Pandereteras de Iguña y más allá. Mundo Sonaja

El domingo 8 de octubre pasamos un ratuco muy especial con las Pandereteras de Iguña y más allá, el grupo Mundo Sonaja; aprovechamos para hacerlas una entrevista, y grabar tres interpretaciones. Podéis verlo todo a continuación.

Mundo Sonaja casi al completo

El Grupo se estrenó ante el público el 6 de febrero de 2016 en el festival Iguña Suena.

Ya en este año 2017, sus actuaciones comenzaron muy pronto, en enero participaron en el Carnaval de la Vijanera que se celebra el primer domingo de enero (siempre que no caiga en día 1),  en Silió (Molledo, Valle de Iguña).

Los zarramacos, mozos cubiertos con pieles de oveja y campanos –pueden llevar encima entre 25 y 40 kilos de peso–, hacen sonar por las calles del pueblo sus cencerros desde la madrugada. Salen para capturar a la bestia que simboliza los males del invierno; en la edición del 2017 se han dejado acompañar por las pandereteras, gracias a la “Leyenda de la Flor”.

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Esta historia, recogida por García-Lomas, relata los amores de un zarramaco con una panderetera “cascabelera” y de “ojos garzos”. Para Lorena Gutiérrez – panderetera también-, que se ocupa de la coordinación del grupo de 23 mujeres de  Mundo Sonaja, supuso un hecho muy relevante que pudieran participar en la fiesta.

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Cómo se forma el Grupo.

Lorena da clases de canción tradicional y pandereta. Hubo una invitación a participar en el festival Iguña Suena, y se lo propuso a gente de su escuela, así como a otras personas que sabía también podían cantar y tocar la pandereta. La unión de estas personas y su actuación gustó mucho, y esa fue la génesis de Mundo Sonaja.

Actualmente, la edad de las integrantes va desde los 9 hasta los 38 años aproximadamente.

Actuando en los Encuentros Astur cántabros en Valderredible, 9-7-2016

¿Qué repertorio de canciones tenéis?

“Actualmente podemos cantar más de treinta canciones todas ellas del cancionero tradicional basadas en los tipos “pesaos” y “ligeros”. Los “pesaos” son jotas campurrianas y también montañesas, y los ligeros, canciones campurrianas y montañesas. No obstante hay un libro de las escuelas de folclore de Cantabria donde hay recopiladas gran número de canciones tradicionales”.

No por ello dejan de tocar ritmos de pasodobles y rumbas a los que se adaptan perfectamente letras casi olvidadas o no, propias de la tradición.

A veces, cuando se desplazan para una actuación se encuentran con variaciones, lo que depende mucho de cada zona. Todas ellas válidas. No existe un patrón estricto.

Soñe otro mundo

Mundo Sonaja si bien no hace variaciones en todos los temas que interpretan, si las llevan a cabo ocasionalmente para crear mayor riqueza en sus interpretaciones. Como ejemplo citar que en Campoo un “pesao” se toca a mano vuelta (es un toque de allí), y “nosotras –nos comenta Lorena-,  lo mismo lo tocamos al estilo montañés que cantando de choque que es un estilo asturiano. Una canción montañesa podemos tocarla con los toques típicos montañeses,  o adaptar toques de otros sitios, pero siempre dentro del mismo ritmo y compás”.

Lo que si respetan siempre a rajatabla es el ritmo, si es jota es jota, si es ligero es ligero, si es rumba, rumba o si es pasodoble lo interpretan como tal. Una jota se puede tocar con una gran variedad de toques diferentes, así mismo todos los ritmos. Lo cual eleva enormemente la variedad que pueden aportar en sus actuaciones.

En todo lo relativo a repertorio y aprendizaje, nos dice Lorena,  el referente ahora mismo es la Escuela de Folclore de Torrelavega, por donde han pasado más de 5.000 alumnos.

¿Tenéis alguna grabación hecha o en mente hacerla?

“Por el momento no”.

En lo tocante a los trajes regionales que lleváis en vuestras actuaciones ¿Os los hacen? ¿Los hacéis?

“Pues ambas cosas, en ocasiones los encargamos y otras veces los hacemos nosotras; cada zona de Cantabria tiene su traje tradicional, en nuestro caso llevamos el traje tradicional montañés”.

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Las panderetas, ¿Dónde las conseguís? ¿Qué se tarda en aprender a tocar?

Las panderetas nos las hace un lutier,  Sergio Cayón Terán que también es del Valle de Iguña, si bien vive en Villasevil de Toranzo que es donde tiene el taller”.

Sergio construye manualmente panderetas, castañuelas,  tambores, panderos cuadrados y otros instrumentos.

“Por término medio aprender a tocar bien la pandereta viene a suponer un período que va desde los seis hasta los doce meses, otra cosa ya es tocar y cantar a la vez, para finalmente coordinarse con el resto del grupo”.

Finalmente, si alguien quiere contactar con Mundo Sonaja para alguna actuación puede hacerlo llamando a  Lorena Gutiérrez, su móvil: 659 16 44 29, o a través de la página de Facebook del grupo:  Mundo Sonaja (Pandereteras del Valle de Iguña y más allá)

Merecen una mención especial las niñas del grupo, ya que son las que transmiten con su presencia la continuidad del mismo, las que aseguran que la tradición continúe y pueda propagarse.

Moral, Ariadna, Martina Gutiérrez, Martina Mata, Julia, Valvanuz, Natalia, Andrea y Helenia -que tienen un desparpajo admirable para su edad en el escenario-, son ejemplo para otras niñas que las ven en las actuaciones, con objeto de que también se animen a incorporarse a esta actividad.

Nos dice Lorena, y no le falta razón: “son la esencia del grupo”.

Agradecimientos:

Finalmente nos queda dar las gracias a todas las pandereteras por la amabilidad que han tenido al recibirnos. Son unas mujeres que tratan de mantener y divulgar la tradición de nuestra tierruca por medio del cante y el toque de pandereta. Y damos fe, de que lo hacen ¡¡muy bien!!

Componentes:

Niñas: Moral, Ariadna, Martina Gutiérrez, Martina Mata, Julia, Valvanuz, Natalia, Andrea y Helenia

Mayores (como les gusta decir a ellas): Lorena, Alicia, Lucía, Adelaida, Sara, María, Laura, Zulema, Sonia, Duly, Silvia, Paula, Cristina y Estíbaliz.

