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Llueve plástico en los parques nacionales de EE UU

Un estudio calcula que la atmósfera transporta más de 1.000 toneladas de microplásticos al año hasta estos espacios naturales protegidos del oeste del país
El Gran Cañón, en Arizona, es uno de los parques nacionales de EE UU en los que se han recogido microplásticos . CHRISTIAN HEINRICH (GETTY IMAGES)

Hasta ahora se ha incidido en cómo los plásticos se están diseminando por el planeta a través de los ríos y los océanos, pero los científicos empiezan a tener cada vez más en cuenta otra vía de propagación: la atmósfera. El último trabajo de investigación sale publicado esta semana en la revista Science y muestra cómo la lluvia, el aire, las nubes están desplazando microplásticos hasta lugares tan inesperados como los parques nacionales de EE UU. A partir de las deposiciones atmosféricas recogidas en 11 de estos espacios naturales desde el otoño de 2017 al verano de 2019, investigadores de la Universidad Estatal de Utah llegan a estimar que cada año caen del cielo más de 1.000 toneladas de microplásticos en los parques nacionales del oeste de este país, el equivalente a entre 120 y 300 millones de botellas de plástico de agua que fueran desperdigadas en trozos microscópicos

“Nos sorprendió el número tan alto de plásticos en las muestras, pues es algo que no podemos ver a simple vista. Pero utilizamos dos métodos distintos de conteo y los dos dieron resultados similares”, detalla por teléfono Janice Brahney, profesora auxiliar de la Universidad Estatal de Utah y autora principal de este estudio.

Encontrar microplásticos en parques nacionales como las Montañas Rocosas o el Gran Cañón no solo sorprende porque se trate de enclaves protegidos de gran valor. Esto tiene una relevancia especial porque confirma el papel de la atmósfera para desperdigar por todo el planeta un material que no existía en la naturaleza hasta que fue inventado por los humanos en el siglo XX. Una propagación a gran escala de la que, hoy en día, no se sabe realmente hasta dónde puede llegar su impacto.

Un estudio de investigadores franceses ya documentó el año pasado deposiciones en altitud en montañas de Pirineos y otro trabajo del pasado agosto encontró microplásticos en la nieve del Ártico. Ahora, esta nueva investigación aporta más pistas sobre el viaje del plástico a través de la atmósfera.

Como explica Brahney, algunos trabajos han tratado de cuantificar el movimiento global del plástico en el planeta, pero ignoraban la parte atmosférica: “Nuestros datos muestran que el ciclo del plástico es una reminiscencia del ciclo mundial del agua, que tiene vidas atmosféricas, oceánicas y terrestres”. El mismo número de Science en el que aparece el trabajo de los parques nacionales incluye un comentario en el que los científicos Chelsea Rochman y Timothy Hoellein defienden la necesidad de pensar en grande con las pequeñas partículas e investigar este ciclo del plástico como otros de los ciclos elementales globales.

Para estudiar el viaje de los microplásticos hasta los parques nacionales de EE UU se utilizó un sistema que recolecta a la vez deposiciones atmosféricas húmedas y secas. Básicamente, se trata de dos cubos con un sensor de lluvia: cuando empiezan a caer gotas del cielo, de forma automática se tapa el cubo de las muestras secas y se deja al descubierto el de las húmedas, ocurriendo lo contrario al acabar de llover. En total, los investigadores recogieron 236 muestras húmedas y 103 secas (el número de las primeras es mayor porque se recogían de forma semanal, mientras que con las otras se hacía cada mes o dos meses). A continuación, todas estas deposiciones recolectadas en estos santuarios de la naturaleza fueron analizadas en el microscopio: el 98% de ellas contenían microplásticos.

Partículas y fibras plásticas mezcladas con polvo en muestras recogidas por los investigadores, 500 µm equivalen a 0,5 milímetros. (JANICE BRAHNEY / UNIVERSIDAD ESTATAL DE UTAH)

Si un pelo humano tiene un grosor de unas 80 micras (µm), el tamaño de las partículas plásticas recogidas variaba entre 4 y 188 µm, además también se encontraron fibras de entre 20 µm y 3 milímetros. Gran parte de estos microplásticos estaban en un rango similar al polvo que se mueve en la atmósfera. No obstante, según se recalca en el estudio, el plástico tiene menor densidad que las partículas de tierra por lo que todavía resulta más “transportable”. En cuanto a su composición, la mayor parte de los microplásticos fueron identificados como polímeros utilizados en aplicaciones industriales y textiles.

