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El coleccionista de trozos del universo

Un astrofísico conserva en su casa un millar de meteoritos que ayudan a entender el origen y el destino de las galaxias.

Los meteoritos son regalos del universo para que avancemos en la búsqueda de respuestas sobre nuestro origen y nuestro destino. José María Madiedo (Jerez, 1969), astrofísico y divulgador vocacional, recibió por su cumpleaños, cuando empezaba la adolescencia, una pequeña roca hallada en Marruecos y procedente del mundo exterior. Desde entonces ha reunido un millar de piezas (“Creo que son 1009, pero soy malo con los números”, afirma) que conforman la mayor colección privada en España de trozos llegados a la Tierra desde el espacio.

Las piezas se pueden ver en la web que él mismo ha creado (museodemeteoritos.es) y mantiene arañando minutos a su trabajo en el Instituto de Astrofísicia de Andalucía y su labor como creador del sistema de seguimiento Smart (Spectroscopy of Meteoroids in the Atmosphere by means of Robotic Technologies) e integrante, entre otros, del programa Midas (Moon Impacts Detection and Analysis System – Detección y análisis de impactos contra la Luna) de las agencias espaciales de EE UU y de Europa.

Dice Madiedo que se enamoró de la Astronomía bajo el cielo de El Puerto de Santa María (Cádiz), donde se fascinó contemplando la Vía Láctea y donde observaba desde la ventana los eclipses de luna. “Devoraba todos los libros que encontraba sobre esos temas y, cuanto más leía, más claro tenía que quería ser científico”, afirma.

Ninguna de las rocas identificadas impactará en la Tierra en los próximos 100 años
JOSÉ MARÍA MADIEDO, ASTROFÍSICO Y DIVULGADOR

Doctor en Química y en Física, en la actualidad investiga la materia interplanetaria que impacta contra la Tierra y contra la Luna en el Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC). Pero su trabajo y su pasión no tendrían todo el sentido sin su faceta como divulgador científico: “Intento transmitir a los demás la importancia que tiene esta ciencia a la hora de entender qué lugar ocupamos en el Universo”.

El sistema de localización y seguimiento de meteoritos creado por Madiedo (el Smart analiza qué fragmentos entran en la atmósfera y su frecuencia) y el Midas nos permiten dormir tranquilos, hasta cierto punto. A partir de sus datos, mucho más precisos que los programas que inició la NASA hace tres lustros, el astrofísico andaluz afirma que “ninguna de las rocas identificadas impactará en la Tierra en los próximos 100 años”. “Pero hay muchas que pasan inadvertidas porque no reflejan luz hasta que se encuentran muy cerca”, añade para recordar el caso del bólido de Cheliábinsk, un cuerpo celeste de 17 metros de alto por 15 de ancho que se desintegró sobre esta ciudad del sur de los Urales el 15 de febrero de 2013 y causó más de medio millar de heridos.

Pero al margen de estos sucesos, a Madiedo le entusiasma estudiar y dar a conocer lo que encierran estos mensajes del cielo y los fenómenos asociados. Por eso aún sigue mirando el cielo y el suelo y permanece al tanto de las ofertas de meteoritos con los que ha conformado su colección, aunque ahora está más centrado en divulgar su valor científico que en ampliarla.

El mercado de estos objetos celestes juega en la división de los productos extraños y singulares: por un gramo procedente de uno de los dos satélites naturales de Marte (Fobos y Deimos) se llega a pagar más de 1.000 euros. “El precio depende de la cantidad de masa recuperada y de la gente interesada”, explica el investigador.

Un gramo procedente de uno de los dos satélites naturales de Marte puede llegar a costar más de 1.000 euros

Otros objetos también son relevantes por la historia asociada a los mismos, como la de los españoles que llegaron en el siglo XVI a la región de Tucumán (Norte de Argentina) y observaron herramientas y armas elaboradas por los indígenas de la zona con materiales que en esos momentos no sabían extraer de la tierra. Los nativos les explicaron que los metales habían caído del cielo, pero los españoles pensaron que esos trozos que brillaban como si fuera plata eran un indicio de una mina de mineral precioso y generó numerosas expediciones a lo que hoy se conoce como Campo de Cielo.

Algunas de las piezas de su colección destacan más por su composición que por su aspecto. Pero hay algunas especialmente atractivas, como las eucritas de Vesta (el segundo objeto con más masa del cinturón de asteroides localizado entre las órbitas de Marte y Júpiter) y que presentan corteza de fusión. “Al contener mucho calcio y entrar en la atmósfera, se forma un aspecto vítreo oscuro parecido al de la obsidiana”, explica Madiedo, quien investigó el impacto de un meteorito de estas características en Puerto Lápice (Ciudad Real) en 2007.

Distinguir un meteorito es difícil para un profano. “Una roca de la Luna se parece a cualquier roca ígnea terrestre”, afirma Madiedo. Y como los elementos químicos existentes en el universo son los mismos que los detallados en la tabla periódica, hay que ir más lejos para determinar que las rocas proceden del espacio: la composición, la densidad, las propiedades magnéticas o las marcas (“como las que se producen al pasar los dedos por la plastilina”) generadas por las altas temperaturas y el aire al entrar el fragmento en la atmósfera terrestre.

Pero cuando se certifica su autenticidad, lo que hay en las manos es un “fósil del sistema solar”, un vestigio de cómo se formó el universo muy preciso, porque procede de un entorno donde no se ha alterado, y un avance de qué será la Tierra en un futuro lejano.

Y también es un indicio del posible origen de la vida. En los meteoritos se han hallado hasta 80 aminoácidos (moléculas orgánicas base de las proteínas y que son clave en los procesos biológicos) mientras que la Tierra se han descubierto 20 comunes. “Significa que la química en el espacio es muy rica y que hay moléculas y elementos que pueden reaccionar y progresar. Existe la teoría de que los meteoritos trajeron los ingredientes que contribuyeron a la formación de esa sopa primigenia de la que surgió la vida”, explica.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / RAÚL LIMÓN.

Los microplásticos también han llegado a las montañas

La cantidad de partículas plásticas en el Pirineo es similar a la de París o las ciudades industriales chinas

Ni las grandes montañas se libran del plástico. Un estudio ha hallado en lo más recóndito del Pirineo una concentración de microplásticos similar a la que se pueda encontrar en una capital como París o las industriosas ciudades chinas. Llevadas hasta allí por el viento, las partículas plásticas pueden recorrer muchos kilómetros hasta caer arrastradas por la lluvia o la nieve. En las cordilleras, valles y otros ambientes naturales podría estar el plástico que falta en las estadísticas.

De los 335 millones de toneladas de plásticos creadas en 2016, unos sesenta millones se hicieron en Europa, según datos del sector del plástico. Ese mismo año, llegaron a las plantas de reciclaje y basureros 27,1 toneladas. Aunque muchos materiales plásticos están diseñados para durar años o décadas (como los del salpicadero de un coche o los aislantes de muchos edificios), diversos estudios han estimado que un buen porcentaje acaba en el mar, los más optimistas hablan del 10% de la producción anual. ¿Dónde está el resto?

En la estación meteorológica de Bernadouze, en la parte francesa de los Pirineos, miden la temperatura del aire, la velocidad del viento y su dirección, la lluvia o la altura de la nieve si la hay. Pero durante cinco meses entre 2017 y 2018 también registró la cantidad de plástico que caía del suelo. Los resultados, publicados ahora en Nature Geoscience, muestran que hasta esta estación, situada a 1.425 metros de altura y alejada veinticinco kilómetros del primer pueblo digno de tal nombre, llega una media de 365 partículas por metro cuadrado y día.