Y por supuesto también a María José Gómez y a Marisol Blanco Cos, trabajadoras del   Ayuntamiento de Val de San Vicente, su colaboración ha resultado esencial para poder contactar con Mundo Sonaja, las “Pandereteras de Iguña y más allá”.

FUENTE: CENTRO CULTURAL / JORGE A. MURILLO

Panderetas con sus sonajas.

NOTA: Debido a que trabajamos con la parte gratuita de WordPress, es posible que WordPress inserte anuncios -por los que no cobramos nada-, al final de nuestros post.  “Quid pro quo”.

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Santa María de Hito

Recordaros que el yacimiento de Santa María de Hito no es visitable. Para preservarlo y que generaciones venideras pudiesen estudiarlo fue cubierto hace años

La villa romana de Santa María de Hito (Valderredible) es uno de los pocos vestigios romanos encontrados en Cantabria hasta el momento en cuanto a villas/recintos termales de época bajo imperial se refiere. Guardar diversas similitudes, que explicaremos a continuación, con el resto de villas romanas encontradas en nuestra región: Camesa Rebolledo (Valdeolea) y San Juan de Maliaño (Camargo). La más llamativa es que sobre las ruinas de todas ellas se crearon necrópolis visigodas o medievales, las cuales estuvieron ligadas a un iglesia o ermita cercana, en el caso de estas últimas ubicadas justo encima. La villa romana de Santa María se encuentra en las inmediaciones de la iglesia del mismo nombre, circunstancia que la diferencia del resto por no estar en las entrañas de este templo románico.

Cronológicamente podemos situar su ocupación entre finales del siglo III d.C. y finales del IV d.C., siendo esta otra similitud con el resto de villas encontradas hasta el momento. Es destacable su estilo, ya aun siendo el modelo arquitectónico de tipo “mediterráneo” el más extendido, fue edificada al estilo “nórdico“. La diferencia principal a este respecto estriba en la orientación de las estancias por diversos motivos, bien climatológicos o bien estructurales. Desde entrada de la villa se accedía a un amplio pasillo por el cual se llegaba a las salas de recepción y las estancias señoriales. Este sector tenía 3 habitaciones, todas con “hypocaustum” (sistema subterráneo de calefacción). En la parte norte se encontraban además las dependencias de uso común, las cuales se encontraban comunicadas entre sí mediante escaleras por encontrarse a diferentes alturas.

Tanto la necrópolis, que veremos un poco más adelante, como la villa romana se sitúan a un lado de la carretera entre San Martín de Elines y Santa María de Hito. Es más, se cree que dicha carretera divide u oculta parte del yacimiento que al día de no hoy no es visible. Se excavó entre los años 1979 y 1986 y la área sondeada ocupaba un total de 56 por 24 metros. No olvidemos por último que la dicha necrópolis, con más de 400 sepulturas, es la más amplia de las excavadas en Cantabria hasta la actualidad. En este sentido, nos vemos obligados a mencionar a la arqueóloga responsable de todas las campañas aquí realizadas a finales del siglo XX: Rosa Gimeno García-Lomas.

No debemos olvidar que los hallazgos e interpretaciones arqueológicas más relevantes de Santa María de Hito se realizaron hace más 25-30 años. con todo lo el valor que esto conlleva por ser otra época y disponer de muchos menos medios y avances que en la actualidad.

Necrópolis visigoda / medieval 

Sobre las ruinas romanas de la villa, se ubicó siglos después una necrópolis cuya cronología sorprende por el amplio abanico temporal que abarca. Los enterramientos allí encontrados van desde la época visigoda (siglos VI y VII d.C) hasta la plena Edad Media (siglo XII d.C), creyéndose incluso que las tumbas más antiguas son previas a la construcción de la iglesia de Santa María de Hito. Como hemos dicho antes, en las más de 400 tumbas descubiertas existen diferentes tipos: sarcófagos, ataúdes de madera, lajas de piedra. Eso sí, los difuntos en su gran mayoría aparecen en posición de “decúbito supino” (mirando hacia arriba) y orientados de Oeste-Este, tal y como ocurre en gran parte de las tumbas cristianas medievales.

Uno de los descubrimientos más increíbles de esta necrópolis (entre otros muchos) es una hebilla de hueso trabajada con bajorrelieves de faisanes conocida como el “Broche de Santa María de Hito”. Esta pieza, de la cual no se sabe exactamente su cronología, es gracias a sus increíbles características y estado de conservación, uno de los hallazgos más importantes de la época. Inicialmente se creyó que podría tener influencias árabes en cuanto a morfología se refiere, pero en la actualidad expertos en broches de cinturón altomedievales tanto nacionales (entre los que destacamos a José Ángel Gárate) como europeos han determinado que habría de fecharlo entre los siglos VI y VIII d.C., es decir, en época visigoda. Podemos disfrutar de ella en el MUPAC (Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria). No menos importantes son la gran cantidad de fragmentos de cerámica medieval pintada y estriada, además de los más de 30 anillos visigodos encontrados en este yacimiento.

Los anillos

Entre los anillos encontrados en el yacimiento de Santa María de Hito hay dos que, tanto por sus inscripciones como por su morfología y aleaciones, destacan sobre el resto. Ambos están actualmente expuestos en el MUPAC (Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria), concretamente en la misma sección que el anillo visigodo encontrado en el yacimiento de Riocuevas por nuestros amigos del Proyecto Mauranus a los que dedicamos esta pequeña sección. Como íbamos diciendo, los anillos más destacados del yacimiento de Santa María son uno de oro y otro de plata aleada con cobre.