Después de combinar los resultados de las muestras con la localización de las ciudades cercanas, los patrones meteorológicos locales y los modelos climáticos, los investigadores concluyeron que los microplásticos más grandes fueron depositados durante la caída de lluvia y posiblemente llegaron hasta allí desde zonas urbanas cercanas durante tormentas. Al mismo tiempo, las partículas más pequeñas (que componían la mayoría de la masa plástica recogida) fueron recolectadas con tiempo seco y se cree que recorrieron mayores distancias.

Como señala Gaël Le Roux, investigador de la Universidad de Toulouse (Francia) y uno de los autores del trabajo científico del año pasado que detectó deposiciones de plástico en Pirineos, si bien el papel de la atmósfera en la propagación de micropartículas de este material se ha empezado a estudiar de forma reciente, cada vez son más los indicios que prueban su importancia. “Lo más impresionante de nuestro estudio es que la cantidad de plástico hallado en las montañas era similar al que se encuentra en las grandes ciudades”.

Este especialista en biogeoquímica incide en que cuando se evalúa la cantidad de plástico en los océanos hay una parte que no se sabe dónde va. “Debería estar en los océanos, pero no la encontramos: o bien desaparece, lo que es posible, pues puede ser descompuesto por organismos vivos, o bien va a la atmósfera. Nos hacen falta más datos”, recalca.

¿Qué impacto tiene toda esta contaminación para los seres vivos en la naturaleza y en las personas? Como se especifica en el estudio de los parques nacionales, aunque todavía es escasa la literatura científica sobre los efectos de los microplásticos en los organismos terrestres, hay trabajos científicos que han documentado daños internosreducción de la energía o modificación del comportamiento en organismos acuáticos por la ingestión de plásticos. Asimismo, los investigadores de EE UU inciden en que, si bien se sabe todavía menos de lo que ocurre con los microbios, algunos estudios sugieren que este material puede influir en la composición de la comunidad microbiana. Expertos en toxicología advierten no tanto de los microplásticos, como de determinados aditivos utilizados en su fabricación. Por su parte, Le Roux incide en la degradación de los microplásticos en fragmentos todavía más pequeños, nanoplásticos, que pueden llegar más lejos en un organismo vivo.

“No sabemos realmente todas las implicaciones que tiene la acumulación de estos materiales, hace falta más investigación”, destaca Brahney, que cree que un primer paso para encontrar soluciones a escala global pasa por identificar los mecanismos clave en la emisión del plástico. Aun así, como incide, “aunque se dejara de producir plástico ahora mismo, la liberación de plástico en el entorno durante tanto tiempo hace que no se pueda parar su propagación en la atmósfera”.

Fuente : EL PAÍS / CLEMENTE ÁLVAREZ .

Hallan un bolso de 1957 en un colegio de Ohio

El centro ha localizado a los descendientes de la dueña a través de las redes sociales
El bolso hallado junto a una taquilla y su dueña, Patti Rumfola. NORTH CANTON CITY SCHOOL

La primavera pasada, el conserje Chas Pyle encontró mientras arreglaba una de las taquillas de la escuela North Canton en Ohio un bolso rojo cubierto de polvo. Tras abrirlo para inspeccionar su contenido descubrió que este había pertenecido a una estudiante que lo había perdido en 1957, Patty Runfola. El bolso llevaba décadas oculto entre las taquillas y la pared.

La noticia del hallazgo despertó gran interés en la comunidad local que colaboró durante meses para localizar a la dueña o su familia. La semana pasada el centro escolar anunció que gracias a las redes sociales la búsqueda había dado sus frutos y que los descendientes de Runfola, fallecida en 2003, habían sido localizados. La familia había accedido además a compartir su historia y algunas fotos de los objetos encontrados.

Algunos de los objetos encontrados: un peine, maquillaje, pañuelos y útiles de escritura. NORTH CANTON CITY SCHOOL

 

Rumfola tenía 15 años cuando perdió su bolso en 1957 y los elementos encontrados en su cartera reflejan la vida cotidiana de una adolescente estadounidense de los años cincuenta. Hay varios útiles de escritura cómo lápices y gomas. Además de maquillaje, un peine, fotografías, un chicle, calendarios o el carnet de la biblioteca local.

 

También se encontraron varias monedas que sus cinco hijos decidieron repartirse para recordar a su madre. Runfola se graduó en 1960 y se casó en 1980. Trabajó durante décadas como profesora en una escuela y fue una de las fundadoras del Gremio de Artes Teatro y del Club de Mujeres Jóvenes de Punxsutawney.

Fuente : EL PAÍS .

