una mejor comunicación, los icnólogos les ponemos nombre a las huellas. Este tipo de huellas se llaman Brachychirotherium o braquiquirotéridas”.

Al sur de Bolivia, paleontólogos hallaron centenares de huellas fosilizadas. Una nueva datación las convierten en las huellas de animales terrestres más antiguas de este país sudamericano.
Al sur de Bolivia, paleontólogos hallaron centenares de huellas fosilizadas. Una nueva datación las convierten en las huellas de animales terrestres más antiguas de este país sudamericano.LUCIO MANSILLA.

La variedad de los rastros llevó a los científicos a pensar que habrían sido dejados no solo por rauisuquios sino también por otros animales contemporáneos: reptiles herbívoros acorazados llamados aetosaurios. “Estas especies se solían mover más en grupo que los depredadores, usualmente más solitarios”, cuenta Apesteguía. “En ambos casos, se trata de varias especies de animales que varían entre los tres y siete metros de longitud”.

Los investigadores piensan que el terreno por el que caminaron estos animales en las arenas de lo que hace más de 230 millones de años era el Desierto Central de Pangea estaba húmedo. En algún momento, se secó levemente y decantó sedimento muy fino que fijó las huellas. La erosión hizo su trabajo durante millones de años y ayudó a conservarlas intactas hasta nuestros días.

“Aún tenemos varios interrogantes”, advierte de Valais. “¿Se movían en manada? ¿Hacían migraciones? ¿Iban y venían por los mismos sitios, quizás año tras año? Son preguntas muy interesantes que guiarán futuros trabajos por años”.

Fuente : EL PAÍS / FEDERICO KUKSO .

La odisea del pastor Martín para salvar a sus ovejas

La Guardia Civil rescata a un ganadero de Zaragoza a punto de morir de frío por alimentar a su ganado

Fina, Martín y Rupercio Lahoz, con su perro, 'Satanás', en su casa de Azuara (Zaragoza) el viernes.
Fina, Martín y Rupercio Lahoz, con su perro, ‘Satanás’, en su casa de Azuara (Zaragoza) el viernes.J.N

Los ladridos de Satanás —así le llamaron al perro— alertaron a Martín Lahoz. Eran las tres de la madrugada del miércoles, y este pastor de 56 años, que se había refugiado de la ventisca con sus ovejas en una nave a 16 kilómetros de Azuara (Zaragoza), pensó que el can habría olido un jabalí o un zorro. Pero no. Poco después, dos guardias civiles entraron en el establo buscándole. Martín había decidido encerrarse en la explotación familiar con su ganado por miedo a volver al pueblo entre la nieve y la oscuridad. Los agentes, que lanzaron su búsqueda a medianoche alertados por su familia, lo encontraron aterido y deshidratado. “Si no es por ellos, Martín hubiera muerto de frío”, afirma Fina, su hermana.

La odisea del pastor Martín, casado y con una hija, comenzó el martes. A las nueve de la mañana, después de tres días angustiado por no poder atender a sus cientos de animales, este ganadero se abrigó, y desoyendo los consejos de su familia, partió junto con su perro. El ganadero no llegó a la nave hasta las dos de la tarde. Llamó a su hermana Fina y acordó contactar de nuevo más tarde.

Su fiel perro negro con mechones blancos como si fueran canas, cuyo nombre demoniaco contrasta con su actitud cariñosa, le ayudó a mantener a raya a las ovejas, que casi se le abalanzan cuando por fin lo vieron aparecer para alimentarlas. Con las piernas “tiesas” tras la paliza matutina y el frío en los huesos, decidió no retornar a Azuara y asumió que haría noche junto al ganado. “La noche es traicionera”, se justifica al preguntarle.

Fina, “nerviosica” al no recibir noticias de su hermano durante horas, recurrió a la Guardia Civil. Los dos agentes, que llegaron a las diez de la noche desde Tarazona, se encontraron con un terreno intransitable y temperaturas de hasta 15 grados bajo cero. Recorrieron esta hostil zona de planicies sin puntos de referencia. “Íbamos a ciegas”, explica uno de ellos.

Los guardias, equipados con esquís y raquetas y esquivando las balsas de agua para no hundirse, siguieron las únicas huellas que marcaban el suelo nevado. A las tres de la madrugada, tras horas buscando al pastor, los uniformados lo encontraron balbuceante, con principio de hipotermia y deshidratado. Le ofrecieron pasar la noche en la nave y pedir un helicóptero al amanecer, pero Martín Lahoz se negó. “Es gente tan dura que no se queja, están hechos de otra pasta”, señala uno de los rescatadores.

La aventura siguió su curso. El ganadero, extenuado y cayéndose, caminó junto a ellos siete kilómetros hasta llegar al todoterreno oficial. A las seis y media de la mañana, los agentes devolvieron al pastor con los suyos y este se fundió en un abrazo con su hermana y su padre.

Las manos del ganadero evidencian el peaje de toda una vida en el campo. Martín Lahoz, operado de la espalda tras un accidente, las agita mientras narra sus sensaciones. Una gorra roja cubre su pelo canoso, usa botas altas de goma manchadas por purines y paja, y sienta su robusto cuerpo en una silla de mimbre en una alacena reconvertida en cocina y sala de estar. Pese al susto, el pastor no se arruga: “Llevo desde los 10 años en esto y nunca he sentido miedo”.

Sus arrestos contrastan con el temor que albergaron Fina, de 50 años, y su padre, Rupercio, de 83. Ella luce un mandil y él un pijama largo y azul. El anciano considera con su voz grave que el destino le ha devuelto los favores prestados a la Guardia Civil hace 60 años, cuando les ofrecía leche hervida de cabra para que resistieran entre los gélidos páramos. La dinastía de pastores comenzó hace generaciones, señala el padre: “No he hecho más que trabajar, no fui a la escuela. Mi madre me parió entre animales mientras caían las bombas como gotas de agua”. Fina aún habla con emoción para referirse a cómo su hermano se encontraba apenas con un bocadillo y casi sin ropa de abrigo en aquellas viejas instalaciones familiares.

La aflicción que exhiben su hermana y su padre, así como el susto que se llevaron su esposa y su hija, contrastan con el porte sereno del pastor rescatado. Lahoz presenta lo ocurrido como un episodio más de sus andanzas. Aquí lo importante es el ganado. “Es la cuarta generación de ovino y caprino, me daba mucho duelo que se muriesen” afirma. Por eso apenas termina de contar su historia vuelve a encaramarse al tractor y se dirige sin tregua a atender al rebaño que casi le cuesta la vida.