El primero de ellos tiene un forma octogonal (como podréis apreciar más en detalle en las imágenes adjuntas), conteniendo una inscripción que ocupa toda su superficie del mismo. Dicha inscripción está conformada por un monograma cruciforme compuesto por una cruz central y las letras S y P. Según las teorías epigráficas de nuestros amigos del Proyecto Mauranus, es más que probable que asociada a esta última letra se encuentre una I, una N y S asociadas a cada extremo de los “brazos” de la cruz. Tanto la P como la N están representadas al revés, mientras que las letras “S” están colocadas correctamente, indicando esto su carácter signatario. Durante la segunda mitad del siglo VI d.C los monogramas cruciformes estaban extendidos por todo el ámbito mediterráneo, siendo un “símbolo” típico de la Tardoantigüedad. En base a estas informaciones, se ha determinado que el resultado de la inscripción podría interpretarse de dos maneras:

  • La primera de ellas sería S-P-N-S, transcribiéndose como S(em)P(ro)N(iu)S, nombre latino atestiguado y consolidado den la época que nos concierne.
  • Del mismo modo, y barajando otra posibilidad, se considera la presencia en el monograma de las letras I y V, resultado la inscripción S-P-I-N-V-S (Spinus), siendo este nombre también típico de la Tardoantigüedad.

El segundo de los anillos (de plata aleada con cobre), aun pareciendo más “enrevesado” o complicado de descifrar, tiene una epigrafía bastante más clara para los arqueólogos del Proyecto Mauranus. Presenta una inscripción de caracteres latinos repartida en tres líneas, la cual debe de leída de un modo “normal”, es decir de izquierda a derecha: C E D / A B G O / L AN o C E D O / A B G / L AN donde puede interpretarse es “ C(hrist)E D(omine) AB(i)G(e) O(mnem) LAN(guorem)”, cita que puede traducirse como “Cristo Señor, aleja toda enfermedad” o “Cristo Señor, aleja toda enfermedad” según se interprete la letra “O” de un modo u otro.

En definitiva, si estos hallazgos os parecen increíbles, más nos parece desde Regio Cantabrorum el trabajo de los arqueólogos pertenecientes al Proyecto Mauranus, quienes nos van desvelando con informaciones como estos pedacitos perdidos de nuestra historia y pasado. ¡Gracias¡…otra vez más.

Fuente : Recio Cantabrorum / Tierra de Leyendas.

V Subida en albarcas al Monte Arria, allí estuvimos.

Una año más con la colaboración de los Excelentísimos Ayuntamientos de Lamasón y  Herrerías,  el pasado siete de octubre se celebró La quinta Subida en albarcas al Monte Arria.

Albacas hechas por Hilario González,  del pueblo de Lafuente (Lamasón)

Un evento eminentemente tradicionalorientado a mantener el uso lúdico de este tipo de calzado.

A las 10:30 horas había que estar listos y con las albarcas puestas en el “Prau de la Fiesta” en la Venta Fresnedo, para subir a Jedillu un prado no muy grande con una antigua casa de pastores; las vistas allí son espectaculares, y más con el extraordinario día que tuvimos.

 

 

 

El trayecto de casi cinco kilómetros de longitud, discurre en su mayor parte por una pista forestal que este año, producto de las recientes lluvias, estaba jalonada de charcos y diversos tramos de barro, lo que no daba ningún problema para los que calzábamos albarcas.

(Clic en una foto para abrir la galería, pulsar la tecla Escape para volver al Blog o pasa el puntero del ratón por las fotos para ver el texto asociado, no todas lo tienen)

Al culminar la subida, ya en el Jedillu, se podían reponer fuerzas a base de panceta, queso picón agua y “vinu”, que con gran diligencia servían un grupo de voluntarios y voluntarias. Sigue leyendo V Subida en albarcas al Monte Arria, allí estuvimos.

Ellas, las mujeres que fueron borradas de los libros de Historia del Arte

Desde Ende o Sofonisba Anguissola a Tamara de Lempicka o Maruja Mallo. Manuel Jesús Roldán recupera a las artistas olvidadas por la tradición androcéntica del arte.

El Museo del Prado se marcó hace justo un año un tanto (con décadas de retraso, todo sea dicho) cuando dedicó por primera vez en sus dos siglos una exposición dedicada en exclusiva a una mujer. La pintora flamenca barroca Clara Peeters fue la encargada de romper el tabú del patriarcado artístico. Para muestra, un botón: en la pinacoteca nacional hay obra de más de 5.000 hombres y tan solo de 53 mujeres. De las cerca de 8.000 pinturas catalogadas (expuestas y en los almacenes), solo cuatro de artistas mujeres se exhiben.

La Historia del Arte la han protagonizado infinidad de féminas. Han sido las modelos y musas. Las protagonistas de algunos de los cuadros más importantes de todas las épocas. Ahí están las señoritas de Avignon, las majas, la Mona Lisa, las venus, las bailarinas de Degas o las prostitutas de Touluse-Lautrec. Son solo algunos ejemplos evidentes porque mientras las mujeres se dejan ver en las paredes de los museos, muy pocas son las que firman los lienzos que cuelgan de ellas.

Cuenta Manuel Jesús Roldán en ‘Eso no estaba en mi libro de Historia del Arte’ (Almuzara) que la concepción decimonónica de la mayoría de los manuales del tema las excluyeron aunque hubiera mujeres retratistas de Corte, escultoras de cámara o pintoras religiosas. “Han sido silenciadas y su rescate del olvido, afortunadamente recuperado en los últimos años, merece todos los empeños”, escribe en esta obra que recopila ‘anécdotas’ artísticas como aquellas obras cumbres del arte que en su momento fueron rechazadas y censuradas, los primeros selfis hechos al óleo, las facetas más escabrosas de algunos creadores y, sobre todo, recupera el nombre y la historia de varias de las artistas más importantes pero aún así olvidadas.

“Su existencia fue ciertamente reducida en muchas épocas, pero hay un buen número de nombres de mujeres que, en cada etapa de la historia, alcanzaron una fama y un reconocimiento público que fue posteriormente silenciado”, escribe Roldán. Mujeres que no aparecen en los libros de arte ni suenan en el imaginario colectivo por culpa, apunta, del concepto de Historia del Arte procedente del siglo XIX, “centuria en la que se vetó especialmente la independencia creadora de la mujer por la moral burguesa reinante, relegó al género femenino a una condición hogareña casi exclusiva, marcando un canon casi exclusivamente masculino en las primeras publicaciones dedicadas al Arte”. Una discriminación que, además, se estandarizó cuando se crearon los grandes museos europeos. Tampoco ayudó la visión de muchos grandes hombres del arte que se despacharon con opiniones similares a la de Renoir: “la mujer artista es sencillamente ridícula”.