Reencuentro con la fragata de La Fayette

La bella y aventurera ‘Hermione’, una réplica de la cual navega desde 2014, protagoniza un álbum de cómic sensacional

Todo el mundo tiene sus barcos favoritos. Yo tengo una debilidad por el Cutty Sark, el famoso clíper, una maqueta enorme del cual, ensamblada por mi padre y exhibida en una gran urna de cristal, era lo primero que te encontrabas al entrar en casa, para ir creando ambiente. También siento como muy mío el Bismarck, de abatido orgullo, y otros navíos: el drakar Gran Serpiente,  el Atlantis, la Bounty, la Compass Rose, la Hispaniola, el Pequod, el Patna, la Perla Negra (las dos, la de Sparrow y la de mi cuñado), el schooner ruso Demeter, cargado con cincuenta ataúdes repletos de tierra transilvana, que eso sí que es compañía animada para navegar… Entre toda esa heterogénea flota preferida, figura la hermosa fragata francesa de tres palos Hermione, “la frégate de la liberté”, a la que me une estrechamente un afecto nacido de haber podido observar como la construían. No la original, claro, de 1779, sino la réplica exacta que se construyó en el mismo arsenal de Rochefort de la primera y que fue botada el 7 de septiembre de 2014.

La Hermione, de 32 cañones, como precisaría Patrick O’Brian*, 26 de ellos de 12 libras (lanzaban balas de 6 kilos), tiene una bella historia: fue el barco en el que el marqués de La Fayette, esa curiosa y aventurera (hasta fue mosquetero) mezcla de aristócrata y revolucionario, viajó a Norteamérica en 1780 para unirse a los rebeldes de las colonias británicas y confirmar oficialmente el apoyo del Reino de Francia a su guerra contra Inglaterra y el envío de tropas. Nuestros destinos, el de la fragata y el mío, se unieron en abril de 2007 por pura casualidad. Durante un viaje a La Rochelle conseguí arrastrar aviesamente a mi familia a la cercana Rochefort con el secreto propósito de visitar la casa de Pierre Loti, una maravilla llena de objetos exóticos en la que el escritor y oficial de marina, que sirvió en el arsenal de la localidad, echó el resto de su fetichismo orientalista y en la que no dejé de probarme su máscara de esgrima. Apurando mi suerte, llevé a todos mis acompañantes luego a la Antigua Escuela de Medicina Naval y Tropical (1722), donde se formaba a los cirujanos de la armada (como el hermano de Loti, Gustave), se exhiben cráneos, el esqueleto de un grumete (lo que entusiasmó a los niños) y se documenta la terrible llegada de los verdaderos navíos fantasmas de la escuadra de Jean-Baptiste de La Rochefoucauld de Roye, duque de Anville, enviada en 1746 a reconquistar Louisburg en Canadá y que fue diezmada por el escorbuto y el tifus. Vimos también el bonito cenotafio del explorador teniente Joseph René Bellot, criado en Rochefort y ahogado en el Ártico en 1853 al caer de un témpano mientras participaba en la búsqueda de Franklin y sus hombres.

Cuando se aproximaba la hora de comer y en el grupo ya reinaban el descontento, el desasosiego y el espíritu de revuelta, los convencí para una última visita al arsenal. Y cuál no sería nuestra sorpresa al ver que allí estaba la fragata a medio construir (se empezó en 1997) y era visitable, previo pago de 6 euros (“plein tarif”). El espectáculo, en el dique de carena del astillero, dentro de una gigantesca carpa, era sensacional. El barco –para el que se usaron los planos de una fragata de la misma serie, la Concorde, ya que los de la Hermione no se conservan– ya tenía todo el casco y los puentes y podías observarlo desde un andamiaje.

La Hermione era una fragata de gama alta, por así decirlo, rápida (hasta 15 nudos), manejable y bien armada. Y bellísima, no en balde su nombre era el de la hija única de Menelao y Helena de Troya. Se la acabó de construir (entonces se tardó solo un año) precisamente cuando se le encargó la misión a La Fayette, así que llevar al marqués a Norteamérica fue su primer viaje. Resultó una travesía muy aventurera, tuvo que hacer frente al mal tiempo dos veces y se enfrentó a corsarios enemigos pero finalmente desembarcó a su ilustre pasajero en Boston para cumplir su histórico propósito. La fragata realizó entonces varias misiones de guerra para los revolucionarios, con éxito (capturó 5 barcos ingleses en 1781) y con la audacia característica de su capitán, Louis-René de Latouche-Tréville, un verdadero marino de raza (y primo lejano de Josefina) del que se ha dicho que si no hubiera muerto prematuramente en 1804, enfermo, a bordo del Bucentaure como comandante de la escuadra de Tolón, otro gallo hubiera cantado en Trafalgar (le sucedió Villeneuve). La Hermione original tuvo también un final desgraciado: se hundió a causa de un error de navegación del piloto al chocar en 1793 con los bajíos de Four.