“La cantidad de partículas de microplásticos encontradas al estudiar los remotos Pirineos está dentro del rango de la cantidad hallada en una megaciudad como París”, dice la investigadora del Laboratorio de Ecología Funcional y Medio Ambiente (EcoLab, con sede en Toulouse, Francia) y coautora del estudio Deonie Allen. En efecto, dos recientes estudios realizados en la capital francesa (aquí y aquí) recogieron un número de fibras de plástico comparativamente similar. También, la cifra supera la parte superior de la horquilla obtenida en Dongguan, una populosa ciudad china de más de 8 millones de habitantes, donde se está realizando un amplio estudio sobre la presencia de microplásticos en el aire que ha estimado un rango de entre 175 y 313 partículas por metro cuadrado y día.

Este nuevo trabajo encontró plásticos de casi todo tipo, fragmentos, fibras y filme, el usado en las bolsas de plástico. Identificaron algunos esféricos, pero su desgaste les impidió confirmar que fueran microesferas, que aún usan algunos cosméticos. En cuanto al tamaño, la mayoría de los fragmentos tenían un diámetro menor de 50 micras (milésima parte de un milímetro) y casi todas las fibras y filme no superaban las 100 micras de largo. Los plásticos más abundantes son el poliestireno y el polietileno. Ambos se usan para hacer bolsas y envases y, en teoría, son reciclables. Otra gran categoría, con el 18%, son las fibras de polipropileno, habituales en la industria textil.

El profesor de la Universidad de Tecnología de Guangdong, Jinping Peng, lleva años estudiando la contaminación atmosférica por microplásticos. Aunque no ha intervenido en el estudio de los Pirineos, recuerda que, en sus trabajos monitoreando las deposiciones en Dongguan y distritos de alrededor, la cantidad de microplásticos estaba relacionada con la densidad de población. “Pero puede haber otras razones que afecten a la abundancia de microplásticos, como la velocidad y dirección del viento que pueda explicar que haya una concentración similar de microplásticos en los Pirineos”, dice.

Dado que no hay grandes centros urbanos cerca que expliquen tal concentración, solo el transporte aéreo puede explicar que hayan llegado hasta allí. Estudios anteriores ya habían demostrado que las bacterias pueden viajar miles kilómetros hasta llegar a montañas como las de Sierra Nevada y las incursiones de polvo sahariano hasta el centro de Europa son bien conocidas. Los fragmentos de plástico pueden ser aún más pequeños que un grano de arena y las fibras y film aún tiene una mayor capacidad para flotar. Así que la respuesta estaría en el viento.

“Lo que podemos demostrar de manera inequívoca es que están siendo transportadas allí por el viento”, dice en una nota el investigador de la Universidad Strathclyde (Reino Unido) y coautor del estudio, Steve Allen. Usando un modelo alimentado con las velocidades y trayectoria de los vientos y los datos de deposición, pudieron estimar que las micropartículas llegaban hasta las montañas desde al menos 95 kilómetros de distancia. Pero Toulouse, Zaragoza o Barcelona están aún más lejos de esa distancia y con las dos segundas el plástico aún tendría que superar mucha más montaña. Es lo siguiente que quieren investigar, cuánto puede viajar el microplástico por el aire.

En Dongguan, una ciudad industrial china de 8 millones de habitantes, la concentración de microplásticos era menor que la hallada en el Pirineo

Para el investigador de la Universidad París-Est Rachid Dris, especializado en el estudio de los microplásticos en entornos urbanos, “estos pueden llegar a cualquier parte, como se ha comprobado en todos los hábitat, incluidos los más lejanos, como los lagos remotos o el Ártico, por lo tanto, ya se consideraba al aire como una importante ruta de transporte para microplásticos”·. No relacionado con este estudio, a Dris no le sorprende que ahora los hayan encontrado en los Pirineos. “Es evidente que las condiciones meteorológicas desempeñan un papel: los microplásticos probablemente sean transportados en los momentos de mayor viento y caen cuando aminora. Además, la nieve y la lluvia pueden provocar un arrastre que aumente la deposición de estos microplásticos”, añade.

Queda por saber cómo afectan los microplásticos a la salud humana. Encontrados ya en el intestino humano, todos los investigadores mencionados en este artículo creen obligado y urgente determinar el impacto de una bocanada de aire repleto de plásticos.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / MIGUEL ÁNGEL CRIADO

El inesperado sarcófago plúmbeo del siglo III

Un ataúd romano de plomo en excelente estado de conservación ha sido hallado en las obras de remodelación de un edificio en el centro de Granada

Los arqueólogos no esperaban ningún gran descubrimiento, quizá material de la época musulmana sin mayor trascendencia. No era más que una prospección en el centro histórico de Granada, obligatoria para cualquier obra que quiera profundizar en el subsuelo y con la que se pretende descartar que existan restos históricos. Los trabajos se desarrollaban con la normalidad esperada. Algunos restos de la época cristiana. Algunos de la árabe. Nada relevante. Pero antes de levantar el campo, el equipo de arqueólogos decidió llegar un poco más abajo. Y allí estaba. A 2,5 metros de profundidad apareció una tumba romana cubierta de piedra arenisca y barro. Aún nada sorprendente en principio para Ángel Rodríguez, el arqueólogo responsable de la prospección del edificio Villamena, junto a la catedral de Granada. Pero al quitar la losa, ligeramente aplastada, apareció un sarcófago de plomo. Eso sí fue una sorpresa.

Estamos entre el siglo II y el IV después de Cristo. Los sarcófagos de plomo no eran frecuentes. En Andalucía, además de caros, eran difíciles de conseguir porque solo se fabricaban en una industria de Córdoba. Por tanto, “probablemente es de una familia adinerada, pero eso no significa que vayamos a encontrar grandes joyas en su interior”, explica Rodríguez, que piensa que el sarcófago será, a falta de la datación exacta que se hará próximamente, del siglo II o III, no más. El ajuar no tiene por qué ser especialmente rico porque, cuenta, lo de mucho valor se quedaba fuera, “para los vivos”.

El verdadero interés de este tipo de sarcófago, del que apenas se han encontrado una decena en Andalucía —y no siempre en buen estado o sin expoliar—, está en que el plomo conserva los restos especialmente bien. Eso significa que, si todo va como los arqueólogos esperan, dentro habrá un cuerpo, un ajuar y textiles probablemente muy bien conservados y, por tanto, se extraerán muchas conclusiones que permitirán “conocer bastante del ritual de inhumación”, sostiene Ángel Rodríguez.

El sarcófago se localizó el jueves pasado y este miércoles ha sido ya trasladado al Museo Arqueológico y Etnológico de Granada. Allí aguardará unos días hasta que se defina exactamente cómo proceder a descubrirlo. Un equipo multidisciplinar de antropólogos físicos, restauradores y arqueólogos será entonces quien viva el emocionante momento de la apertura. ¿Qué futuro espera a lo que se halle en el interior? “El cuerpo irá al laboratorio de antropología forense de la Universidad de Granada y el propio sarcófago y el ajuar quedarán en el museo para ser estudiados”, resume el arqueólogo jefe.