¿El resultado? Un visión androcéntrica del arte que ha borrado a muchas pioneras que merecen un lugar destacado en nuestras conciencias artísticas. Empezando por Ende, considerada la primera pintora de la historia, una copista encargada de iluminar códices en el siglo X que ya firmó entonces “Ende pintrix et Dei aiutrix” (Ende, pintora y sierva de Dios) el manuscrito del ‘Comentario al Apocalipsis del Beato de Liébana’ o por Hildegarda de Bingen, una monja benedictina que fue pionera en el campo de la música, la literatura y la pintura y que ya fue silenciada en su propia época. Roldán recopila el nombre de 14 mujeres imprescindibles de la Historia del Arte que no se queda en las más conocidas como Frida Kahlo o Camille Claudel.

El nombre de Sofonisba Anguissola quizás sea uno de los que más puedan sonar porque es la única mujer cuyas obras se pueden ver en las colecciones del Prado. Esta pintora renacentista cosechó muchos éxitos en su época. Miguel Ángel alabó su obra, Giorgo Vasari la incluyó en su diccionario con 133 biografías de artistas (todos hombres menos la escultora Properzia de Rossi y su mención), se hizo famosa en Italia, Van Dyck la retrató y fue pintora de la Corte de Felipe II (un retrato suyo del monarca está en el Prado), sin embargo como era mujer no podía firmar sus obras, motivo por el cual muchas fueron atribuidas a hombres. ‘La partida de ajedrez’ es uno de los pocos cuadros que tiene su rúbrica, pero otras como ‘La dama del armiño’ hoy siguen generando debate sobre si es obra de su mano o de la del Greco.

También en la Italia del siglo XVI Lavinia Fontana fue una cotizada retratista, pero no solo por su reconocimiento sino que se convirtió en pintora oficial de la Corte del Papa Clemente VIII y también trabajó para el Palacio Real de Madrid. Quizás es la pintora más exitosa del Renacimiento y el Barroco, una pionera que realizó cuadros de desnudos de hombres y mujeres (en la época los estudios de anatomía estaban vetados para las mujeres) y en la conciliación: su marido dejó el trabajo para ocuparse de la casa y sus 11 hijos mientras ella sustentaba la economía familiar con sus pinturas.

Mientras que ambas nacieron en ambientes artísticos, la vida de Judith Leyster fue complentamente distinta. Esta artista holandesa del XVII era hija de un cervecero y la pintura apareció como un oficio necesario para sobrellevar las penurias económicas de la familia. Influida por Rembrandt, Vermeer, Frans Hals, su maestro, y la pintura caravaggista apenas hay una cincuentena de obras conservadas de ella porque dejó el arte cuando se casó, pero hoy sigue observándonos directamente a los ojos desde la Galería Nacional de Arte de Washington mientras pinta a un violinista.

Otro de los grandes nombres del Barroco fue el de Artemisia Gentileschi, una pintora que “llegó a gozar de un notable consideración en la Italia del Setecientos aunque su fama decreció tras su muerte, llegándose al más profundo olvido de su obra un siglo más tarde” en parte por la dispersión, la pérdida y las malas atribuciones. Fue la primera mujer admitida en la selecta Academia del Disegno florentina, lugar donde consiguió el mecenazgo de los Medici. La Galería de los Uffizi muestra una de sus obras, de clara influencia caravaggista, más reconocidas: ‘Judith decapitando a Holofernes’. En ella se representó en los rasgos de Judith y se vengaba de su preceptor artístico y agresor sexual, Agostino Tassi, retratándole como Holofernes. Le llevó a un juicio por violación y, aunque fue desterrado, ella sufrió torturas y un humillante examen ginecológico para demostrar su inocencia. Es, para muchos, la primera pintora feminista de la historia y este año Roma le ha dedicado una gran exposición.

En el mismo siglo en España despunta la sevillana Luisa Roldán, hija del mejor escultor de segunda mitad del XVII de la capital hispalense y más conocida como La Roldana. Dominó la talla de madera y barro, fue escultora de cámara de Carlos II y Felipe V y suyas son tallas como ‘Entierro de Cristo’, que se exhibe en el Met de Nueva York, o el gran ‘San Miguel Arcángel’ del Escorial. A pesar de su profusa actividad pasó muchas dificultades económicas y a su muerte su nombre también cayó en el olvido.

La mujer que puso rostro a Goethe o Reynolds fue Angélica Kauffman, una pintora suiza neoclásica que alcanzó una gran fama en el siglo XVIII al igual que la francesa Marie Loise Elisabeth Vigée Lebrun, una de las retratistas más cotizadas de la época. “No aparecerá en los libros de Historia del Arte pero sí en los de Historia Universal: retrato a toda una corte de personajes cuyas cabezas acabarían cortadas en la guillotina de la Revolución Francesa”, explica Roldán. Pintó, por ejemplo, a Lord Byaron o a María Antonieta hasta en 35 ocasiones. El primer retrato se lo hizo con solo 23 años.

En el misógino siglo XIX hay nombres propios ya más reconocibles como los de Berthe Morisot, Mary Cassat y Marie Bracquemond, las tres mujeres de primer nivel que formaron parte del Impresionismo, al igual que la escultora Camille Claudel. Las vanguardias del siglo XX tampoco trataron mejor a sus creadoras. Aunque Frida Khalo, Georgia O’Keefe, Berthe Moristot, Sonia Delaunay (de la que se puede ver actualmente una exposición en el Museo Thyssen de Madrid) o Tamara de Lempicka son más conocidas, en el ostracismo han quedado nombres numerosos nombres como los de Sophie Taeuber Arp, Lenora Carrington, Lee Krasner, un auténtico referente del expresionismo abstracto siempre a la sombra de Pollock, su marido, o Florine Stettheimer, la mujer que hizo el primer autorretrato desnuda de la historia del arte.