La nueva Hermione, que está motorizada, dispone de lavabos individuales, sus cañones son de pega (no se puede tener todo) y ha tenido una vida marinera desde que no nos vemos. En 2015, tras varias navegaciones de prueba, realizó en la vieja estela de su predecesora el viaje a EE UU, donde fue recibida con entusiasmo. En 2018 hizo otro viaje por el Mediterráneo visitando varios puertos aunque, a causa del mal tiempo, no Barcelona, donde estaba anunciada y yo la esperaba con una botella de champán y mi tricornio en la mano. Este año vuelve a estar paseando el recuerdo de La Fayette y lo ha hecho con mucha propiedad en Normandía, con la Armada de la Liberté, durante la conmemoración del 75º aniversario del Día D. Hubiera sido cosa de verse qué cara hubieran puesto los alemanes entonces en sus casamatas al ver llegar una fragata francesa a todo trapo…

Mi reencuentro con la nave ha sido sin embargo en París, en la estupenda librería náutica Outremer, rue Jacob 26,  en Saint-Germain-des-Prés, donde adquirí hace un par de semanas el fabuloso álbum L’Hermione, de Jean-Yves Delitte (Glénant, serie Chasse-marée), un cómic que explica la historia de la construcción original de la fragata y su misión, inventándose un emocionante complot británico para detenerla. Mezcla de historia real con una trama digna de Alejandro Dumas, el álbum está protagonizado por el capitán Latouche-Tréville, el chévalier De Fresnes, miembro del servicio de seguridad del rey de Francia enviado para proteger la Hermione,  y un siniestro agente inglés, un verdadero chacal dispuesto a asesinar a La Fayette. Los dibujos de la fragata, ya sea en el arsenal o navegando a toda vela, son una maravilla. El libro, que incluye un apéndice con documentación sobre el barco, los personajes y su misión, ha sido una manera fascinante de navegar en la Hermione y vivir su gran aventura. Estoy seguro de que la próxima vez que nos volvamos a encontrar será en el mar de verdad. No soy La Fayette, pero espero que la bella Hermione me recuerde.

*Por cierto, no hay que confundir la Hermione de La Fayette con el navío británico del mismo nombre que protagonizó uno de los episodios más célebres de la Marina inglesa durante las guerras napoleónicas. El HMS Hermione, de 32 cañones, fue construido en Bristol en 1782 y entregado a los españoles en 1797 por su tripulación amotinada tras asesinar a su capitán y a nueve oficiales en las indias occidentales. El navío fue recuperado en 1799 en una acción audaz y trepidante por botes del HMS Surprise bajo el mando del capitán sir Edward Hamilton en el puerto de Puerto Cabello, al precio de 200 españoles muertos o heridos y solo 10 ingleses heridos (según las cuentas del Almirantazgo británico). El Hermione fue rebautizado Retaliation. La historia era una de las favoritas de Patrick O’Brian y aparece contada en sus novelas náuticas.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / JACINTO ANTÓN .

Yo sobreviví al infierno de Paradise (parece el título de una novela, pero lamentablemente no lo es)

Sobrecogedor artículo. Impresionantes las historias de Kevin, Vishal Mahindru (a la derecha), su hermano y su cuñado, así como la de Chanté Johnson.

Dos vecinos de la ciudad californiana que desapareció a causa del fuego cuentan cómo se quedaron en sus casas y sobrevivieron.

El incendio que arrasó la ciudad de Paradise y la pedanía de Concow fue lo que los bomberos llaman un fuego “de viento”, en vez de un fuego “de combustible”. “El ojo profesional sabe ver la diferencia inmediatamente”. Es decir, fue un incendio donde el avance y la velocidad del fuego los decide el viento, no lo que se va quemando

Kevin Guthrie recuerda que el fuego ya había pasado. Llegó por la carretera y pasó de largo. Entonces un bombero llegó a su casa y les dijo que tenían que evacuar. “Nos dijo que estábamos en el corazón de la bestia”. Guthrie miró a su abuelo, inválido, de 83 años. “No puede caminar y no teníamos dónde ir”. Decidió ignorar la orden de evacuación. Era el 8 de noviembre por la mañana y se disponía a sobrevivir al incendio más letal y destructor jamás registrado en California (EE UU).

Guthrie vive en una casa de madera, como todas, en Neal Road, una de las cuatro carreteras que salen de Paradise. La ciudad californiana, de 26.000 habitantes, ya no existe. Más de 18.000 estructuras, la mayoría casas unifamiliares, fueron destruidas entre las 6:30 y las 12:00 de la mañana de aquel día. Toda la ciudad fue evacuada, pero el fuego iba más deprisa que los coches. Nadie sabe cuánta gente se quedó dentro del infierno voluntariamente. Hasta el domingo se habían recuperado 85 cadáveres y más de 200 personas seguían desaparecidas. Los que se quedaron y sobrevivieron, como Guthrie, están aislados del mundo en medio de las cenizas de lo que fue su ciudad.