Granada tiene un centro histórico que, en realidad, no siempre lo fue. En época romana, el epicentro de la ciudad era el Albaicín y lo que hoy configura el centro histórico era, sencillamente, una zona rural periurbana. Pero tenía una peculiaridad: estaba bañada por el río Darro, una corriente de agua que hace casi un siglo dejó de verse a cielo abierto en esa parte de la ciudad y pasó a descender embovedada a lo largo de un par de kilómetros. Y ahí, en ese lugar entonces rural, ha aparecido el sarcófago plúmbeo. Eran “zonas de cultivo fuera de la ciudad romana, en el margen del río Darro. No se trata de un cementerio. Sin embargo, quizá por la influencia del Darro, debía tener alguna significación especial como área funeraria”, asegura Rodríguez, quien recuerda que en 1902 apareció un ataúd similar que “fue expoliado por los trabajadores que lo descubrieron” antes de que llegara el primer científico, que solo encontró “unos huesos”.

El sarcófago de plomo pesa entre 300 y 350 kilos y sus dimensiones son como las de cualquier ataúd clásico: 1,97 metros de largo y 40 centímetros de alto. Algo más ancho en la cabecera (0,56 metros) que en los pies (0,36). En una primera inspección, ha respondido el arqueólogo responsable, “no tiene inscripciones aparentes, aunque aún tiene barro y arena; veremos cuando lo limpiemos”. La procedencia sí la da por segura: “Córdoba, el único lugar donde se fabricaban ataúdes de plomo”. Su exterior ya ha aportado numerosas pistas. En unas semanas, será el turno del interior, algo que los científicos esperan con emoción.

ALHÓNDIGA, CÁRCEL, BANCO

El edificio de Villamena, bajo el que ha aparecido el sarcófago, es un lugar con mucha historia. Ya en época romana se hizo un hueco como espacio relevante. En el siglo XI los comerciantes genoveses establecieron allí su alhóndiga, una especie de embajada comercial donde compraban la seda y el azúcar, explica Rodríguez, que vendían por toda Europa. A este lugar llevaban productos de lujo europeos para vender en la urbe. Los Reyes Católicos, en el siglo XVI, ceden el edificio a la ciudad, que se convierte en cárcel durante más de cuatro siglos, hasta 1930. La última función que tuvo fue la de oficina bancaria y allí es dónde, exactamente debajo de una impresionante puerta de caja fuerte que hace tiempo que no guarda nada, ha aparecido el sarcófago de plomo.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / JAVIER ARROYO .

Un cambio radical de la agricultura se abre paso en el Reino Unido para mejorar la salud y el clima

Un informe respaldado por las principales fuerzas políticas sugiere avanzar hacia la “agroecología”

“Influida por unas políticas pobres y unos incentivos perversos, la industria agrícola y la alimentaria se han convertido en uno de los principales factores en la crisis de salud y medioambiental. Desde la deforestación a la pérdida de especies salvajes, de la degradación del suelo a la contaminación extendida y a problemas de salud relacionados con la dieta, las personas y el planeta han sufrido las consecuencias”. El informe de la Comisión para la Alimentación, Agricultura y el Campo (RSA, en sus siglas en inglés), un organismo independiente establecido en 2017 para replantear la cadena alimentaria en el Reino Unido, alerta de los graves riesgos para la salud y el medioambiente que han generado décadas de agricultura intensiva, con resultados devastadores para el campo británico y para el bienestar físico de las nuevas generaciones.

El informe, en el que han participado expertos en la industria agroalimentaria y en políticas medioambientales y de sanidad, describe los últimos 70 años como un proceso destinado a crear alimentos cada vez más baratos que ha tenido consecuencias “perversas y perjudiciales”. Los precios a los que venden hoy en día los productores son baratos, y los alimentos en los supermercados tienen precios cada vez más bajos, pero “el verdadero coste de estas políticas es simplemente trasladado al resto de la sociedad: un medioambiente degradado, una espiral de mala salud y núcleos urbanos más empobrecidos”. “El Reino Unido tiene la tercera alimentación más barata entre los países desarrollados, pero el mayor riesgo de seguridad alimentaria en toda Europa”, dice el informe. Con datos concretos, salpicados en todo el documento, se ilustran las consecuencias a largo plazo de estas políticas. “Simplemente el coste para el Servicio Nacional de Salud de una de estas enfermedades relacionadas con una dieta pobre, la diabetes tipo 2, se acerca a los 30.000 millones de euros al año”, indica.

Los expertos señalan que las medidas que se adopten en los próximos 10 años pueden ser fundamentales. Y señalan, desde el lado positivo, que la ciudadanía ha comenzado a tomar conciencia de la dimensión del reto. Surgen cada vez más llamadas de atención y movimientos colectivos que exigen que se adopten las medidas necesarias para combatir esta amenaza. “Desde los alumnos de las escuelas a los accionistas de las empresas, o desde las industrias agrícolas y alimentarias, por todas las comunidades del Reino Unido, estamos encontrando respuestas a favor del cambio necesario”, dice el informe, que incluye en sus conclusiones las quejas de muchos de los protagonistas de esta situación: “Soy un ganadero y no puedo permitirme la misma comida que he producido. ¿No es algo ridículo?”, dice James, un productor de carne de oveja del distrito británico de Peek.

La comisión defiende la disponibilidad y voluntad de la comunidad agricultora y ganadera del Reino Unido, preparada para cambios drásticos cuando el Brexit sea una realidad, para acometer las reformas necesarias en la próxima década. “Los agricultores se adaptan extraordinariamente a las nuevas circunstancias”, ha dicho Sue Pritchard, directora de la RSA y ella misma una agricultora orgánica en Gales. “Tenemos que convivir con los cambios cada día de nuestras vidas. En estos momentos, muchos agricultores son acosados y retratados como los malos de la película. Pero sin una agricultura sostenible y segura en el Reino Unido, no sobreviviremos”.

El informe asegura que la actual agricultura británica es responsable de al menos el 10% de los gases de efecto invernadero que se emiten en el Reino Unido, y es además la culpable de la desaparición de una gran porción de la vida salvaje de esta isla. El volumen de especies autóctonas clave se ha reducido, asegura, en un 67% desde 1970, y cerca de un 13% de esas especies se encuentra hoy en peligro de extinción.

“El Brexit ha creado una oportunidad que solo se da cada 50 años para cambiar nuestro sistema agroalimentario”, asegura Ian Chesire, presidente de la RSA y asesor del Gobierno en materia medioambiental. “Necesitamos tomar medidas ahora mismo. La emergencia climática exige acciones urgentes y radicales”.

Entre otras acciones, el informe, respaldado por las principales fuerzas políticas del Reino Unido, sugiere marchar hacia la “agroecología”, que supone avances en la agricultura orgánica y la reforestación inteligente de bosques, que combinen árboles con cultivos y pastos para ganado. Recomienda respuestas tan simples y a la vez tan lógicas como “apoyar la cría vacuna y de corderos en aquellos lugares donde lo más fácil de cultivar es la hierba”. El ministro de Medio Ambiente, Michael Gove, se ha comprometido nada más recibir el informe a incrementar las ayudas destinadas a los agricultores y ganaderos dispuestos a emprender estos cambios.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / RAFA DE MIGUEL .

El primer humano que conquistó una isla

El descubrimiento del ‘Homo luzonensis’ plantea el enigma de cómo llegó a Luzón hace decenas de miles de años

El hallazgo del Homo luzonensis, una nueva especie humana que vivió en la isla de Luzón (Filipinas), plantea una pregunta tan interesante como difícil de responder: ¿cómo pudo llegar hasta allí?

Los fósiles hallados incluyen un hueso del pie que tiene al menos 67.000 años y otros restos óseos y dientes que se remontan al menos a 50.000 años. En un valle cercano se hallaron herramientas de piedra características de los humanos primitivos con una antigüedad de 700.000 años. Esta isla ha estado separada del continente por cientos de kilómetros de mar profundo desde hace al menos dos millones y medio de años, una barrera inexpugnable para cualquier especie humana salvo para el Homo sapiens o, al menos, eso se pensaba hasta ahora.