Tampoco puede faltar entre las mujeres pioneras y a rescatar de la Historia del Arte el nombre de la española Maruja Mallo. Desterrada de los libros, fue una de las grandes surrealistas —el propio Dalí la calificó como “mitad ángel, mitad marisco”—, además de una mujer comprometida políticamente con la difusión del arte. Fue parte de la Generación del 27, colaboró con las Misiones Pedagógicas republicanas y tuvo que exiliarse a EEUU y Argentina durante la Guerra Civil y la dictadura. “Es una de las creadoras de las que quizá se conozca más su anecdotario (su rebelión contra el uso del sombrero, sus provocaciones anticlericales o el empleo de pantalones prestados, ‘soy la primera travesti’, para acceder a un edificio religioso) que su propia obra”, explica el autor del libro. Cometió, como la definió María Zambrano, “uno de los errores más destructivos e imperdonables: ser libre”. El mismo que todas estas mujeres empeñadas en desmentir esas palabras de Bocaccio que decían que “el arte es ajeno al espíritu de las mujeres”.

FUENTE: EL CONFIDENCIAL, PRADO CAMPOS

 

El idolo de Ruanales

El entorno del Monte Hijedo ha sido, es y será durante siglos y siglos, un lugar lleno de misterios e incógnitas a desvelar. Está claro que en los albores de la Edad de los metales un grupo social importante habitó en esta maravilla natural milenios atrás y hoy referente arqueológico de nuestra región. En un radio de pocos kilómetros a la redonda nos encontramos con la composición antropomorfa de La Serna, el conjunto de Peña Lostroso, y hoy con el conocido como “ídolo de Ruanales” . Todas ellas con sus diferencias, como no, pero compartiendo un estilo muy similar e intentando trasmitirnos la importancia de una jerarquía donde los primeros objetos de metal en las sociedades post-paleolíticas eran motivo más que suficiente para ser labrados y representados en la fría piedra.

Nos encontramos en el paraje de El Redular, atalaya natural que domina gran parte del robledal que conforma el Monte Hijedo. Y, casualidades del destino (o no), a unos dos kilómetros en dirección Suroeste justo enfrente del antropomorfo de La Serna. Ambos yacimientos han sido desde tiempos inmemoriales, fruto de leyendas e historias sobre “señores moros“, circunstancia por la cual se tenía la creencia que bajo los impresionantes grabados habría siempre un tesoro. El “ídolo de Ruanales” no iba a ser menos, es por ello por lo que nuevamente nos encontramos el suelo bajo sus pies rebajado cerca de un metro, básicamente por la continua rebusca de los mismos.

Los vecinos de los pueblos colindantes serían quienes hace ya décadas indicasen a los investigadores la localización del conjunto. Los recogería en primera instancia, en una escueta nota en una guía regional, el antiguo Director del Museo Provincial de Prehistoria y Arqueología de Santander, Miguel Ángel García Guinea (García Guinea, 1988: 210). En esa misma década, prácticamente a la par, los investigadores R- Bohigas y P.Sarabia publicarían datos sobre una de sus visitas al lugar (Sarabia y Bohigas, 1988: 63), incluyendo esta vez una descripción más detallada sobre los grabados de la pared, así como un primer acercamiento a su cronología. Desde entonces diferentes estudios y autores (con diferentes metodologías) abordan la temática de El Redular de modo dispar, agregando eso si valiosa información sobre el conjunto (Bueno y Balbín 1992, Díaz Casado 1993, Teira y Ontañón 1996, 1997, 2000).

Estamos sin duda, ante otro de los grandes desconocidos de la arqueología regional. Componente ineludible de la tipología “Monte Hijedo“, sus trazos son bellos a la par que desconcertantes. ¿Qué representan realmente? ¿Por qué no aparecen restos estructurales y/o materiales que ayuden a saber que significan realmente o a quien hacían referencia? ¡Por eso nos gusta la arqueología! 🙂

El conjunto Rupestre

Como podemos apreciar en la imagen principal, el conjunto de grabados de El Redular se encuentra en un afloramiento de arenisca de unos 4 metros de altura orientado hacia el Suroeste. Se apreciar dos motivos perfectamente identificables:

  • El motivo principal: Nos encontramos ante una figura de unos 1,78 metros de alto por unos 54 cm de ancho que se desarrolla con marcadas líneas ascendentes hasta finalizar en arco. Los trazos están realizados con un bajo relieve profundo, si bien es cierto que es la parte superior de la figura la profundidad se ve afectada por un cambio importante en la composición y morfología de la piedra. En el interior de la misma podemos observar, hacia la mitad, como se esboza lo que parece ser el un puñal fusiforme. Un trazo semicircular nos señala la zona del enmangue del mismo, apreciándose incluso dos puntos piqueteados alrededor del mismo. Por contrapartida, en el extremo opuesto donde deberíamos vislumbrar la punta del puñal, nos encontramos de forma contundente con su ausencia. En total estamos hablando de unos 36 cm de longitud horizontal.
  • El segundo motivo es uno de los que más suspicacias generan. Está situado a uso 60 centímetros a la izquierda del motivo principal, y en cuanto a su forma es bastante similar al puñal citado anteriormente pero orientado al lado contrario. En este caso existe un trazo semicircular (parecido al enmangue del otro puñal) donde encontramos cuatro puntos pareados: dos en el interior de la forma alargada y dos entre esta y el remate. Por el contrario, donde debería estar la punta o similar, nos encontramos con un extremo trapezoidal. Es en este segundo motivo donde la comunidad de investigadores y arqueólogos no se ponen de acuerdo respecto a su interpretación. Para algunos se trata de un signo pisciforme (Sarabia y Bohigas, 1989: 63), tal vez relacionado con tallas altomedievales que se pueden encontrar en las ermitas rupestres del valle (Sarabia y Bohigas, 1989: 63). Otras hipótesis apuntan que pueda tratarse de una copia más reciente del icono que contiene la figura principal (Bueno, 1995: 94). Sea lo que fuere, parece ser que cualquiera de las hipótesis podría incluso casar entre sí, ya que puede ser la paleocristianización (figura de pez) de un elemento de memoria pagana que pudo quedar plasmado en la pared a medio terminar/copiar. De hecho, el nivel inicial del suelo podría ayudar a dirimir si esta segunda figura se realizó con mucho tiempo de diferencia tras la primera, ya que el haberla realizado a esta altura implicaría una postura forzada de trabajo. Lo más lógico es que, una vez rebajado el suelo, se tallase o retallase para darle el aspecto actual.
Cronología

Del mismo modo, tal y como hemos comentado con anterioridad, las similitudes con ejemplos cercanos como Peña Lostroso o el antropomorfo de La Serna, nos hace pensar que su arco cronológico prácticamente el mismo. La ausencia de materiales dificulta nuevamente una contextualización más exacta, si bien es cierto que paralelos que podemos encontrar lejos de Cantabria (como por ejemplo en estatua-menhir de Villar del Ala, Soria) nos trasladan a los inicios del II milenario antes de nuestra era (Balbín y Bueno, 1993: 52). Otras hipótesis sitúan, no solo la representación de El Redular sino todas las repartidas en el Monte Hijedo, en un arco cronológico más amplio: Entre el final del III milenario y el comienzo del II a.C. (Teira y Ontañón 1997; Ontañón 2003), época clave donde los contextos en los que las armas de metal eran un elemento social y culturalmente diferenciador.