La fuente : EL PAÍS / JUAN NAVARRO / LUCÍA TOLOSA .

La técnica japonesa que podría haber evitado los efectos devastadores de la gran nevada sobre los árboles de Madrid

El Yukitsuri es un método tradicional que sostiene las ramas para evitar que se quiebren por la nieve. Mientras los japoneses no escatiman en cuidados a su patrimonio arbóreo, el paso de Filomena por Madrid ha puesto de manifiesto la escasa cultura en la gestión del arbolado en la ciudad

Desde otoño hasta la llegada de la primavera, los jardines de Japón se llenan de curiosas estructuras de bambú y cuerda sobre las copas de los árboles. Una estampa icónica que, más allá de su belleza, cumple una función esencial para la protección de las plantas contra los estragos de la nieve.

Estos soportes cónicos están formados por un poste central de bambú, colocado en paralelo al tronco principal del árbol o arbusto. Desde este eje, se tienden de forma radial tantas cuerdas como ramas primarias tiene la planta. A modo de cabestrillo, cada cabo se ata al extremo de una rama, en el punto exacto que asegure su resistencia frente al peso de la nieve o el hielo.

Para los ejemplares de más envergadura, como los míticos pinos Karasaki de los jardines de Kenrokuen, pueden llegar a usarse hasta 800 tirantes de cuerda. Este tipo de árboles, con una cuidada y característica poda que recuerda a la de los bonsáis, se apuntalan también desde abajo mediante postes apoyados en el suelo que alivian el peso de las ramas mas horizontales, incluso las que se posan sobre los estanques.

Esta técnica es más común en áreas de fuertes nevadas, como las prefecturas de Toyama, Ishikawa y Fukui, a lo largo de la costa del Mar de Japón, o en las regiones de Tohoku y Hokuriku, al norte del país. De manera simbólica se instala también en la capital, Tokyo, donde la probabilidad de nevadas es mucho menor.

Cada tradición en torno al jardín tiene un sonoro nombre en Japón. Hanami es el término que utilizan para observar la floración en primavera, en concreto de los cerezos (sakura) y momiji (nombre de las hojas de arce) para contemplar la otoñada. El arte del Yukitsuri (o Yuki-tsuri), cuya traducción literal sería “tirantes de nieve”, es una de las costumbres más vistosas de la cultura jardinera japonesa. Se utiliza desde el siglo XVII y su origen parece encontrase en la forma con la que se protegían los primeros manzanos llegados de Europa del peso de sus frutos.

ero este no es el único recurso de un pueblo que no escatima en cuidados para la protección de su patrimonio arbóreo. El Yuki-gakoi es un método complementario a los tirantes con el que se revisten de paja los troncos y ramas para protegerlos de la nieve y las heladas. Las esteras evitan que el frío y la humedad penetren en las raíces y la base del tallo, previniendo así que los excesos invernales deriven en debilitamiento y enfermedades.

¿Son posibles estas técnicas en Madrid?

Según datos del Ayuntamiento, por el momento, se han visto afectados 150.000 de los 800.000 árboles que se localizan en zonas verdes, calles y plazas de la ciudad. Esto significa que uno de cada cinco árboles (el 20 %) presentan daños por la nieve. En cuanto a los parques históricos este porcentaje se eleva hasta el 68 % (alrededor de 32.500 árboles), un 12 % en parques singulares (64.140) y 403.000 en la Casa de Campo, donde más del 64 % podría tener daños importantes. El devastador paso de Filomena ha provocado que el consistorio cierre de forma indefinida todos los parques de la ciudad hasta que los servicios de Medio Ambiente consigan restablecer la normalidad. Lo mismo ocurre en el Real Jardín Botánico, que ha anunciado que permanecerá cerrado al menos durante dos semanas.

Tras los fatídicos efectos del temporal de nieve Filomena sobre el arbolado de Madrid, ¿cabe plantearse la aplicación de medidas de prevención y protección invernal como las que se toman en el país nipón? Parece poco factible la utilidad de estas técnicas japonesas en una ciudad como Madrid, sobre todo en el arbolado viario –por obvios motivos de espacio– y porque se requeriría un aporte desproporcionado de recursos para una probabilidad de nevadas tan baja. Podría tener sentido, en todo caso, sobre los árboles singulares de la ciudad –catalogados o no– como es el caso del ahuehuete (Taxodium huegeli) del Retiro o el almez (Celtis australis) del Paseo del Prado, aunque este último ya cuenta con un sistema de tirantes para evitar que se quiebre por su avanzada edad.

Árboles de rápido crecimiento, invasores o víctimas de la contaminación

A pesar de la excepcionalidad de este temporal, la imagen desoladora de las calles y parques de Madrid, con cientos de árboles caídos y miles de ramas rotas, se podría haber evitado en gran medida si se contara con un plan de gestión global del arbolado urbano, planteado a largo plazo, que previniera estas situaciones y asegurara una población sana y resistente a los condicionantes de la capital.

Los planes actuales no incluyen, entre sus medidas esenciales, una selección de especies diversa y adecuada a las temperaturas muchas veces extremas de la ciudad. Es cierto que pocos árboles adaptados al clima mediterráneo continentalizado –como es el de Madrid– soportarían 30 horas seguidas de nevada, pero también es lógico tener en cuenta, por ejemplo, que las especies de hoja perenne acumulan más nieve o que sus ramas llenas de hojas ejercen más resistencia frente a fuertes vientos. La estructura de las copas condiciona igualmente su resistencia. Las formas piramidales, cónicas o columnares ayudan a que la nieve permanezca menos tiempo en el árbol. Es el caso del cedro del Himalaya (Cedrus deodara) muy presente en Madrid, cuyas ramas tienen los extremos inclinados hacia abajo, una adaptación que le permite deshacerse del peso de la nieve.

La mayoría de ejemplares damnificados por Filomena pertenecen a especies de rápido crecimiento que desarrollan ramas ligeras y madera endeble, como el aligustre (Ligustrum japonicum) o la acacia del Japón (Sophora japonica), muy comunes en las calles de Madrid. No obstante, en los últimos años están ganando terreno otras especies especialmente resistentes –aunque con potencial invasor– como el peral de flor (Pyrus calleryana) con el que se plantaron los nuevos alcorques de la Gran Vía o Chueca, por ejemplo.