Tal como lo recordaba Guthrie, el fuego volvió, relató este superviviente a EL PAÍS. “El viento empezó a soplar por el otro lado”. Fue entonces cuando una lluvia de maderas incandescentes empezó a caer sobre su casa, asegura. “Eran montañas”. Lo cuenta mirando al horizonte y haciendo un gesto con los brazos como si se echara agua encima, para dar una idea de la avalancha de pavesas que volaban sobre su casa. “Fue de locos”. Tenía un bidón de agua, tierra y una pala. Las iba quitando mientras se acumulaban contra la pared de su cobertizo. En su cabeza, asegura, estaba todo el rato la idea de que no tenía dónde ir con su abuelo. “Estaba dispuesto a luchar hasta el final”.

Guthrie salvó su casa, y con ella las vidas de su padre y su abuelo. “Lo siento por los demás, es horrible”. Guthrie dijo esto cuando aún no había salido de su casa a ver la ciudad. Creía que lo que aparecía en televisión era toda la destrucción. En un paseo en coche, a menos de 200 metros de su casa pudo comprobar el aspecto sobrecogedor que tiene el resto de Neal Road. Literalmente, todas las casas arrasadas, una detrás de otra, convertidas en cenizas menos alguna excepción.

Guthrie tiene 35 años y ha vivido toda la vida en Paradise. Conocía cada una de estas casas. “Llevo toda mi vida pasando por esta calle”, decía conmocionado por el paisaje. “Todos los recuerdos de mi vida han desaparecido”. Guthrie mostró a este diario las casas de su padre y su madre, esta última estaba intacta. El fuego chamuscó el apartamento de al lado y, milagrosamente, se paró ahí. La de su padre, en una pequeña urbanización de Paradise, estaba hecha cenizas. Solo dos de las casas de la urbanización habían ardido. “Solo es una casa”, decía Guthrie tras descubrir el desastre. “Lo único que echaremos de menos son las fotos de mi infancia. Estamos todos bien”.

Justo enfrente de Guthrie vive Vishal Mahindru, un inmigrante de Punjab de 46 años que tiene varios negocios en la zona. Tiene una granja en la que vive con su familia y la de su hermano. Aquel día fue su esposa la primera en darse cuenta de que había un fuego al levantarse para trabajar. “Yo le dije que no se preocupara”, contaba recientemente a la entrada de su terreno. “A las 8.00 de la mañana se fue la luz”. Ahí se dio cuenta de que era serio. El fuego se veía en toda la colina que hay frente a su granja.

“Hacía mucho viento. El fuego era muy fuerte. A las 11.00 de la mañana estaba por todas partes”. A esa hora, Mahindru ya había ignorado las órdenes de evacuación y había decidido quedarse en su casa para defender a los animales, porque sabía que si se iba no podría volver a entrar hasta que hubiera pasado todo. Vio a un helicóptero echar agua y parar el fuego momentáneamente. “Parecía que nos salvábamos”. Mahindru describe esa misma escena, cuando el viento cambió y el fuego acometió la ciudad por segunda vez. “Entonces vino del otro lado y todo se hizo oscuro. Yo rezaba a Dios. No podíamos respirar, no se veía nada”. Según iba cayendo la lluvia de brasas las iban apagando con tierra y el bidón de agua de la finca.

Viendo la propiedad de 16 hectáreas de Mahindru es aún más excepcional que consiguiera salvarla de lo que algunos vecinos describen como un huracán de fuego. El terreno que posee está cubierto de hierbas secas. Hay cuatro tractores cargados con balas de paja y toda una fila de cobertizos de madera justo en la línea por donde se acercaba el fuego. Un polvorín. “Pensé, mierda, se va a incendiar todo”, confiesa Mahindru. Está prácticamente intacto. De sus 30 animales, solo una llama tiene el lomo chamuscado porque le cayó una pavesa encima.

Aquel cambio de dirección del viento lo recuerda igual Chanté Johnson, una mujer suiza de 62 años cuya casa está intacta en la finca de al lado de la de Guthrie. El fuego pasó y luego volvió. “Volvió a 80 kilómetros por hora”, decía con la mascarilla aún puesta en la puerta de su finca. “Hizo como un torbellino y volvió”. Tenía siete caballos. Se salvaron tres. Johnson no se quedó a defender la casa. Trató de salir en coche por Neal Road, como decía el plan de evacuación. Eran las 12.30 y no sabía que a esa hora, hacia el otro lado, ya ardía toda la ciudad. De hecho, se estaba yendo cuando ya había pasado lo peor. La carretera estaba completamente atascada. “La gente tenía tanto pánico que nadie me dejaba sitio para incorporarme”. Un gesto tan sencillo de civilización como dejar a alguien incorporarse al tráfico se había convertido en una cuestión de vida o muerte.