Florent Détroit, investigador del Museo Nacional de Historia Natural de París y codescubridor de la nueva especie, no cierra la puerta a que estos homínidos tuviesen ya el arrojo y la curiosidad necesarias para lanzarse al mar. Muchos expertos no piensan que Homo erectus, el probable ancestro de la nueva especie descubierta, “fuese lo suficientemente inteligente como para cruzar el mar a propósito, pero cada vez tenemos más evidencias de que se asentaron en varias islas del sudeste asiático, así que probablemente no se trate de un accidente”, propone. “Además, es imposible que una población pueda asentarse en una isla haciendo un solo viaje, hicieron falta varias llegadas con varios individuos de ambos sexos para que prosperase la población”, argumenta el paleoantropólogo.

La teoría se ve apoyada por la existencia de otro miembro de nuestro género, el Homo floresiensis, que también llegó por mar a la isla indonesia de Flores y allí sufrió un proceso evolutivo de enanismo hasta quedar reducido a un metro de estatura con un cerebro de unos 400 cm3 (los sapiens tenemos unos 1.300).

La mayoría de expertos cree que estas dos especies llegaron a sus destinos a bordo de balsas naturales. “Hay que imaginar los ríos caudalosos que discurren por los bosques tropicales del sudeste asiático y que tras una tormenta o un tsunami arrastran amasijos de troncos y hojarasca”, explica Antonio Rosas, paleoantropólogo del CSIC. “Los homínidos se habrían subido y las corrientes hicieron el resto. Estas balsas naturales son la explicación más plausible de cómo los primates llegaron a Sudamérica desde África hace unos 23 millones de años. También explican la llegada de ciertos reptiles a las islas Galápagos y de mamíferos a la isla de Madagascar”, resalta. Es un enigma cuánto duraron algunas de esas travesías y cómo los animales sobrevivieron a ellas.

María Martinón, directora del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, aporta otro argumento en contra de que los homínidos primitivos fuesen navegantes. “No tenemos evidencias de que los homínidos de Flores y Luzón tuvieran curiosidad o lo que se ha llamado Wanderlust [un impulso fuerte por el viaje y la exploración]”, explica. “Prueba de ello es que no hay evidencia de movimiento entre islas. Es muy probable que una vez llegaban a esas islas se quedaban atrapados. Los conjuntos de herramientas que se han hallado son bastante inespecíficos y sencillos. En general se acepta que consumían sobre todo fauna terrestre pero que la incapacidad de desarrollar tecnologías sofisticadas de pesca puede ser una de las razones por las que no hayan sido poblaciones muy móviles ni con gran capacidad de dispersión”, añade.

La mayoría de expertos cree que estas dos especies llegaron a sus destinos a bordo de balsas naturales

Esa ansia por descubrir nuevos territorios más allá del océano quedaría reservada a los sapiens, al igual que el arte de mayor complejidad, como el de las cuevas de Altamira, en España, o Chauvet y Lascaux, en Francia, todas posteriores a la llegada del sapiens al continente hace unos 40.000 años. De esas mismas fechas son las primeras evidencias de navegación en aguas profundas en Asia asociadas a Homo sapiens para pescar atunes. Al contrario que los Homo anteriores, los sapiens habrían sido los primeros en vivir casi exclusivamente del consumo de pescado, lo que les empujó a dominar la navegación. También en esta época —hace unos 35.000 años— aparece el arte rupestre en la isla Sulawesi, vecina a Flores. El hobbit de Flores se había extinguido unos 15.000 años antes, justo cuando los primeros sapiens llegaron al archipiélago.

Ni siquiera los neandertales, la especie humana que evolucionó en Europa y que están considerados seres muy parecidos a nosotros, con sus propios adornos y arte, se dieron a la navegación, resalta Jean-Jacques Hublin, experto en el estudio de esta especie en el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Leipzig (Alemania). “Aparentemente ni siquiera los neandertales que habitaban en la actual Italia llegaron a cruzar hasta Sicilia, a pesar de su cercanía”, explica.

Aún quedan muchas incógnitas sobre las capacidades cognitivas del Homo erectus. Tenía una capacidad craneal de unos 1.100 cm3 y una complexión muy similar a la nuestra, perfecta para caminar y correr erguido. Suyo es el mérito de ser la especie humana que ha existido durante un mayor periodo de tiempo, nueve veces más que los sapiens. Su origen se remonta a África hace unos dos millones de años. De allí salió hace 1,8 millones y en un tiempo récord llegó a Europa y Asia. Suyo es también el primer grabado realizado por un humano: una línea en zigzag hecha sobre una concha de molusco que probablemente le había servido antes de alimento. Este hallazgo se hizo en la isla de Java donde, en este caso, había llegado caminando por un pasillo de tierra que después cubrió el mar. De momento, los sapiens seguimos siendo los primeros navegantes.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / NUÑO DOMÍNGUEZ .

Muerte del último glaciar de España

Los hielos de Monte Perdido retroceden a un ritmo acelerado y podrían desaparecer en tres décadas. (Incluye  dos video reportajes)

Cerca de la cumbre del Vignemale, una de las más altas de los Pirineos, hay unos enigmáticos boquetes en la roca abiertos con dinamita. Son la puerta a una época tan distinta de la actual que su historia parece mentira. En 1882 el conde Henry Russell tenía alquilada toda la montaña por el precio simbólico de un franco al año. Mandó que le construyeran siete cuevas desde las que contemplaba el atardecer en el glaciar de Ossoue y daba fiestas para sus amigos a más de 3.000 metros de altura. Los refugios se abrieron más o menos a ras de hielo para entrar caminando sin dificultades, pero cualquiera que lo intente hoy en día tendrá que trepar una pared de roca de varios metros. Es una de las pruebas más pintorescas de un fenómeno global: el retroceso de los glaciares de alta montaña.

De los Andes a los Alpes, del Himalaya a la Antártida, la inmensa mayoría de los glaciares de la Tierra se derriten a una velocidad sin precedentes desde que hay registros, un fenómeno relacionado con el cambio climático. El proceso es especialmente intenso en los Pirineos, donde el problema ya no es tanto el retroceso de los hielos, sino su extinción. Treinta y tres de los 52 glaciares que había en 1850 han desaparecido, la mayoría de ellos después de 1980. Desde la cima del Monte Perdido (3.335 metros) se divisa el cadáver más reciente: un precioso lago color turquesa que fue un pequeño glaciar hasta finales de los 90.

Ignacio López-Moreno es como un cirujano al que se le muere el paciente sin poder hacer nada para salvarlo. Hijo de un informático y un ama de casa, este geógrafo zaragozano es el único entre siete hermanos que se dedica a la ciencia. Desde 2011 su equipo del Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC) analiza con un detalle sin precedentes el glaciar de Monte Perdido, el más grande del Pirineo español junto al de Maladeta-Aneto, y sin duda el mejor estudiado (el tercer gran glaciar pirenaico es el de Ossue que enamoró al conde Russell). Ninguna otra alta cordillera española alberga ya glaciares. Estos son los últimos de España.