A pesar de que Madrid fue reconocida como Ciudad arbórea del mundo 2019 por la FAO y la Fundación Arbor Day, sus calles están repletas de árboles afectados por la contaminación o las agresiones humanas. Muchos de ellos tienen portes desproporcionados porque no se ha tenido en cuenta la escala ni el desarrollo máximo que pueden alcanzar. Otros tantos crecen ahilados por culpa de la sombra que proyectan los edificios y estiran sus ramas de forma exagerada en busca de luz, lo que provoca que sean mucho más frágiles.

Cuando muchos árboles son demasiados

Madrid cuenta con casi un millón y medio de árboles entre sus calles y zonas verdes (645.316) y los parques (785.732), según datos del Ayuntamiento de 2019, lo que la sitúa en la zona alta de los rankings mundiales (depende del estudio). Algo que a priori puede parecer digno de orgullo municipal deriva en superpoblación. Ocurre, sobre todo, en parques como la Casa de Campo, con casi 700.000 árboles, cuyas sucesivas repoblaciones no han respetado el marco de plantación que señala la separación necesaria para que las plantas se desarrollen con normalidad. Estos límites de densidad son necesarios para que los árboles cuenten con un espacio vital óptimo y no compitan entre sí por el soleamiento o por el agua y los nutrientes del suelo. La consecuencia de este exceso demográfico es la formación de troncos y ramas muy delgadas y por tanto frágiles frente a roturas por viento o nieve.

Por otro lado, las raíces de los árboles son uno de los aspectos más maltratados por el urbanismo actual. Los alcorques no suelen tener la amplitud ni el aporte de materia orgánica necesarios para que las raíces profundicen y el sustrato está muchas veces compactado o continuamente encharcado, cuando no están vacíos o con tocones viejos. La mayoría están cegados por materiales como el hormigón o el granito, que no permiten la transpiración ni la entrada de oxígeno. Todos estos factores debilitan el soporte de los árboles y pueden llegar a provocar la muerte por hipoxia de las raíces.

En Madrid es muy común encontrar praderas de césped plantadas de pinos u otras especies que reciben riego por aspersión, como es el caso de los jardines del Puente de Segovia o los del complejo de Nuevos Ministerios. Este riego superficial, frente al localizado por goteo, provoca que las raíces no se desarrollen hacia abajo en busca de la humedad y por tanto su agarre a la tierra sea mínimo.

Pero la poda es la principal asignatura pendiente de la jardinería urbana en España. La imagen de grandes plátanos de sombra desmochados es muy común en calles y plazas de todo el país. Mientras que en otros lugares como Japón, la poda es toda una cultura y se realizan intervenciones bien planificadas y suaves que no pongan al límite la resistencia de los árboles, en España tradicionalmente se piensa que cuanto más se pode, menos riesgo de fracturas existe. Las podas moderadas de limpieza que respetan la estructura natural del árbol, y logran que permanezca fuerte y no se doblegue a las inclemencias del tiempo.

Los efectos de Filomena sobre el arbolado se verán también a largo plazo. La sal que se usa en cantidades industriales como fundente de la nieve puede terminar de matar a un gran número de los maltratados árboles de Madrid. Aunque durante estos días no se repare en el daño colateral que el cloruro de sodio provoca en la naturaleza, varios estudios científicos demuestran que la sal que acaba en los márgenes de carreteras y en los alcorques termina afectando a las raíces y limitando su capacidad de absorción de nutrientes. También alcanzará acuíferos, arroyos y ríos, alterando el PH del agua y provocando con el tiempo daños a la flora y la fauna. Para tratar de evitar esto, un grupo de científicos canadienses propone la aplicación de métodos alternativos, como el zumo de remolacha proveniente de los residuos de la industria azucarera.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / ALFONSO PÉREZ-VENTANA

Las mentiras sobre el gran incendio de Roma: ni fue tan devastador ni lo provocó Nerón

Una nueva investigación de un historiador británico, apoyándose en pruebas arqueológicas, sostiene que como mucho ardió el 15-20% de la ciudad.

La imagen más extendida del gran incendio de Roma, desatado en la noche del 18 al 19 de julio del año 64 y que se prolongaría durante seis días, es la de Nerón encaramado al tejado de su palacio y tocando la cítara mientras comparaba las llamas que asolaban la capital romana con la caída de Troya. La autoría del legendario relato le corresponde al historiador Dion Casio, que lo construyó siglo y medio después de los hechos, pero ya venía de antes, con las obras de Tácito y Suetonio. Este último incluso señaló al emperador como el artífice del fuego.

El incendio significó la destrucción de muchos de los monumentos y edificios más famosos de la ciudad, desde los templos fundados en época de Rómulo hasta el propio gran anfiteatro de madera de Nerón. Pero además de la pérdida de trofeos irremplazables, las fuentes antiguas señalan que se calcinó una inmensa porición de las viviendas de Roma. Tácito, en concreto, dice en sus Anales que de las llamas, que se propagaron a una velocidad aterradora, solo se libraron cuatro de las catorce regiones en las que estaba dividida la Ciudad Eterna.

Sin embargo, puede que el gran incendio de Roma no fuese tan devastador, sino una exageración más de los enemigos del último princeps de la dinastía Julio-Claudia, quienes también airearon y propagaron sus presuntos comportamientos escandalosos. Así lo considera el historiador británico Anthony A. Barrett en su nuevo libro, Rome is burning. Basándose en nuevos testimonios arqueológicos y en una lectura crítica de las fuentes antiguas, el clasicista asegura que como mucho ardió el 15-20% de la ciudad.

El experto en la Antigua Roma describe el incendio como el catalizador de una “gran división” que se abrió entre el emperador y los miembros de la élite, quienes fueron asediados con fuertes tributos para la reparación del urbanismo romano. Una escalada de tensiones que culminaría en una rebelión contra Nerón, que se vio obligado a suicidarse en el año 68 antes de ser capturado por sus enemigos. Barrett descarta asimismo que las llamas fuesen provocadas por el propio princeps y sus esclavos, y señala que la explicación más aceptada es un inicio accidental.Cuadro de Henryk Siemiradzki que retrata a un grupo de cristianos que van a ser ejecutados como responsables del incendio de Roma del año 64.