El incendio que arrasó la ciudad de Paradise y la pedanía de Concow fue lo que los bomberos llaman un fuego “de viento”, en vez de un fuego “de combustible”, explica el Guy Anderson, bombero de la agencia antincendios de California, Cal Fire. “El ojo profesional sabe ver la diferencia inmediatamente”. Es decir, fue un incendio donde el avance y la velocidad del fuego los decide el viento, no lo que se va quemando. Eso explica estampas surrealistas en Paradise, como restaurantes calcinados en los que los toldos de la terraza están intactos. O árboles quemados solo por un lado, como si les hubieran dado con un soplete. La mayoría de las señales verticales de los negocios están en pie, junto a montones de escombros.

Cuando las familias Guthrie, Mahindru y Johnson hablaron con EL PAÍS estaban atrapadas entre los restos de Paradise. Todos los accesos están cortados mientras siguen las labores forenses de recuperación de cadáveres, en una inmensa escena del crimen que nadie sabe cuánto tiempo más va a permanecer cerrada. No pueden salir a por comida, combustible, ni agua. Nadie puede entrar a dárselo.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / PABLO XIMÉNEZ DE SANDOVAL .

El ‘Rodríguez de la Fuente’ de Yosemite

John Muir, el naturalista que luchó por la protección del parque californiano, inculcó, con textos como los que ahora se reeditan, el placer de disfrutar la belleza del medioambiente.

¿Por qué razón hemos de conservar la naturaleza? Habrá quien diga, simplemente, que porque lo manda la ley o es la costumbre, en tanto otros manifestarán motivos más profundos e íntimos. No faltará quien utilice argumentos éticos. Y muchos, seguramente, responderán que necesitamos los recursos naturales y debemos usarlos con prudencia. A título personal, cualquiera de esas explicaciones es más que suficiente, y mejor aún la mezcla de todas ellas.

Las cosas cambian, sin embargo, al trasladarnos al mundo social o político. Cuando se trata de condicionar a otros, hay que dotarse de argumentos contundentes. Simplificando las cosas, podemos agrupar los fundamentos para cuidar de la naturaleza en dos grandes bloques. Para unos, el valor del medio natural es intrínseco, trasciende a su utilidad, mientras que para los otros es al contrario. Ambos defienden la necesidad de conservar el ambiente, pero los primeros entienden por ello básicamente preservar espacios libres de la influencia humana (por ejemplo, los parques nacionales), en tanto los segundos se refieren a conservar los recursos naturales usándolos comedidamente (por ejemplo, las pesquerías).

Por este motivo, históricamente se llamó a los unos preservacionistas y a los otros conservacionistas. Y la persona a la que indefectiblemente aluden todos los textos cuando mencionan la preservación de la naturaleza es ­John Muir. Con su escritura luminosa y vívida, Muir convenció a centenares de miles de americanos de que merecía la pena mantener espacios naturales libres de explotación a cambio de la belleza, la paz interior y el vigor espiritual que podían obtenerse visitándolos.

Alto, delgado y con luengas barbas cuando adulto, John Muir nació en Dunbar (Escocia) en 1838, pero con 11 años emigró acompañando a su familia a Estados Unidos. Su padre compró unas tierras en Wisconsin y levantó una granja donde obligaba a sus hijos a trabajar de sol a sol. John consideró esa fase su “bautismo en el cálido corazón de la naturaleza” y poco a poco se convirtió en un detallado observador de la vida en derredor.

Con su escritura luminosa y vívida, Muir convenció a centenares de miles de americanos de que merecía la pena mantener espacios naturales libres de explotación.

En 1867 un accidente laboral estuvo a punto de costarle la vista. Sus viejos sueños de exploración parecían esfumarse, aunque sorprendentemente logró recuperarse. Quería encontrar el rastro de Humboldt en la Amazonía, y seis meses después iniciaba un viaje a pie de más de 1.000 millas desde Indianápolis a Florida para embarcar hacia Sudamérica. Según cuenta Andrea Wulf, apenas comenzó a andar, ligero de equipaje, se detuvo un momento para anotar en la primera página de su cuaderno de viaje: “John Muir, planeta Tierra, universo”.