“Estos glaciares, los más meridionales de Europa, están en unas condiciones muy límite, y todo apunta a que serán los primeros en desaparecer”, explica López-Moreno. Estudiarlos es “muy importante para ver cómo se comportan en estas fases finales, hasta qué punto se acelera o se puede ralentizar, y es un ejemplo para muchas otras montañas que dentro de pocas décadas se van a enfrentar a esta situación”, resalta el investigador minutos antes de saltar a un helicóptero junto a otros científicos del IPE para realizar la campaña de este año, a la que ha asistido EL PAÍS. Llevará apenas unos minutos completar una ascensión de unas siete horas a pie, inhumana con los cientos de kilos de equipo y comida que hay que llevar al campamento.

Un glaciar es una masa de hielo que se mantiene a lo largo de todo el año y que está en continuo movimiento. El de Monte Perdido, con un kilómetro de largo y unos 500 de alto, avanza tres centímetros al día, el doble de rápido durante las horas de luz que por la noche. En las últimas décadas se ha separado en dos partes sin conexión, la superior y la inferior.

En los años 50, la zona alta del glaciar era casi plana, pero ahora tiene una pendiente cada vez más pronunciada que dificulta la acumulación de nieve, esencial para que el glaciar no pase la línea crítica en la que pierde más volumen por fusión durante primavera y verano que lo que gana en invierno. En 2011, emergió un farallón de roca caliza entre el hielo del glaciar inferior. Las piedras son como un radiador que alcanza los 15 grados al sol y aceleran la fusión del hielo. Otro enemigo es el polvo del Sáhara, que llega en grandes nubes arrastradas por el viento y tiñe la nieve de color marrón, lo que disminuye su reflectividad y aumenta la fusión. Todo esto se suma al principal enemigo de los glaciares pirenaicos, el aumento de la temperatura.

“La temperatura media ha subido 1,5 grados. Para mucha gente puede parecer poco, pero cuando se habla del cambio climático a escala planetaria el incremento ha sido de 0,7 grados, por lo que el Pirineo se está calentando al doble de velocidad que el conjunto del planeta”, señala López-Moreno.

Durante las campañas de seguimiento anual, la mejor parte de la jornada es la noche. El grupo de seis científicos se arremolina en torno a una mesa plegable donde se hace la cena en una cocina de gas. En el menú de este año: guindillas piparras salteadas y huevos fritos con torreznos. A unos 2.700 metros saben incluso mejor de lo que suena. Pero el trabajo de estos investigadores no es un camino de rosas. Cada año tienen que descolgarse por paredes de roca para reponer termómetros y estaciones meteorológicas aplastadas por la nieve, salvar fuertes desniveles con el equipo a la espalda, acampar en verano y primavera, cuando han llegado a estar a 17 bajo cero y con vientos de 100 kilómetros por hora que derribaban los muros de nieve que habían levantado para proteger la tienda de campaña. La mayoría de ellos son avezados montañeros y espeleólogos. Miguel Bartolomé, el hombre que cocina en las alturas, es el experto del IPE en cuevas heladas, donde también es patente el retroceso del hielo. El día después de regresar de Monte Perdido se fue a poner sensores térmicos en una cueva del sistema de fuentes de Escuaín (Huesca). Tardó 13 horas en recorrerla junto a miembros del Centro de Espeleología de Aragón, en colaboración con la federación aragonesa de Espeleología y el Parque Nacional de Ordesa.

La medida más detallada del retroceso del glaciar la aporta el escáner láser terrestre, una máquina que lanza más de un millón de puntos de luz al glaciar y construye un mapa topográfico con una resolución centimétrica. “Este es el glaciar del mundo que más se ha estudiado con esta tecnología”, explica Esteban Alonso-González, el miembro del equipo que se encarga del escaneo cada año. “Nosotros tenemos una serie ininterrumpida desde 2011, y con varias campañas también en primavera para medir también los máximos de acumulación de nieve”, detalla. Después de 2017, que fue el peor año de la serie, este ha habido muy poca pérdida o alguna ganancia, pero la tendencia general es de declive. Los datos muestran que el glaciar ha perdido de media cinco metros de grosor, aunque hay puntos en que son 14 metros menos. En general el Monte Perdido retrocede un metro al año. Esto se suma a las medidas anteriores usando otras técnicas, que muestran una pérdida global de unos 50 metros entre 1980 y 2010.

“Si asumimos que continúa pasando lo de los últimos años, en 20 o 30 una gran parte desaparecerá completamente. Solo sobrevivirá la zona de hielo vivo, más protegido y con más nieve en la parte alta, que podría perdurar alguna década más”, explica López-Moreno. Será una lenta agonía, pues se estima que en sus últimos años el retroceso del hielo se ralentizará.

El glaciar del Monte Perdido se encuentra dentro del Parque nacional de Ordesa y Monte Perdido, en los Pirineos, en la provincia de Huesca.

La desaparición del glaciar no supondrá una tragedia a nivel ambiental ni hidrológico. Se estima que el grosor del hielo es de unos 30 metros, con lo que en total atesora unos ocho hectómetros cúbicos, equivalente a un embalse pequeño. Desaparecerán los microbios y otras especies que viven en el hielo, pero aparecerán otras en los lagos resultantes, explica López-Moreno. La vida seguirá adelante, aunque para las próximas generaciones la única forma de ver un glaciar en España sea en fotos.

LA CONTAMINACIÓN MUNDIAL GRABADA EN UN LAGO

Blas Valero navega por el cadáver de un glaciar que desapareció hace 14.000 años. Su fusión dio lugar al lago de Marboré, uno de los más altos de los Pirineos, a 2.590 metros, y también uno de los más interesantes para resolver importantes preguntas sobre el glaciar de Monte Perdido, que está enfrente. Ha habido dos etapas históricas en las que las temperaturas eran muy parecidas a las actuales, una en la época romana y otra durante el Óptimo Climático Medieval entre los siglos X y XIV. Los registros de temperaturas en alta montaña son escasos. El equipo del IPE solo tiene mediciones de altura desde 2013, registro de temperaturas del refugio de Góriz de desde 1981; y las del observatorio Midi de Bigorre (Francia) a 2.877 metros, con datos de precipitación y temperatura desde 1903. El equipo de Valero intenta reconstruir el clima pasado gracias a los sedimentos del fondo del lago, donde siete metros de sucesivas capas permiten remontarse unos 13.000 años atrás. Las dataciones preliminares de la geóloga del IPE Ana Moreno apuntan a que el glaciar existía hace 2.000 años, en época romana, con lo cual, el hielo más antiguo del glaciar debería ser incluso más viejo. La actividad humana es patente en los sedimentos del Marboré, según detalla Valero. En los sedimentos “vemos la cantidad de metales pesados, plomo y mercurio, que proviene de la minería local, y sobre todo a escala global. Hay un pico enorme de la primera globalización del hemisferio norte durante la época romana. Ese pico de la minería romana se observa en todo el pirineo en un gran aumento de la cantidad de plomo que a través del transporte atmosférico llegó hasta aquí. Después desciende, aumenta un poquito durante la época medieval y luego aumenta a partir del siglo XIX con la revolución industrial. Comienza a disminuir un a partir de los 80, cuando se empiezan a utilizar gasolinas sin plomo, pero no baja hasta el nivel previo a la época romana. El impacto de lo que hacemos aparece en un sitio tan prístino y tan remoto como este”.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / NUÑO DOMÍNGUEZ Y LUÍS ALMODOVAR .

La catedral de la geología abre al público

Pulpí permite visitar la geoda accesible más grande del mundo en el 20º aniversario de su descubrimiento
Acceso a la Geoda de Pulpi. FOTO : PACO BONILLA .