Cuadro de Henryk Siemiradzki que retrata a un grupo de cristianos que van a ser ejecutados como responsables del incendio de Roma del año 64.

“Por norma general fue un gobernante negligente y ese fue su principal defecto: no estaba interesado en el tedio diario de gobernar”, ha señalado el historiador a The Times. “Pero cuando hablamos del incendio, es muy difícil culparlo. Al principio participó en los trabajos de extinción de las llamas. Después implantó nuevas regulaciones constructivas para evitar incendios como ese en el futuro, medidas de bienestar y proporcionó refugio a las personas que se quedaron sin hogar”.

En su nueva obra, Anthony A. Barret ofrece un nuevo análisis sobre la dimensión del gran incendio, sus secuelas inmediatas y las nocivas consecuencias a largo plazo para la salud del Imperio romano. Además de analizar esos nuevos hallazgos arqueológicos que vierten luz sobre los efectos de las llamas, sostiene que este desastre fue un momento decisivo de la historia de Roma: el inicio de la caída en desgracia de Nerón y el punto final de la dinastía inaugurada por Julio César.

Porque por mucho énfasis que pusiera en combatir las consecuencias del fuego, el emperador poca cosa pudo hacer para aliviar la miseria de los que lo había perdido todo. Además, estas gentes vieron cómo en los terrenos donde antes se erigían sus casas se dio forma al colosal proyecto neroniano: la Domus Aurea, un palacio gigantesco rodeado de jardines y estanques que colocó una pesada losa sobre su prestigio popular. “Ahora solo hay en la ciudad una única casa”, escribió el poeta Marcial.

Fuente : EL ESPAÑOL / DAVID BARREIRA .

Una paloma y un mensaje militar perdido durante 110 años

Un museo de Alsacia recupera la cápsula de un ave mensajera enviada a comienzos del siglo XX

Mensaje militar perdido por una paloma mensajera probablemente en 1910, según el curador del museo de Linge-Orbey
Mensaje militar perdido por una paloma mensajera probablemente en 1910, según el curador del museo de Linge-OrbeySEBASTIEN BOZON / AFP

Unas maniobras militares en una de las zonas de Europa, Alsacia, más disputadas hasta bien entrado el siglo XX. Una paloma mensajera que no llega a su destino. Una pareja que, paseando, halla más de un siglo después una curiosa cápsula metálica y tiene el reflejo de contactar con un experto. Dominique Jardy todavía se maravilla de la concatenación de casualidades que ha llevado hasta sus manos de curador de un pequeño museo regional un hallazgo tan inédito como fortuito: un mensaje militar alemán extraviado durante más de cien años. “Es extremadamente infrecuente que suceda algo así, yo jamás he escuchado algo semejante, el mensaje de una paloma mensajera encontrado 110 años más tarde”, cuenta por teléfono el responsable de las exposiciones del museo-memorial de Linge-Orbey, dedicado a uno de los enfrentamientos más duros de la Primera Guerra Mundial en esta zona entre Alemania y Francia.

El mensaje en sí no tiene un enorme interés estratégico. Cuenta, en alemán escrito con las letras góticas de la época —y que llevó a Jardy a tener que pedirle ayuda a un amigo germano para que le transcribiera el corto texto— de unos movimientos de tropas alemanas en el área de Colmar-Ingersheim. El remitente es un oficial de infantería prusiano basado en el norte de Ingersheim, que escribe a un superior de su mismo regimiento. En aquella época, Alsacia formaba aún parte de Alemania. “Es una especie de telegrama para los altos mandos”, resume Jardy.

Lo que sí resulta interesante es el contexto, pese a que es difícil dilucidar la fecha del mensaje. ¿1916, en plena Guerra Mundial, o 1910? Jardy se inclina por esta última. “Es más probable que fuera 1910, hubo grandes maniobras militares antes de la Gran Guerra y es más probable que fuera en esa época”, explica. “Nos da información de grandes maniobras, de que ya antes de la Gran Guerra, las tropas, ya fueran francesas o alemanas, realizaban muchos entrenamientos de combate, y eso mucho antes del conflicto de 1914-18”.

Aunque en esa época el mundo ya conocía nuevas formas de comunicación, no es extraño, asegura Jardy, que los militares siguieran haciendo uso de un método tan tradicional como las palomas mensajeras. “Ya había teléfono y estaban las señales ópticas, pero las palomas tenían más posibilidades de llegar si las líneas telefónicas se cortaban por disparos o bombardeos. Era una de las maneras más seguras de enviar un mensaje rápido”. Aunque a veces fallara el sistema, como en este caso.

Más de un siglo después, en ese mismo bosque de Ingersheim donde se movían las tropas germanas, una pareja, durante un paseo el pasado mes de septiembre, halló una curiosa cápsula de aluminio que, salvo algunos arañazos, parecía intacta. Ya en casa, el hombre —cuya identidad no ha sido revelada— la abrió y se topó con el papel, que parece sacado de un cuaderno militar, con un texto escrito a lápiz en alemán. Por suerte, “tuvieron el reflejo de traerlo al museo de Linge. Fue algo muy bueno, a veces la curiosidad es buena”, se ríe Jardy.

Tanto la cápsula como el papel en ella encerrado estaban en excelentes condiciones. El envoltorio seguía cerrado herméticamente y por ello el mensaje se conservaba intacto, aunque ahora, una vez expuesto a los elementos, ha comenzado rápido el proceso de envejecimiento, de ahí que el museo de Linge lo esté preparando y protegiendo de la luz y el aire antes de su exposición al público. Esta tardará aún. El museo suele cerrar el 11 de noviembre y hasta la Semana Santa debido a que se encuentra en una zona montañosa a menudo cortada al tráfico en invierno por la nieve. La pandemia de coronavirus les ha obligado a clausurar prematuramente. Pero Jardy ya sabe dónde colocará el nuevo objeto de su colección: en una vitrina junto a un maniquí con el uniforme de ese regimiento alemán que envió el mensaje y que estaba estacionado en Colmar.

Fuente : EL PAÍS / SILVIA AYUSO.