En Florida, enfermó de malaria y pensando en un lugar donde establecerse con un clima más benigno, escogió California. Casi con 30 años, en marzo de 1868, llegó a San Francisco, ciudad que le disgustó profundamente. Apenas aguantó una noche. A pie, se alejó del mar rumbo a las montañas, hasta establecerse en la zona baja de la Sierra Nevada. En los meses y años siguientes escaló montañas, acampó donde le venía bien, se regaló con tormentas y huracanes. Pero simultáneamente se dedicó a la observación de las flores y los escarabajos, o se entretuvo con los ciervos. Nada para él carecía de interés, desde los más grandiosos monumentos geológicos a las más modestas criaturas.

Durante algún tiempo ocupó una cabaña de madera que él mismo había construido. Escribía cartas y llevaba un diario cuajado de anotaciones y dibujos, hasta que en 1874 comenzó a redactar artículos para los periódicos, convirtiéndose pronto en un escritor de éxito. Sus textos pretendían que la gente admirara los grandes espacios abiertos, pero derivaron después hacia el activismo. Leyéndolos, miles y miles de americanos se sentían transportados a las montañas, acariciados por su viento, purificados por las cascadas, a la vez que constataban que aquellas maravillas podían desaparecer.

Pasado un tiempo, inició una campaña para asegurar la conservación de Yosemite. Reclamaba para la Sierra el estatus de parque nacional

Pasado un tiempo, Muir inició una campaña para asegurar la conservación de Yosemite. Reclamaba para la Sierra el estatus de parque nacional como el creado en Yellowstone en 1872, algo que sucedió finalmente en octubre de 1890. En 1892 creó el Sierra Club, una asociación protectora de la naturaleza, con el ánimo, dijo, de “contentar a las montañas”. En 1901 publicó el libro Nuestros parques nacionales y, tras leerlo, el entonces presidente Roosevelt le escribió solicitando que le guiara en una visita a Yosemite, que tuvo lugar en mayo de 1903. Se fotografiaron juntos en Glacier Point y acamparon entre secuoyas, sobre la nieve y bajo la enorme pared vertical de El Capitán. Alguien ha escrito que aquella acampada “cambió América”. Hasta el final de sus días, John Muir trabajó por la naturaleza y viajó por el mundo. Falleció en Los Ángeles el día de Nochebuena de 1914.

En la historia de las ideas sobre la conservación de la naturaleza Muir ha sido catalogado como adalid de una línea “romántico-trascendental”, pues sin duda la importancia de lo inmaterial en sus textos fue muy notable. De hecho, probablemente una de las claves de su éxito fue invocar ante sus lectores la perfección de la obra de Dios, reflejada en la naturaleza virgen. Desde mediados del siglo XIX los inmigrantes norteamericanos se consideraban un pueblo elegido que debía “implementar el reino del cielo en la tierra”. La colonización del oeste, sin embargo, mostró que estaban destruyendo la naturaleza.

Algunas cosas que he leído sobre él me han recordado, con las debidas distancias, a Rodríguez de la Fuente y su capacidad para impactar en la sociedad española del último tercio del siglo XX

George Perkins Marsh, en su notable libro Man and Nature (1864), subrayó el profundo efecto de las actividades humanas sobre el ambiente. En el este, escritores “trascendentalistas” como Ralph Waldo Emerson y sobre todo Henry David Thoreau, defendían la necesidad espiritual de mantener el contacto con la naturaleza prístina. John Muir supo popularizar los puntos de vista de estos autores, a los que leyó tras su primer verano en Yosemite. Si el Romanticismo había puesto el énfasis en el misterio vivo de la naturaleza, Muir trasladó a sus compatriotas que Dios estaba detrás de tal misterio, que debía preservarse.

Algunas cosas que he leído sobre él me han recordado, con las debidas distancias, a Rodríguez de la Fuente y su capacidad para impactar en la sociedad española del último tercio del siglo XX. Muir (y también Félix) fue un activista de la conservación, pero más porque convencía a sus lectores de que la naturaleza era hermosa e imprescindible que porque directamente hiciera llamamientos a cuidarla.

John Muir publicó a lo largo de su vida una docena de libros y más de 300 artículos. Combinando una gran expresividad y un evidente talento literario con frecuentes apelaciones a lo sobrenatural y al valor del individuo, logró generar un poderoso sentimiento nacional de respeto hacia la naturaleza virgen, transformado en una decidida vocación por la creación de santuarios protegidos. Lean su Cuaderno de montaña, merece la pena.

Miguel Delibes de Castro, profesor ‘ad honorem’ del CSIC y miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, es autor del prólogo de ‘Cuaderno de montaña’ (Volcano), una selección de los textos del naturalista escocés John Muir.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / MIGUEL DELIBES DE CASTRO .

Lo nuevo de Lucia Berlin, la gran escritora alcohólica y silenciada

Las memorias de la autora y 21 cuentos saldrán a la luz en 2018 tras el éxito de público y crítica de ‘Manual para mujeres de la limpieza’.