La geoda gigante de Pilar de Jaravía, en el municipio almeriense de Pulpí, celebra en diciembre los 20 años de su descubrimiento, fecha que se va a conmemorar de una manera poco habitual: a partir del 5 de agosto se abrió al público esta espectacular obra de la naturaleza. “Para mi es un sueño”. Quien así se expresa es Javier García Guinea, profesor de investigación del CSIC, autor de los primeros análisis mineralógicos que se hicieron a principios de siglo de esta cavidad y, principalmente, responsable de que haya llegado a la actualidad en su deslumbrante estado. Fue García Guinea uno de los primeros en acudir a la mina, tras el hallazgo por parte de miembros del Grupo Mineralogista de Madrid en 1999, y el primero en aconsejar a la entonces alcaldesa de Pulpí, María Dolores Muñoz, que cerrara los accesos para que el hallazgo no derivara en expolio de los cristales de yeso.

No fue fácil convencer a las Administraciones, pero se hizo no sin antes constituirse una nutrida comisión de seguimiento con representantes de la Junta de Andalucía, la Universidad de Almería, el CSIC y el Ayuntamiento. Los poderes públicos también plantearon alternativas concretas para dar a conocer este patrimonio, en su mayoría eran inviables y caras. El proyecto que ha posibilitado convertirla hoy en la geoda visitable más grande del mundo (la mexicana de Naica, de mayor tamaño, no lo es por sus altas temperaturas y compleja accesibilidad) ha contado con un presupuesto de medio millón de euros destinados a la limpieza previa con la extracción de más de 700 toneladas de tierra y escombros, los entibados necesarios para garantizar la circulación de las personas y la seguridad  y para el reto más complejo, que ha sido la construcción de los accesos, según explica José Ángel Solanilla, ingeniero de minas y director de obra de Tecminsa, empresa extremeña encargada del proyecto.

Finalmente se ha optado por unas escaleras de caracol en hierro forjado que permiten ganar los cerca de 40 metros de profundidad que distan desde la galería principal (60 desde la superficie) a la geoda. Francisco Javier Fernández Amo, geólogo de la misma empresa y conocedor al detalle del proceso de rehabilitación, pone especial énfasis en despejar las dudas sobre el posible deterioro de esta singular mina de cristales. La Universidad de Almería ha diseñado “un sistema de monitorización que incluye alarmas si se traspasa el límite permitido y sensores que controlarán en todo momento parámetros como la temperatura, la humedad o los índices de CO2”.

La visita guiada, con un máximo de 12 personas por grupo y que cubre un recorrido de unos 500 metros por la Mina Rica, incluye, obviamente como final, ver la Geoda gigante que, sin duda, se convertirá, ya lo es a juzgar por la demanda de entradas (22 euros), en un atractivo turístico.

Este fenómeno de la naturaleza se debe a un proceso mineralógico por el que en un hueco en la roca queda tapizado de cristales, normalmente cuarzo, calcita y yeso. El factor diferenciador de la geoda de Pulpí es el gran tamaño y la transparencia de los cristales. Para comprobarlo hay que subir a un peldaño e introducir medio cuerpo por la grieta que da acceso a una cavidad de unos ocho metros de largo por dos de alto. Solo por motivos científicos se accederá al interior. En todo caso, la magnitud y la forma de los cristales de yeso, alguno de los cuales alcanza dos metros, impresiona por la estética y por la capacidad de la naturaleza para diseñar esas formas con la sencilla fórmula de agua, minerales y tiempo.

Fernández Amo atribuye buena parte de la formación de la geoda del Pilar de Jaravía “a procesos de vulcanismo producidos hace millones de años”. “Fluidos cargados de minerales”, explica, “se inyectan a través de las capas de los estratos o a través de fracturas”. La literatura científica coincide en la aportación de “inyecciones hidrotermales volcánicas” al proceso y fija dos fases, referidas una a la formación del hueco y otra al depósito mineral en su interior. En el primer caso se considera la posibilidad de que la cavidad se produjo por “karstificación de las dolomías que forman la sierra del Aguilón”, donde se encuentra; en el segundo, la hipótesis apunta a un “modelo mixto kárstico-hidrotermal”. Es decir, la combinación de la presencia de yesos y calizas con la acción de aguas calientes procedentes de fenómenos volcánicos.

Nada igual

En todo caso, el origen es más enrevesado de desentrañar que su consecuencia. Este mismo periódico titulaba el 10 de junio del año 2000 “Una geoda gigantesca descubierta en una mina de Almería asombra a los científicos” y Javier García Guinea declaraba haber buscado en las bases de datos internacionales y no haber encontrado nada igual. “Los prismas cristalinos de medio metro como media cubren toda la cavidad (suelo, techo y paredes), que tiene forma de balón de rugby y un tamaño muy superior al de las mayores geodas que puedan conseguirse en algunas regiones de la Tierra, como el sur de Brasil, donde las geodas de cuarzo amatista pueden alcanzar el metro de diámetro”.

El esplendor de la geoda gigante ensombrece otros puntos de interés de la visita. Así, Fernández Amo destaca la geoda azul, que adquiere esa tonalidad a causa del estroncio, y que llegó a tener hasta 20 metros de desarrollo, pero de la que se conserva mucho menos ya que la explotación minera se la llevó por delante. Cabe recordar que de la Mina Rica, abierta desde mediados del siglo XIX hasta finales de la década de 1960, se extraía primero hierro y luego plata y plomo. De hecho, parte del atractivo reside en ver esas “catedrales subterráneas”, como las define el geólogo, que alcanzan hasta los 40 metros de altura, o la indumentaria de aquella época que todavía se conserva.

También es llamativa la abundancia de celestinas, una variedad mineral de sulfato de estroncio, baritas, químicamente sulfato de bario, y sideritas, carbonato de hierro del grupo de la calcita. Además, se conservan varias unidades de lapis specularis, piedras de yeso seleníticas tan transparentes que eran usadas como cristales en las ventanas de los palacios romanos.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / GERMÁN TEMPRANO GARCÍA .

Las huellas de un gusano de 550 millones de años enseñan cómo empezó la vida en movimiento

Fósiles de gusanos que vivieron antes de la explosión que dio lugar a todos los animales que conocemos hoy ayudan a reconstruir cómo empezaron a trasladarse

Cuando alguien se aleja de algo pierde nitidez. Pasa con las fotos de los amigos en las salidas nocturnas y sucede también con el estudio del pasado. Para saber qué ocurrió en las últimas elecciones estadounidenses se puede acudir a fuentes contemporáneas y directas casi infinitas, pero para revivir el reinado de Nerón hay que acudir a testimonios de unos pocos autores que escribieron décadas después de su muerte. En la reconstrucción de la historia de la vida en la Tierra, según se avanza en el tiempo profundo y se retroceden cientos de millones de años para acercarse al origen, las piezas para completar los rompecabezas son escasas, valiosas y a veces enigmáticas.

Este miércoles, un equipo de científicos chinos liderado por Shuhai Xiao, de la universidad Virginia Tech (EE UU), ha presentado varias de estas piezas de una etapa clave de la evolución de los animales. En un artículo publicado en la revista Nature, describen el hallazgo de varios fósiles de unos 550 millones de años, encontrados en la Formación Dengying, en la zona de las Gargantas del río Yangtsé, en el sur de China, de seres parecidos a gusanos, que tendrían simetría bilateral, asociados a rastros fosilizados que podrían ser suyos o de bichos similares. En el caso de uno de los fósiles, el vínculo entre el gusano y su rastro es claro, convirtiéndose así en uno de los ejemplos de locomoción más antiguos que se conocen.