Wittgenstein, la palabra y el abismo

Pocos filósofos han escrito un tratado en las trincheras, y muchos menos han escrutado los problemas de la lógica mientras pelaban patatas en la cubierta de un buque de guerra. El pensador austriaco lo hizo

Retrato de Ludwig Wittgenstein tomado por su estudiante Ben Richards, en 1947.
Retrato de Ludwig Wittgenstein tomado por su estudiante Ben Richards, en 1947.BRIDGEMAN IMAGES / WWW.BRIDGEMANIMAGES.C

La vida tiene momentos decisivos, esos que ninguna enfermedad puede borrar. Todos sabemos cuáles son los nuestros. En el caso de Wittgenstein, hubo al menos dos. El primero se produce en Viena, poco antes de viajar a Cambridge. Asiste a una obra de teatro. Uno de los personajes, que vive al margen de lo establecido, hereje y filósofo de aldea, cuenta de dónde extrae su calma interior. Tras una enfermedad en la que estuvo solo y abandonado, escuchó una voz interior que le decía: “Formas parte del todo y el todo forma parte de ti. No puede ocurrirte nada”. Estas palabras fueron para Wittgenstein como una revelación. Le produjeron la impresión de que había en él algo independiente de las circunstancias, algo indestructible, fuera del tiempo. Ese algo no era una deducción lógica o intelectual, sino una convicción no lingüística, fundamental, que le llevaría a buscar una y otra vez los límites del lenguaje.

La segunda experiencia es también insólita. Wittgenstein se ha alistado como voluntario en el ejército austríaco en la Gran Guerra. Lo han destinado a un barco que patrulla la frontera fluvial con Rusia. En uno de los permisos visita a la ciudad de Tarnów para comprar algunas cosas. Entra en una librería desabastecida, donde se venden postales y hay a la venta un único libro. Lo compra porque simplemente es lo único que puede leer. Se trata del Evangelio abreviado de Tolstoi. Desde entonces lo lleva bajo la casaca como un talismán. Lo relee una y otra vez mientras a su alrededor silban las balas.

La primera experiencia arroja a Wittgenstein al “círculo hermenéutico”. Un círculo que para algunos es un infierno y para otros un paraíso. Pero en todo caso, el círculo en el que se mueve la vida del significado. Sin conocer las partes no podemos conocer el todo, pero sin conocer el todo tampoco podemos conocer las partes. Sin conocer las palabras no podemos conocer el significado de la frase, pero el significado de la frase determina a su vez el sentido de las palabras. Hay muchos chistes que dan cuenta de esa dependencia. Entender algo significa ser capaz de ver cómo el todo se refleja en las partes y las partes en el todo. El significado se encuentra en esa relación recíproca, en esa correspondencia.

La segunda experiencia se conecta lógicamente con la primera y ambas con la filosofía del lenguaje de Wittgenstein. Los paralelismos con Tolstoi son asombrosos. Ambos nacieron en entornos privilegiados, ambos fueron artilleros, ambos lucharon contra su sexualidad y ambos experimentaron una transformación que los cambiaría radicalmente (o quizá no tanto). Wittgenstein pertenecía a una rica familia judía de la alta burguesía industrial. Hasta los 14 años tuvo una educación privada, estudio Ingeniería en Berlín y Manchester. Un encuentro con Frege lo condujo a la filosofía de las matemáticas, que estudió con Bertrand Russell. Sabemos muchas cosas de Wittgenstein gracias a las cartas de Russell a su amante. Durante la primera gran guerra compone una obra que habrá de cambiar el curso de la filosofía: el Tractatus logico-philosophicus. Es hecho prisionero en Italia y cuando regresa a Viena, renuncia a sus pertenencias como Anaxágoras (algo que intentó y no logró Tolstoi) y, como el ruso, se hace maestro de aldea. Regresa a Cambridge pero se siente incompatible con la vida académica (como Tolstoi con la literaria), y la acaba abandonando para retirarse a una cabaña en Noruega. Durante la segunda gran guerra será enfermero y, cuando le llega la enfermedad, decide no operarse el cáncer y “dejar que la naturaleza siga su curso”. Muere en casa de amigos (carece de propiedades) y confiesa, cerca del último suspiro, que su vida ha sido maravillosa.

Peligro y salvación

Pocos filósofos han escrito un tratado en las trincheras, y muchos menos han escrutado los problemas de la lógica mientras pelaban patatas en la cubierta de un buque de guerra. Wittgenstein lo hizo. Los demonios interiores y el miedo al suicidio lo habían llevado a alistarse como voluntario. Se encuentra en ebullición, “como un géiser”, en espera de la erupción definitiva que lo convierta en alguien diferente. Sigue la consigna de Hölderlin: “Allí donde está el peligro, está la salvación”. Se ofrecerá para las misiones más peligrosas, incorporándose a los comandos que se adentran en tierra de nadie para descubrir los emplazamientos del fuego enemigo.

La amenaza de una muerte próxima se resuelve en atención. Le permite vivir en el instante eterno y atemporal del presente. Pide a Dios más entendimiento, que todo se vuelva claro por fin, o no tener que vivir más tiempo. Como todos los moralistas estrictos, le puede el orgullo y se desprecia. Escribe como vive, a vida o muerte, y teme que se pierda su esfuerzo intelectual. Desea recorrer el camino de la perfección, sin atisbo de engaño, que le lleve a sí mismo. El espíritu no es propio, pero hay que cuidarlo como si lo fuera. Atenderlo, no olvidarlo en el ajetreo de la vida. Alimenta su vena mística: lee a Silesius, Kierkegaard y James. Es la experiencia de la vida la que impone los conceptos, la que disuelve las preguntas de la filosofía. Se convertirá en el apóstol de la creencia muda, esa que no necesita comunicación verbal y se expresa en el modo de vivir. “La Gran Guerra me salvo la vida”, dirá más tarde, aunque también reconoce la atracción que supone ir al encuentro con la muerte.

Quiere vivir para el espíritu, dejar que penetre en él y lo atraviese. Para ello ha de vaciar su mente de todas las escorias, del odio y la suciedad. El espíritu es lo único que necesita, la ineludible correspondencia con lo divino. Russell dirá sobre este giro místico: “Lo que más valora de la mística es su capacidad para impedirle pensar”. Acierta parcialmente. Detener los procesos mentales, dejar la mente diáfana, es el método que recomendaban los ascetas indios para la irrupción del espíritu, cuyo paso obstruyen las inquietudes, los miedos y los afanes. Wittgenstein seguramente no conoció a Patañjali, pero intuye lo que sabía aquel.