A pesar de sus brillantes ojos azules, su distinguido porte y su despampanante belleza, Lucia Berlin (1936-2004) pasó escandalosamente desapercibida. Cierto que no era actriz, ni modelo, pero sí fue una increíble escritora, (observadora, cruda, divertida y brillante) que el mundo literario dejó pasar por alto. El escándalo —que nunca estuvo muy lejos de su atribulada vida— llegó en 2015 cuando Berlin fue descubierta y resonó la pregunta de por qué se la había ignorado. Ya llevaba una década muerta cuando ese año la antología de sus relatos prologada por Lydia Davis, Manual para mujeres de la limpieza, llegó a las librerías estadounidenses de la mano de la editorial FSG y arrasó. Berlin, “escritora de escritores” —es decir, admirada mayormente solo entre un puñado de colegas— se convirtió en una estrella.

Como apuntaba María Fasce, editora de Berlin en el sello Alfaguara: “Me parecía increíble que esos cuentos dolorosos, hermosos y llenos de humor negro, hubieran pasado casi inadvertidos para sus contemporáneos”. Cientos de miles de lectores en todo el mundo se han sentido igual y hoy, tras la publicación de esa primera colección de relatos en 23 países, después de copar los primeros puestos en las listas de ventas durante semanas y de recibir el aplauso unánime de crítica y público, más que escándalo por el tiempo que tardó en ser descubierta, lo de Berlin ha pasado a ser un fenómeno.

En 2018 la brillante cuentista, que arropa con su prosa historias brutalmente humanas, regresará simultáneamente a las librerías españolas y estadounidenses en noviembre con Una tarde en el paraíso. El nuevo libro reúne 21 de los 34 relatos que quedaron fuera de la primera colección, todos ellos inéditos en castellano. Algunos, eso sí, fueron incluidos en las colecciones que Berlin publicó en los años noventa. En concreto el que da título al nuevo volumen apareció en Where I Live Now (Donde vivo ahora) el último libro de cuentos que Berlin publicó en vida en 1999, en la pequeña editorial Black Sparrow Press. Sigue leyendo Lo nuevo de Lucia Berlin, la gran escritora alcohólica y silenciada

García Márquez desvela todos sus secretos

La Universidad de Texas digitaliza el archivo del Nobel colombiano y pone a disposición de cualquier usuario de la Red decenas de miles de manuscritos, fotografías y otros documentos.

El general en su laberinto. Séptima versión mecanografiada. Página 38. “(…) la prisa sin corazón del reloj hexagonal desbocado hacia pasado mañana a la una y doce minutos de su tarde final”. No, hexagonal, no. El reloj es octogonal. Y tampoco es la una y doce, sino la una y siete. Son correcciones a mano de Gabriel García Márquez sobre su propio manuscrito. Miles de páginas como esta llenaban el archivo personal del escritor que hace tres años, tras su muerte, compró la Universidad de Texas. Desde este lunes, las dudas más íntimas de García Márquez sobre sus propios textos son accesibles online para aficionados e investigadores.

El archivo digitalizado abarca más de 27.000 imágenes de papeles y fotografías. “Mi madre, mi hermano y yo siempre tuvimos el compromiso de que el archivo de mi padre llegara al un público lo más amplio posible”, dijo Rodrigo García, hijo del escritor, en un comunicado de la institución. “Este proyecto permite aún mayor acceso al trabajo de mi padre, incluyendo la comunidad global de estudiantes e investigadores”. La digitalización es una joya poco habitual para estudiosos de literatura, ya que da acceso universal a secretos de edición en las obras maestras de García Márquez que solo conocía él, y menos habitual para autores contemporáneos de este nivel.

El proyecto ha hecho que se pueda buscar por palabras clave en los papeles de los cajones del despacho de García Márquez. Pero no solo eso. El archivo incluye una herramienta llamada mirador en la que se pueden comparar distintas versiones de los manuscritos. Es decir, leer el libro entero en distintas versiones una al lado de la otra, ver cómo evolucionó su construcción párrafo a párrafo. Se pueden consultar 134 borradores de novelas. Entre las obras digitalizadas están las 10 versiones que hizo de su última obra, En agosto nos vemos, que nunca llegó a considerar lista para publicar.

Los materiales pertenecen a libros protegidos por derechos de autor. La jefa de colecciones digitales del Harry Ransom Center, Liz Gushee, explica en el mismo comunicado que todo se ha hecho “con previa autorización de los titulares de los derechos”. “El apoyo de la familia de García Márquez ha hecho posible este importante proyecto”, del que los responsables destacan las nuevas herramientas digitales para buscar y comparar documentos online. Sigue leyendo García Márquez desvela todos sus secretos