El gusano vivió al final de una época en que los animales parecían alienígenas

El periodo en el que vivieron aquellos gusanos (se han encontrado 35 ejemplares) es el Ediacárico, un tiempo en el que, por lo que se sabe hasta ahora, aparecieron los primeros animales. Aunque eran animales muy extraños. Aún no tenían huesos ni caparazones, así que no podían dejar parte de sus cuerpos fosilizados. Lo que ha quedado para la posteridad son sus moldes conservados en la roca. Así  se conoce a los Dickinsonia, unos seres que vivieron hace alrededor de 560 millones de años, tenían un cuerpo simétrico y ovalado que se acercaba al metro y medio de largo y han dejado rastros que sugieren que podía moverse. Parece que se arrastraban por el suelo en busca de microbios de los que alimentarse, pero no tenían ni boca ni ano, planteando la posibilidad de que se alimentasen a través de la piel y fuesen en realidad seres unicelulares que crecieron sin medida en un mundo sin depredadores.

Como los Dickinsonia, los nuevos habitantes del Ediacárico que se acaban de conocer se arrastraban por el suelo del océano en busca de alimentos. Bautizados como Yilingia spiciformis, medían hasta 27 centímetros de largo y estaban divididos en unos 50 segmentos, algo que ofrece las primeras muestras de la capacidad para trasladarse que ofrecían los primeros cuerpos divididos. El hallazgo, según los autores, también ayuda a identificar a los animales responsables de la gran cantidad de rastros y madrigueras fosilizadas encontradas de aquel tiempo.

Diego García Bellido, un experto en fósiles de este periodo que trabaja en la Universidad de Adelaida (Australia), considera valioso el trabajo de Xiao y sus colegas, aunque cree que aún existen misterios por resolver. “Me extraña mucho que ninguno de los 35 ejemplares conserve ambos extremos del cuerpo y me hace pensar que aún no tenemos toda la información sobre este organismo”, señala García Bellido. Al investigador le extraña que en estos gusanos el cuerpo sea más ancho en la parte de atrás, al contrario de los que sucede entre los artrópodos (como las hormigas) o los anélidos (como las lombrices). En la parte de delante albergan los sentidos y los elementos con los que capturar los alimentos y dejan la zona anal para evacuar residuos. “Dicho esto, aunque solo tienen un ejemplar, la conexión entre el cuerpo y la traza parece genuina”, añade, aunque, puntualiza, esa traza no sea “tan elaborada como la que tenemos de Kimberela, considerado un protomolusco” que ya dejó constancia de su capacidad para trasladarse cuatro millones antes que los Yilingia spiciformis.

La nueva pieza que Xiao y su equipo aportan a este relato, en el que a veces entre un testigo y otro hay un abismo de millones de años, ayuda a entender cómo se gestó un momento clave en la evolución animal: la explosión del Cámbrico. Poco más de 10 millones de años después de que los gusanos encontrados en China dejasen sus rastros en el fondo del mar, los yacimientos de todo el mundo muestran un estallido creativo que dio lugar a un mundo que nos resultaría mucho más familiar que el de Ediacara.

Poco después del tiempo en que vivió este gusano se produjo una explosión que dio lugar a los modelos de animal que conocemos hoy

Prácticamente todos los diseños que hoy se reconocen en los animales actuales, incluidos los humanos aparecieron entonces. La capacidad para moverse se generaliza, surgen los esqueletos y las conchas, que producirían fósiles más abundantes y mucho más informativos que los de los cuerpos blandos de los seres anteriores, y la reproducción sexual aparece como una estrategia ganadora para buena parte de las especies que se ven sin microscopio. Antes de aquel momento, la mayoría de los animales tenían complexiones distintas a las conocidas actualmente. “Algunos tenían forma de fractal [objetos matemáticos cuya estructura aparentemente irregular se repite a diferentes escalas]”, y otros “se parecían a una galaxia en espiral con ocho brazos”, explicaba en EL PAÍS Jochen Brocks, investigador de la Universidad Nacional de Australia, el país que alberga el yacimiento que dio nombre al periodo Ediacárico.

Los biólogos no saben cómo relacionar aquellos animales, casi alienígenas, con los actuales, pero no tienen ese problema con los fósiles presentados este miércoles. El rastro de los Yilingia muestra el camino hacia unas estructuras que permitirían la movilidad dirigida o la caza como la entendemos hoy. Las características de este gusano “son las que encuentras en un grupo de animales [con simetría bilateral], un grupo que nos incluye a los humanos y a la mayoría de animales”, indica Xiao. En los fósiles de las Gargantas del Yangtsé se reconstruye también nuestra historia.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / DANIEL MEDIAVILLA .

La nueva vida del silbo gomero

El Gobierno canario impulsa la enseñanza en todas las islas de una tradición declarada patrimonio de la Humanidad (incluye dos vídeos)

El silbo fue, durante siglos, una forma de comunicarse en La Gomera entre pastores y gente de campo separados por los dramáticos barrancos de la isla canaria. Un lenguaje extraordinario que iba cayendo en desuso hasta que en 1999 empezó a impartirse oficialmente en colegios e institutos de la isla. Su llegada a las aulas contribuyó a revitalizar esta tradición. Y ahora, el Gobierno autonómico, de Coalición Canaria, ha propuesto que se enseñe también en los centros del resto del archipiélago que lo soliciten y tengan profesores acreditados.

Declarado patrimonio inmaterial de la humanidad por la Unesco en 2009, no hay consenso sobre el origen del silbo gomero. Muchos defienden que ya era utilizado antes de la conquista castellana del siglo XV por los pobladores guanches de La Gomera, basándose en los testimonios de los cronistas franceses Pierre Boutier y Jean Le Verrier que, a principios de ese siglo, escribieron que en la isla vivía gente que hablaba “el más extraño lenguaje de todas las regiones, pues habla con los bezos [labios] como si carecieran de lengua”.

El silbo gomero es un sistema fonológico sustitutivo de la lengua hablada. Con cuatro consonantes y dos vocales, el silbador es capaz de articular palabras y frases que utiliza en su lengua habitual, en este caso el español. Pero también podría silbar cualquier otro idioma. “Es un lenguaje muy interesante”, afirma Marcial Morera, catedrático de Filología Española de la Universidad de La Laguna. “Podría darse en cualquier curso de Lingüística General, porque manifiesta de manera muy clara cómo está organizada una lengua natural”.

Ajena al interés académico durante décadas, la publicación en 1978 del libro El silbo gomero. Análisis lingüístico, del lingüista Ramón Trujillo, trasladó a la ciencia una práctica estigmatizada por su carácter popular. “Cuando los niños iban a la escuela, el maestro les decía que no silbaran, que los delataba como maúros, como campesinos”, comenta Morera.

Pero fue precisamente en los pueblos donde se revitalizó el silbo. “Cuando llegué de la emigración, esta isla estaba desierta de sus valores por toda la gente que se había marchado entre los 40 y los 60”, comenta Isidro Ortiz, maestro silbador y premio Canarias 2009 de Cultura Popular junto a otro gran silbador, Lino Rodríguez. En 1988 empezó a dar clases de silbo a los niños de su pueblo, Chipude, fuera del horario lectivo. La noticia llegó a otros municipios, y las asociaciones de padres y madres empezaron a llamarlo para que enseñara en otros centros. “Yo le comenté al entonces consejero de Educación, Juan Manuel García Ramos, que el silbo se extinguiría si no entraba en la escuela”.

No hay un censo de silbadores, pero dos décadas después de su introducción en el sistema educativo de La Gomera, la situación ha mejorado enormemente. “Quién me habría dicho que llegaría a ver esto”, afirma emocionado Isidro Ortiz.