Es apasionado y necesita una misión. La encuentra en el trabajo del pensamiento (servicio y ofrenda). Le parece indigno llevar una vida carente de sentido. Aspira, con cierta arrogancia e ingenuidad juvenil, a la solución definitiva. “Toda mi tarea consiste en explicar la esencia de una proposición…, la esencia de todo ser”. Las palabras son sólo la superficie de un abismo, una piel sobre el agua profunda. Hay cosas que no se pueden decir con el lenguaje pero que se reflejan en el lenguaje. Wittgenstein pretende captar ese reflejo y purificar la lengua (esa gran ramera). Reproduce el gesto del budista Nāgārjuna, que recomendaba el abandono de todas las opiniones. Claridad respecto a lo que se puede decir y silencio sobre el resto. Pero lo que se puede decir es bien poco. Dios, la vida o el destino, quedan fuera del alcance de lo decible. Su conclusión estremecedora: “todas las proposiciones valen lo mismo”. Al matematizar la naturaleza, ésta pierde su encanto: “He meditado mucho sobre todo lo divino y humano, pero no puedo establecer la conexión con mis razonamientos matemáticos”. Los intereses lógicos se van diluyendo en los místicos. El valor está en otra parte. Como apunta Isidoro Reguera, “la perspectiva de la muerte rompe el espejo de la lógica”.

La casa de Ludwig Wittgenstein en Rossroe, Killary Harbour (Irlanda), donde vivió y trabajó en 1948.
La casa de Ludwig Wittgenstein en Rossroe, Killary Harbour (Irlanda), donde vivió y trabajó en 1948.ALAMY STOCK PHOTO

En el verano del 1916, en plena guerra, escribe sus pensamientos más bellos. ¿Cabe vivir de modo tal que la vida deje de ser problemática? Tiene una conciencia muy clara de que, para llegar a ser bueno, debe seguir trabajando. La vida del conocimiento es la vida feliz, nos dice, un camino hacia el silencio. “De no existir la voluntad, no habría tampoco ese centro del mundo que llamamos el yo, que es el portador de los valores”. El yo no es un objeto y es profundamente misterioso, parece estar fuera del mundo. En sus diarios de esta época se permite un discurso sobre lo inefable: “El sujeto no pertenece al mundo, sino que es un límite del mundo”. Pero Wittgenstein no frecuenta los templos, su postura se encuentra más allá del ritual, la confesionalidad o la teología dogmática. No tiene que sostener un credo para hacer suyas ciertas profundidades. “Creer en un Dios significa entender la pregunta por el sentido de la vida. Pues al fin y al cabo, Dios es el modo en el que se comporta todo”.

Preguntarse por el sentido de la vida (capturar el sentido de lo que decimos) es una forma de oración. Pero expresa un sentimiento moderno cuando afirma: “No puedo arrodillarme para rezar porque mis rodillas, por así decirlo, está rígidas. Temo mi disolución si me ablandara”. Esa es la raíz del silencio más elocuente del siglo. Si llamamos Dios al sentido de la vida o al sentido del mundo, entonces la filosofía de Wittgenstein, como la de Spinoza, está llena de Dios. Tras la contienda, interior y exterior, Wittgenstein se ha hecho un hombre, se ha acercado al ideal de la vida unificada y ya puede filosofar. Da a la imprenta el Tractatus, una obra que en menos de cien páginas resuelve supuestamente todos los problemas del pensamiento. La filosofía ya no es sistema o doctrina, sino una labor de desbrozado, un delimitar lo que tiene sentido y lo que no. Pero, sorprendentemente, la obra se liquida a sí misma al final: “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”. Como si de una teología negativa se tratara, se impone el silencio sobre lo importante. La lógica se transmuta en ética.

Juego de lenguaje

Wittgenstein se arrepentirá de esta obra de juventud. Encontrará en ella “graves errores”. Pero no se resigna y abre una nueva vía. Desarrolla la noción de “juego de lenguaje”. La idea fundamental es que en la raíz de todo conocimiento se encuentran los conflictos entre los vocabularios de las diferentes ciencias. Cuando estudiamos la materia mediante la física subatómica, debemos familiarizarnos con un vocabulario que habla de protones, electrones, ondas de probabilidad y números cuánticos. Estas “palabras-probeta”, nacidas en un particular tubo de ensayo, nos ayudan a crear un universo de significado y hablar científicamente de la materia será hablar en estos términos. Si en lugar de la materia nos ocupamos de la vida, entonces hablaremos de células, proteínas y genes, palabras todas ellas que crean su propio universo de significado. Y lo mismo ocurriré si estudiamos la mente (neurosis, paranoias, obsesiones). Y ocurre que, cuando nos disponemos a elaborar un discurso sobre la materia, la mente y la vida, los vocabularios de los que disponemos resultan incompatibles entre sí. Pertenecen a diferentes juegos de lenguaje. Podemos hablar de las proteínas de la célula, pero si hablamos de la esquizofrenia de la célula o la melancolía del electrón, nos situamos fuera del discurso científico.

Wittgenstein da un paso más y sugiere que la noción misma de juego no debe tratarse como algo completamente cerrado, sino que lo que llamamos “juego” toda una serie de prácticas que tienen un “aire de familia”. La visión del juego es impresionista. Pero además, si queremos abordar la cuestión del sentido, nos movemos en círculos (o entre espejos). Las “palabras-probeta” que nacen en los laboratorios sirven para explicar pero son en sí mismas inexplicables. Toda ciencia necesita de palabras-probeta y no es posible separar la noción de rigor de la noción de consenso. El ejemplo más claro es el de la longitud del metro patrón de París. ¿Qué patrón podría medirlo? ¿Cómo detener la regresión infinita? Es precisamente el no plantearse lo problemático de la longitud del metro patrón de Paris lo que nos permite jugar (muy seriamente) al juego de la dimensiones. Las palabras probeta tienen una naturaleza fundacional, no relacional. Apuntan a un fin, la explicación, pero son ellas mismas inexplicables. Sin ellas no podríamos jugar al juego de lenguaje. Derrida sustituyó el vocabulario de la metafísica (esencia-característica) por el de la gramatología (distinción-postergación). Su originalidad consiste en haber planteado el juego en otros términos, no en haberlo resuelto.