Fuente : Regio Cantabrorvm / Tierra de Leyendas / Editorial Acanto / Ernesto Rodrigo Gutiérrez .

 

Lo que Elcano se atrevió a pedir al emperador Carlos I

Papeles hallados en un archivo familiar de Gipuzkoa ahondan en la personalidad del primer hombre que circunnavegó el globo.

Pocos vascos y pocos españoles tan universales como Juan Sebastián Elcano (Getaria, Gipuzkoa, 1476 – algún lugar del océano Pacífico, 1526) y, sin embargo, pocos vascos y españoles ilustres tan mal conocidos… hasta el hallazgo de los papeles de Laurgain. Un chico de buena familia —armadores y notarios de Guetaria—, un marino, un aventurero, un bragado, un mujeriego y un punto bribón, Elcano integra todas las contradicciones de un mundo de hidalguía, honor y pobreza, el del siglo XVI, donde el emperador Carlos I de España y V de Alemania ordenaba y mandaba a sus anchas.

 Así que al hombre más poderoso del mundo debió de sorprenderle no poco la carta escrita por aquel vasco que acababa de llegar a Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) en la nao Victoria en compañía de otros 17 maltrechos supervivientes tras dar la primera vuelta al mundo en un viaje de tres años. Habían zarpado de Sevilla en 1519. Magallanes, el capitán de la expedición original en busca de nuevas rutas comerciales, había caído muerto en combate en Filipinas. Elcano, su maestre, se encontró con una flota destrozada, la tripulación diezmada por el escorbuto y sin plan B. Decidió improvisar, en lo que a buen seguro supuso una de las decisiones empresariales más arriesgadas de la Historia: en vez de intentar volver por donde había venido, seguiría adelante, de Oriente hacia Occidente, y coronaría la primera vuelta al globo.

Corría el año del Señor de 1522 y el intrépido —también imprudente— héroe guipuzcoano se dirigía al rey para pedirle diversas mercedes como reconocimiento a su gesta. Aquella misiva —la única manuscrita que se conoce de Elcano— y otros siete documentos que reflejan la relación epistolar entre el emperador y su súbdito fueron hallados el año pasado por el director del Archivo Histórico de Euskadi, Borja Aguinagalde, en la casa-torre de Laurgain, en la localidad guipuzcoana de Aia, y se han dado a conocer recientemente. Carlos I devolvió la carta a su remitente con las respuestas a sus reclamaciones: ese es el motivo por el que acabó entre los papeles personales de Elcano, y no en el Archivo General de Indias de Sevilla, que es donde hubiese estado si la hubiera conservado con él el rey. Sigue leyendo Lo que Elcano se atrevió a pedir al emperador Carlos I

De diseñador de zapatos de lujo a guardián de una cueva en Cantabria

Stuart Weitzman se dedicó durante 40 años a la fabricación de calzado de alta gama y algunos de sus modelos han tenido una gran acogida entre las estrellas.

“Tranquilos, la cueva tiene wifi”. A punto de adentrarse en una sima milenaria, Stuart Weitzman aún tiene tiempo para bromear. Resulta que el creador de los zapatos del millón de dólares y de la sandalia Nudist, la favorita de estrellas como Diane Kruger y Blake Lively, ha encontrado su insospechada horma en La Garma, uno de los tesoros de la arqueología de Cantabria. El diseñador estadounidense (Massachusetts, 1942) se ha convertido en mecenas del yacimiento, con la aportación de casi 310.000 euros destinados a financiar diversos estudios científicos, amén de la grabación de un vídeo realizado con las últimas tecnologías para que el mundo pueda conocer las maravillas que esconde esta gruta de tres pisos de acceso complicado y cerrada al público.

Con este proyecto, el que ha sido durante 40 años uno de los principales fabricantes de calzado de lujo del planeta da carpetazo a una etapa, a toda una vida, como quien dice. “La moda ya no es lo que era”, asegura. En 2015, vendió su empresa al grupo americano Coach por más de 480 millones de euros. “Me he quedado un tiempo con ellos para enseñarles cómo funciona el negocio, pero la de esta temporada ha sido mi última colección”. Su jubilación le pone ahora en el camino de la historia y el arte.

Ligado a España desde principios de la década de los setenta, tras establecer toda su producción en Elda, el primer paso del zapatero ha sido crear la Fundación Stuart Weitzman para la Conservación de las Cuevas Prehistóricas de Cantabria (perteneciente a la organización internacional World Monument Fund, dedicada a la preservación del patrimonio cultural de todo el mundo). Una iniciativa que comparte con Barbara Kreger, su mano derecha en su etapa como diseñador.

No es extraño que al llegar a la caverna, situada en la localidad de Omoño, se sienta como un crío con zapatos nuevos. En el interior, no deja de admirar los huesos fosilizados que los responsables de la investigación, el arqueólogo Roberto Ontañón, director del Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria y jefe de la sección de Arqueología de la Consejería de Cultura, y Pablo Arias Cabal, catedrático de Prehistoria del Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria, han dispuesto sobre una mesa para catalogar y analizar. “Esta es una mandíbula de oso, estos son dientes de rinoceronte…”, enumera el científico.