Hasta ahora se enseñaba en La Gomera en primaria y en los dos primeros cursos de secundaria durante la asignatura de Lengua Española y Literatura, media hora a la semana. Con la reforma actual, se amplía dos cursos. El presidente del Cabildo, Casimiro Curbelo, de la Agrupación Socialista Gomera —una escisión del PSOE—, considera “muy positivo” que se extienda su enseñanza a otras islas, pero pide “un esfuerzo por expandirlo a todos los centros” canarios sin necesidad de que lo pidan.

Hay experiencias pioneras exitosas, como la del colegio Acentejo de La Matanza, en Tenerife, liderada durante 15 años por el maestro, silbador y cantautor vasco Rogelio Botanz. Tan bien les ha ido, que algunos alumnos suyos han ganado el concurso anual de silbadores de La Gomera. “Pero hay que hacerlo sin prisas. La aproximación a un hecho lingüístico, o es por amor, o genera reacciones contrarias”, explica Botanz.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS. JORGE BERÁSTEGUI .

Los animales en extinción esperan hasta dos décadas a que se prohíba comerciar con ellos

Un tercio de las especies amenazadas ni siquiera están protegidas contra el tráfico internacional

Las especies amenazadas por los humanos tienen que esperar dos décadas a que las protejan del tráfico internacional. Un estudio con un millar de animales y plantas en peligro de extinción muestra además que un tercio ni siquiera están protegidas por la convención que obliga a los países a vigilar y combatir el comercio de la vida salvaje. En mucho menos tiempo algunas especies han sido llevadas al borde de la extinción.

Todo lo que la ciencia sabe sobre el estado de conservación de una especie acaba en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). El listado recoge la población que queda y su distribución geográfica. También incluye las amenazas que la acechan, desde la deforestación hasta los distintos apetitos humanos por su carne, pieles, cuernos… Por último, relata las medidas de conservación que se están tomando. Con todo ello, la Lista Roja cataloga la vida salvaje en siete estados, desde el de preocupación menor hasta el de extinta. A las amenazadas las clasifica como vulnerable, en peligro de extinción o en peligro crítico de extinción, según lo extrema que sea su situación.

Pero la Lista Roja avisa, no protege. De eso se encargan las legislaciones nacionales y, en especial, el Convenio sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre (CITES). Puesta en marcha en 1973 y a la que se han adherido casi todos los países del mundo, esta convención regula el tráfico de vida salvaje. Según el grado de amenaza en la que se encuentren, entran en uno de los tres apéndices de CITES . El Apéndice I, por ejemplo, prohíbe salvo rigurosas excepciones el tráfico de ejemplares de las especies más comprometidas. La prohibición afecta al ser vivo y a cualquier parte o derivado de él, desde pieles a pociones hechas con sus huesos. Operaciones como la desarrollada esta semana en Alicante, con la incautación de leones, rinocerontes y ejemplares de otras especies protegidas disecados, se realizan al amparo de CITES.

El problema es que la comunicación entre la Lista Roja y CITES no es todo lo fluida que debería. Casi un tercio de las especies que aparecen en la Lista Roja como amenazadas por la presión humana aún no están protegidas por CITES, según el estudio recién publicado en Science. El trabajo, con 958 especies incluidas en una de las tres categorías de amenaza de la UICN, muestra que el lapso medio entre esta catalogación y la protección contra el tráfico internacional es de 10,3 años. Pero en un centenar de ellas, el tiempo se alarga hasta los 15 años y en 58 especies llega a los 19 años.

“Pueden surgir nuevas tendencias en el comercio de vida salvaje en muy poco tiempo, con algunas especies pasando de ser comunes a casi la extinción”, advierte el profesor de la Universidad de Chicago (EE UU) y coautor de la investigación, Eyal Frank. El problema se repite en sentido contrario: 353 especies fueron incluidas antes en los apéndices de CITES que en la Lista Roja. De hecho, la UICN tarda una media de 19,8 años en catalogar una especie que ya está protegida por CITES.

Hay grandes mamíferos como el banteng que están en la Lista Roja de las amenazadas que no están protegidas contra el tráfico internacional

Es el caso del cálao de yelmo (Rhinoplax vigil), un ave que puede alcanzar los dos metros y que antes sobrevolaba todas las selvas del sureste asiático. Aunque aparece en el Apéndice I de CITES desde que en 1975 entrara en vigor este convenio vinculante, en 2012 no aparecía en la Lista Roja como amenazada (preocupación menor). Pero en 2015 ya fue catalogada como en peligro crítico de extinción.

“El cálao de yelmo tiene un casco grande y duro, como una joroba, sobre su pico y cabeza. Las aves [los machos] participan en justas aéreas durante la época de celo chocando unos contra otros”, comenta el ecólogo de la Universidad de Princeton (EE UU) y coautor del estudio David Wilcove. Esta joroba es la perdición del cálao. Compuesta de queratina, para los chinos es una especie de marfil rojo y se paga por el yelmo de un cálao hasta 3.000 dólares (unos 2.660 euros) en el mercado negro. “Los científicos piensan que esta ave está siendo cazada a un ritmo muy superior al que puede sostener su población”, añade Wilcove.

En la situación contraria se encuentra el banteng (Bos javanicus), una especie de bovino, también del sureste asiático. Apenas quedan entre 4.000 y 8.000 ejemplares y aparece como amenazado en la Lista Roja. Sin embargo, aún no cuenta con la protección de CITES contra el tráfico internacional. “No tenemos una explicación de porqué se tarda tanto. En nuestro trabajo describimos estas fricciones y retrasos pero, dada la falta de datos, no podemos comprobar las causas de unos retrasos tan prolongados”, lamenta Frank. Lo que sí hacen en sus conclusiones es proponer que se implante un proceso casi automático para votar las cuestiones relacionadas con el tráfico de especies amenazadas y que lo que se decida en la UICN se adopte en CITES y al revés.

Para el investigador Gerardo Ceballos, del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México, el trabajo destaca el desfase de años entre que una especie es considerada en riesgo de extinción y que sea incluida en los tratados internacionales de tráfico de especies. “En promedio más de 10 años. Esto evidentemente se convierte en un severo problema para la sobrevivencia de las especies”, comenta Ceballos, que no está relacionado con el estudio. Para él, la crisis de la pérdida de especies y poblaciones actual es de tal proporciones que ya la llaman la aniquilación de la naturaleza. “Las tasas de extinción actuales de vertebrados son hasta 100 veces más altas que las tasas en los dos últimos millones de años. Las especies que perdimos en 100 años deberían haberse perdido hasta en 10.000 años”, comenta el científico mexicano. Por ello cree urgente “mejorar los procedimientos para incluir a especies en CITES”.

El Secretariado de CITES ha tenido ocasión de leer el estudio. Tras recordar que la UICN y CITES son organismos muy diferentes, insiste en que hay una estrecha colaboración, hasta el punto de que la primera funciona como una de las principales asesorías técnicas de la segunda. Además, a finales de mayo se celebrará en Sri Lanka la 18 Conferencia de las Partes de CITES. “Y, entre otros muchos asuntos, se debatirá y decidirá sobre 57 propuestas para cambiar los listados de especies cuyo comercio internacional regula, algunas de ellas se refieren a las especies mencionadas por Frank y Wilcove en la revista Science“, dice la secretaria general de CITES, Ivonne Higuero. “Sin embargo, la mayor parte del tiempo de la Conferencia de las Partes se dedicará a abordar las formas en que el Convenio pueda implementarse y aplicarse de manera más efectiva sobre el terreno”, añade.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS. MIGUEL ÁNGEL CRIADO.

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