Wittgenstein fue un gran filósofo de las matemáticas y su trabajo, en su momento ignorado, empieza a ser reconocido. La idea que tenía de esta ciencia es fascinante. El matemático no es un descubridor que desvela el lenguaje oculto de los fenómenos, sino que es un inventor, un creador que extrae de sí toda clase de efectos. Esa idea se complementa con otra. La matemática es un juego de signos, pero a ese juego no se juega únicamente en el laboratorio, sino que se hace con “ropa de paisano”. Si no hubiera una matemática aplicada, no tendríamos una matemática pura. Entendemos las matemáticas cuando tenemos una visión clara de su aplicación. Por eso la matemática (la ciencia polícroma) no es una superciencia platónica ni una ciencia empírica, sino que se desarrolla en un ámbito intermedio, el de la imaginación.

Con ello regresamos al círculo hermenéutico. Sin las partes no podemos comprender el todo, pero sin el todo tampoco podemos comprender las partes. La época moderna es inductiva, tiende a ir de las partes al todo. La época medieval fue deductiva, iba del todo a las partes. En el primer caso el universo se construye desde abajo, en el segundo, se despliega desde arriba. Pero el sentido requiere de ambos movimientos, de la reflexión mutua de lo ascendente y lo descendente. El todo no es anterior o posterior a las partes, las partes, no son anteriores o posteriores al todo. Una lógica lineal no hace justicia a la naturaleza circular del significado. De hecho, toda linealidad es una ilusión. La cuestión del sentido exige esa correspondencia.

Fuente : EL PAÍS / JUAN ARNAU NAVARRO .

El regreso del leopardo de las nieves, el felino de los ojos de escarcha

En la estela del clásico de Peter Matthiessen llegan nuevos libros sobre el hermoso y esquivo gato que confirman su destino como gran sujeto literario

Leopardo de las nieves retratado en el Tíbet.
Leopardo de las nieves retratado en el Tíbet. VINCENT MUNIER

En 1978 se publicó un libro que estaba destinado a convertirse en un clásico y a hacer entrar por la puerta grande en la literatura a un felino hasta entonces casi desconocido. El leopardo de las nieves de Peter Matthiessen (Siruela), bellísima crónica de un viaje extremo al corazón más remoto y frío de Asia, significó el ingreso de ese animal misterioso, descubierto no una sino dos veces (1778 y 1864), en el imaginario de occidente. Curiosamente, Matthiessen (1927-2014) que viajaba en 1973 al Dolpo, en Nepal, como invitado del célebre zoólogo George B. Schaller (GS), su amigo, no llegó a ver al esquivo leopardo, espíritu de las nieves, sino apenas sus huellas y excrementos (Schaller sí), y su ausencia llena como un agujero de luz blanca un relato marcado por el interés del autor hacia el budismo zen y por el dolor de la reciente muerte de su esposa.

Han pasado los años, el leopardo de las nieves o irbis es más conocido -aunque aún es el que menos de los grandes felinos-, se le dedican documentales y se ha convertido incluso en una atracción turística de las zonas que habita (no es raro hoy conocer a alguien que ha podido observarlo en su hábitat en un viaje organizado; un trekking en su busca en Ladakh, por ejemplo, cuesta alrededor de tres mil euros), desatando un debate al respecto. Y ahora llegan un puñado de nuevos libros que confirman el destino del extraño gato de denso manto gris humo y blanco con manchas y rosetas como gran sujeto literario. Obras en las que la nívea pantera (pantera y leopardo son sinónimos), impregnada de la magia salvaje de sus parajes sublimes, sigue conservando un aura de encanto y fascinación casi preternaturales.

Se acaba de publicar El leopardo de las nieves o la promesa de lo invisible (Errata Naturae), de Vincent Munier, uno de los más reconocidos fotógrafos de naturaleza del mundo, que recoge, junto a una colección de extraordinarias fotos en blanco y negro, los diarios de sus seis expediciones, de 2011 a 2018, para observar al felino en el Tíbet, en zona de yaks, lobos, carneros azules, tsampa, mucho mal de altura y quién sabe si hasta yetis. En la última le acompañó el escritor y viajero Sylvain Tesson (autor del epílogo), que, en uno de esos felices cruces que a veces se producen en la literatura, hizo su propio relato de la aventura, La panthère des neiges (Gallimard, 2019; lo publicará Taurus en 2021).

Los franceses Munier y Tesson, de personalidades muy distintas, componen un nuevo tándem naturalista-literario a celebrar como el del estadounidense Matthiessen y el alemán residente en EE UU Schaller. Este último, uno de los grandes naturalistas de nuestro tiempo —mentor de Dian Fossey con los gorilas, autor de la monografía de referencia sobre el león del Serengeti— y que se ha ocupado en diversos libros del leopardo de las nieves —Tibet Wild (Island Press, 2012), Stones of silence (Viking, 1980) o Un naturalista y otras bestias (Altaïr, 2007)— vuelve a hacerlo, y a recordar a Matthiessen, en el reciente Into wild Mongolia (Yale, 2020), en el que explica su estudio intensivo del felino de ojos de escarcha en el valle de Uert, donde capturaron ejemplares para colocarles collares radiotransmisores de rastreo. En Mongolia, los leopardos se encuentran a mucha menor altura que en el Tíbet, el Nepal o el Ladakh, donde viven hasta los seis mil metros, y es más fácil estudiarlos.

El refugio de Vincent Munier y Sylvain Tesson en una gruta para observar al leopardo.
El refugio de Vincent Munier y Sylvain Tesson en una gruta para observar al leopardo.VINCENT MUNIER

El leopardo de las nieves o la promesa de lo invisible es el diario de Munier de los pacientes y largos aguardos (aunque para disparar fotos y no balas) a más de veinte grados bajo cero en un valle perdido cerca de la reserva natural de Changtang en el norte de la meseta tibetana, en las montañas donde nace el Mekong. Munier describe los avistamientos del mimético felino como verdaderas apariciones. “Fue muy emocionante recorrer el territorio de la pantera, saber que quizá me observaba”, explica a este diario el fotógrafo y escritor. “Por supuesto, encontrarla con los prismáticos, tras haber examinado la cresta de una montaña durante horas y sentir cómo su corazón late en su pecho, es aún más fuerte”. Munier destaca el momento de extraordinaria interacción en que el leopardo cargó contra él al no distinguirlo en las sombras para retirarse al descubrir que era un ser humano (sólo se conocen dos ataques a personas de pantera de las nieves, el gran felino menos peligroso: no hay un leopardo de las nieves de Rudraprayag ni una pantera blanca de Sivanipali, la literatura de nuestro gato carece de un Corbett o un Kenneth Anderson).