Weitzman no puede ocultar su satisfacción al saber, por boca del profesor Ontañón, que su cueva data casi del mismo periodo que las de Altamira. “¿Podrían haberla pintado los mismos artistas?”, pregunta. Desde luego, si no fueron los mismos, está claro que en aquel periodo los habitantes de la zona compartían las mismas técnicas y gustos pictóricos, responde el experto. En el complejo de La Garma, descubierto en 1995, se encuentran 11 sitios arqueológicos que han proporcionado indicios de presencia humana desde el Paleolítico hasta la Edad Media. Un auténtico tesoro en el que destaca la galería inferior, una caverna cuyo acceso original quedó cegado al final del Pleistoceno, permitiendo la conservación de suelos y estructuras (puede verse cómo los primitivos humanos construían estancias mediante el movimiento de bloques de piedra) en un estado único, además de contar con impresionantes escenas de arte rupestre (animales y manos estarcidas) datadas entre el Auriñaciense y el Magdaleniense medio (entre 29.000 y 13.500 años de antigüedad).

La Garma cuenta incluso con los restos óseos perfectamente conservados de un león, amén de vestigios posteriores de la época visigoda (restos humanos incluidos). En atención a estos méritos, el yacimiento ha sido incluido en la Lista del Patrimonio de la Unesco, un título del que Weitzman no puede sentirse más orgulloso. Pero el exdiseñador no se va a contentar con eso: ya está trabajando en crear un Museo Judío en Madrid, “hermano de los que existen en otros países europeos”, revela.

FUENTE: DIARIO EL PAIS, SARA SÁEZ

Esquelas curiosas. Una manera diferente de despedirse del mundo (Serie)

“No nos esperes levantados, ya iremos llegando…”

La sección de obituarios de ABC ha ido regalando a lo largo de los años curiosas esquelas que el propio periódico se ha encargado de recopilar. Entre su colección se encuentra la de Manuel Muñoz, presidente de un grupo de amigos sevillanos que se hacen llamar el Club Chumbalaka. En ella, sus compañeros del club escribieron “Manolo, no nos esperes levantado, ya iremos llegando… Tú a tu aire”. Puede leerse más de este pintoresco grupo de amigos (y del propio Manolo) en el blog del club.

FUENTE: DIARIO EL PAIS, VERNE / PABLO CANTÓ

Cuarenta palabras – Parte III de III. Sobre Cantabria y Cabuérniga en particular

Reconocemos que nos pierde la pasión por nuestra tierra, pero el texto es magnífico, o mejor… MAGNÍFICO. Disfrutadlo, joyas como esta no aparecen con frecuencia.

Es muy extenso, por eso lo hemos divido en tres partes. No os perdáis ninguna, es en su conjunto, y por separado, delicioso. Y sí, los que somos de Cantabria seremos especialmente sensibles al texto, pero vale para todos los que sepan apreciar la buena literatura/escritura.

Ejemplares en primer plano de vacas tudancas, raza autóctona del Valle de Cabuérniga

Son pocos, pero no se resignan a olvidar y custodian sus recuerdos con celo, aunque en realidad sean los recuerdos de otros. Cuando Llano volvió por allí en el invierno de aquel año, los más ancianos decían que «los viejos que ya eran viejos cuando nuestros abuelos tenían hijos» habían visto ojáncanos en la región. Eran gigantes grandes como casas y con un solo ojo en la frente que «de noche relumbraba como los de un lobo». Iban desnudos, con el único abrigo de sus melenas y barbas enmarañadas, y entre su largo cabello del color de la sangre les crecía un solo pelo blanco; arrancarles aquel pelo era la única forma de matarlos. La tradición confiere a los ojáncanos cierta inclinación a arrojar enormes rocas. A veces «piedras grandísimas» que proyectaban con una honda de piel de oso o de lobo, según recoge Llano; otras, cuando estaban más furiosos, peñas que arrancaban enteras de las cumbres y lanzaban directamente contra las casas y las personas. Peñas tan grandes como aquellos Cantos de la Borrica.

Nada podía salvarte de los ojáncanos si no era las anjanas. A Llano se lo contaron Petra y Lucinda, dos muchachas que bordaban en la calle durante una mañana de sol. Con tanta devoción lo hicieron que nuestro hombre se permitió una risa de incredulidad, y aquello casi le cuesta el cuento:

—Pos si no crei, no lo crea —espetó Lucinda—. Pero hubo anjanas, sí señor. Eran mu güenas las probes anjanas.

Y poderosas, las que más en los montes del valle. Vivían en alcázares bajo la tierra y caminaban por el bosque cuando lo hacen los venados, en la madrugada y en al ponerse el sol. Vestían de blanco, con la trenza ensortijada y hermosas alhajas, y una capa de azul crepuscular con estrellas de plata. Eran rubias y pequeñas, más pequeñas que una persona, y se apoyaban en un báculo, y con ese báculo podían hacerlo todo.

—Trocar (transformar) en moles de hierro las peñas y los ribazos, y los árboles en barras de oro, y las piedras en diamantes, y los ríos en corrientes de esencias para llenar sus frascos las niñas y las mozas.

Y eran buenas, que falta hacía en esta tierra complicada. Señalaban las camberas (caminos rústicos, frecuentemente sendas forestales) a los que se habían perdido en la niebla y devolvían los rebaños extraviados a los pastores honrados. También ahuyentaban a los trasgos y se enfrentaban a los ojáncanos, pero incluso con ellos mostraban compasión. Una vez una manada de lobos quiso dar caza a un ojáncano, y en la refriega la bestia quedó ciega de su único ojo. Una anjana que lo vio llevó al ojáncano a su palacio subterráneo, le curó las heridas y lo sacaba todas las mañanas a la superficie a que tomase el sol, como un ciego y su lazarillo.

—¡Qué lástima que ya no haiga anjanas! —se lamenta Lucinda—. Pero ya que no las hay, toas las personas debían de ser anjanas pa toas las personas. ¿No le paez?

Manuel Llano asiente. Más tarde, cuando pase a limpio todo lo que ha oído en Cabuérniga, se admirará genuinamente de esta «sublime y rústica filosofía» aldeana casi más que de sus leyendas. Quizá porque él conoce la verdad.

Las anjanas emparentan estrechamente con las xanas, hechiceras del folclore asturiano y leonés con atributos muy parecidos a los de ellas. Suele decirse que tras la batalla de Covadonga, con el inicio de la Reconquista cristiana y la expulsión de los musulmanes hacia el sur, en los picos de Europa quedaron aislados algunos grupos compuestos principalmente de mujeres moras, y que allí arriba sobrevivieron durante un tiempo. El recuerdo de estas moras, se dice, acabó por convertirse en las xanas y anjanas, habitantes de los montes altos tan bellamente enjoyadas. Nunca sabremos cuánto hay de verdad en ello, seguramente poco. Seguramente sea una leyenda acerca del nacimiento de otra leyenda, con tanta facilidad brotan los mitos en esta tierra. En Cantabria persiste la costumbre de considerar obra de moros a las cosas bellas, desconocidas y antiguas. Y las anjanas, como las xanas, no son fundamentalmente distintas de las ninfas, los elfos y otras hadas que abundan en los cuentos de toda Europa.

Ni los ojáncanos, que hasta pertenecen específicamente a una categoría de gigantes descrita por Homero: los cíclopes. Ninguno arrojó allí arriba los Cantos de la Borrica. Hoy sabemos que estas exóticas moles son bloques erráticos, fragmentos de roca desgajados por un antiguo glaciar, transportados por el torrente de hielo y finalmente depositados lejos de su ubicación original. Manuel Llano también sabe que, con frecuencia, los romanos construían sus calzadas por las cumbres de las sierras, donde resultaban más seguras y practicables para el curso de sus legiones, y que las de aquí conectaban la meseta y los puertos del Cantábrico evitando precisamente bajar a los valles. En la región, emergiendo aquí y allá entre los hayedos y los robledales altos, quedan los restos de alguna.

Y también de crómlechs, antiquísimos recintos litúrgicos del Neolítico marcados con un círculo de piedras, como Stonehenge. No vuelan hasta allí las brujas del hábito blanco, ni fueron ellas quienes grabaron las formas como de humano que se aprecian en los menhires. Ni las mozas del agua calientan los manantiales, ni los caballos del Diablo salen del infierno por las torcas que resoplan ni son responsables de que haya tan pocos tréboles de cuatro hojas. Pero Llano sabe que no son mentiras, como lo supo Tolkien. Son mitos. Invenciones acerca de la verdad, cosas inexplicables a las que los cabuérnigos pusieron un nombre. Y por eso les dedica un libro.

***

Brañaflor se publicó el año siguiente, en 1931. Llano se dio prisa porque el mundo estaba a punto de cambiar y lo iba a hacer empezando por España. No podía saberlo, pero quizá lo intuía. Y no por razón de su genio, sino porque era un folclorista. En eso los de su gremio aventajan a los prosistas, los poetas y los demás hombres y mujeres de letras: saben que entre los muchos mundos que integran el mundo siempre hay alguno acabándose. Y no quiso que el suyo lo hiciera completamente, aunque le había tocado el turno. Quizá por eso, porque los nombres vuelan pero las cosas quedan, le puso al valle este nombre de fantasía, Brañaflor.

Y porque Brañaflor es Cabuérniga y especialmente Sopeña, el pueblo natal del escritor, pero un poco también los otros grandes valles de Cantabria: el del Pas, el del Besaya y el del Nansa, y también Liébana, Polaciones y Campoo, y las comarcas litorales. Brañaflor son todos los lugares que antes hollaron ojáncanos, trasgos y familiares, y en donde bailaron las brujas y pastaron los caballos del Diablo. Todos los lugares a los que volverán algún día, aunque sea lejano, cuando el mundo se acabe una vez más y vuelvan a necesitarse cuarenta palabras para referirse a los matices de la inclinación del suelo. Cuando las otras cosas con nombre dejen de tenerlo, porque ya no servirán para nada, y así se conviertan de nuevo en misterios. Las ruinas de autopistas que atraviesan los bosques, por las que nadie caminará, las antenas y repetidores que se oxidan en las cumbres, donde nadie pudo haberlas subido, y las murallas de hormigón altísimas que no dejan pasar al río. De nuevo serán caminos de las anjanas, puntos de reunión de las brujas del hábito blanco y lagos de las mozas del agua. Y de nuevo Cabuérniga no lo será más, y volverá a ser Brañaflor.

Hayedo en Ucieda, parte de Parque Natural Saja-Besaya.

 

FIN PARTE III DE III

FUENTE: DIARIO EL PAIS, JOT DOWN/RUBÉN DÍAZ CAVIEDES

 

Cuarenta palabras – Parte II de III. Sobre Cantabria y Cabuérniga en particular

Reconocemos que nos pierde la pasión por nuestra tierra, pero el texto es magnífico, o mejor… MAGNÍFICO. Disfrutadlo, joyas como esta no aparecen con frecuencia.

Es muy extenso, por eso lo hemos divido en tres partes. No os perdáis ninguna, es en su conjunto, y por separado, delicioso. Y sí, los que somos de Cantabria seremos especialmente sensibles al texto, pero vale para todos los que sepan apreciar la buena literatura/escritura.

Cabuérniga de noche.

Poco a poco, pueblo a pueblo, la libreta de Llano se va llenando de otras palabras que solo existen a orillas del río Saja. Guajona, anota. Una vieja que de noche baja a los pueblos envuelta en un manto negro y entra en las casas para chupar la sangre de los críos y los mozos hasta dejarlos medio muertos. Se dice que no soporta el sol y que de día excava un agujero y duerme bajo tierra, como los topos.

—Los sus ojos relumbran como las estrellas —le dicen a Llano— y na más que tien un diente negru, mu afilau y mu largo.

El pájaro de los ojos amarillos, anota un poco después. Un pequeño animal monstruoso, fruto de la unión de una lechuza y un murciélago en el último día del invierno una vez cada cinco años. Quien lo ve no debe volver a su casa, ya que morirá al cruzar el umbral si antes no le pasa por encima una golondrina. En verano el pájaro se sumerge en el río porque su sangre se calienta con facilidad:

—Es como el aceite que chupan las lechuzas en las lámparas de la iglesia —le explican.

Las mozas del agua son rubias y pequeñas, con «una estrella en la frente del color de las nubes cuando el sol se va». Viven en palacios bajo la tierra y salen por los manantiales y las fuentes del monte con madejas de hilo de oro que dejan secar en la orilla.

—Si algún mozu podía coger un hilu de las madejas, las mozas jalaban (tiraban) de él y le llevaban a su palaciu, onde se casaba con la más guapa. Sigue leyendo Cuarenta palabras – Parte II de III. Sobre Cantabria y Cabuérniga en particular