El fotógrafo naturalista reconoce su estima por el libro de Matthiessen, aunque no comulga con tanto om mani padme hum. “Quizá su dimensión espiritual era demasiado inaccesible; me han seducido más los escritos de Schaller, que en buena parte es el protagonista del relato de Matthiessen”. Admite el paralelo entre los cuatro autores. “Schaller y yo tenemos esa determinación y esa implacabilidad sobre el terreno, esa sed de estar en los grandes espacios… Pero mi impulso es seguramente más poético que científico”. Dice que leyó el libro de su camarada Tesson cuando regresaron juntos de nuevo al Tíbet en 2019. “Me impactó su talento: la palabra justa, un análisis pertinente y un trabajo de auténtica marquetería con las palabras”.

En las fotos y textos de Munier, el paisaje geológico y los pocos seres humanos con los que se encontró son tan importantes como el leopardo. “En la zona las personas son raras, eso impulsa a acercarte a ellas como en las estepas mongolas o el desierto marroquí. Los nómadas marcan fuertemente el paisaje, en el que viven desde hace milenios; la pantera también. La presencia de un gran depredador, un gran felino como este, tiene algo de mágico: hace los lugares más misteriosos. Aparece y desaparece en una bruma hechizadora, sobre la nieve, como un fantasma. Es una imagen que había soñado antes de hacerla con mi cámara: la pantera integrada en su paisaje, en su reino”. Unos versos del poeta chino Jidi Majia, del poema Leopardo de nieve, que Munier cita al inicio de su libro, sintetizan el secular misterio de la pantera: “Yo soy el verdadero hijo de las montañas nevadas/ el vigilante solitario que atraviesa tiempo y espacios/ agazapado entre las olas de dura roca,/ custodio de este lugar”. El tigre de Blake estaría celoso.

Central como el leopardo en el corazón del libro está la paradoja, explicitada por el autor, de que el encuentro con el felino pone en peligro al animal. “Encontrar, fotografiar, pero sobre todo compartir las imágenes de una especie rara como esta, te hace cuestionarte. Sobre el terreno hago todo lo posible por no perturbar al animal. Pero una vez de vuelta, mostrando mis imágenes provoco que otras personas quieran ir a su vez a la búsqueda del leopardo, cuya supervivencia está amenazada. Existen buenos programas de conservación en torno a ese felino emblemático, pero soy incapaz de pronunciarme sobre su futuro. Hay en efecto una terrible paradoja (de la cual no consigo salir) en querer observar y fotografiar al leopardo y posiblemente hacer pesar sobre él el peligro de una fuerte atracción turística. Porque hoy en día, en mi opinión, el turismo sostenible no existe, es una ilusión”.

Sylvain Tesson y las metáforas de la pantera

“¿Has visto al leopardo de las nieves?”, “¡no!, ¿no es maravilloso?”. Sylvain Tesson no está nada de acuerdo con la famosa frase del libro de Matthiessen, que le parece un poco el consuelo de la zorra de La Fontaine ante las uvas. “Siempre he preferido la realización de los sueños al letargo de la esperanza”, escribe en La panthère des neiges. El libro es una delicia. Puro Tesson, lleno de intensidad, aventura, poesía y un sutil humor. El escritor, que vio hasta en cuatro ocasiones al elusivo leopardo, eso sí, viviendo verdaderas ordalías de naturalismo helado, se emborracha de las metáforas y significados que le sugiere la encumbrada pantera, que es en distintos pasajes un viejo amor, su madre, la nada y el todo. “He visto la pantera, he robado el fuego”, señala en otro momento intenso, y dice que el animal le parece hecho “de neveros, de las sombras de las gargantas y del cristal del cielo, de la nieve eterna, de nubes de plata y el oro de las estepas, del sudario de los hielos, la agonía de los muflones y la sangre de las gamuzas”.

Tesson, cuyo apellido remite de manera bastante premonitoria a la antigua manera de llamar en Francia al tejón (hoy se dice blaireau), explica cómo Munier, al que describe como un Ahab en busca de una pantera blanca en vez de una ballena (lo compara también, por su capacidad de permanecer al acecho, con el as de los francotiradores, el finlandés Simo Häyhä), le propuso ir con él al Tíbet. Escribe que acordaron no decir el nombre exacto del valle donde encontraron al leopardo sino llamarlo el Valle de los Yaks. La expedición, que incluía a la pareja de Munier, Marie, lleva como Evangelios Tibet Wild, de Schaller. En cambio, el libro de Matthiessen, que califica de laberíntico, no le ha impresionado excesivamente a Tesson: “Matthiessen estaba, esencialmente, preocupado por sí mismo”. Sin embargo, el escritor francés no escapa al misticismo que irradian la pantera y sus soledades y lee El libro tibetano de los muertos El libro del Tao mientras se ve obligado a un ejercicio de paciencia que no va con su carácter y “la posibilidad de la pantera palpita en la montaña”. Finalmente, contemplar al animal, “ambiguo como la poesía”, le reportará una “electrocución de placer” y, sencillamente, “el mejor día de mi vida”.

Descubierto dos veces

La pantera de las nieves (Panthera uncía) es el más enigmático de los ocho grandes felinos (tigre, león, jaguar, leopardo, guepardo, puma y pantera nebulosa). De 22 a 55 kilos de peso, con algunos machos de hasta 75, su anatomía está condicionada por el medio gélido en el que vive: presenta pelaje muy espeso, orejas muy pequeñas, patas anchas y una cola larga y peluda que le sirve para mantener el equilibrio en sus saltos sobre la nieve y para cubrirse la cara cuando duerme. Curiosamente, el leopardo de las nieves no puede rugir. Es el gran felino menos agresivo hacia los humanos. En estado vulnerable, con quizá diez mil individuos adultos, el animal tiene prohibida su caza y el comercio de su piel en los 12 países de Asia central en que habita. En algunos lugares, descubrió Schaller, se instala en los nidos de los buitres. Se espera un declive de población de más de un 10% para 2040. Descrito en 1778 por Von Schreber, se le borró de la lista de los animales existentes cuarenta años después al descubrir Raffles la pantera nebulosa o leopardo longibando y pensarse que era el mismo animal. En 1864 se demostró definitivamente su existencia como especie distinta.

La cola de un evanescente leopardo de las nieves.
La cola de un evanescente leopardo de las nieves. VINCENT MUNIER

Fuente : EL PAÍS / JACINTO ANTÓN .