Archivos Mensuales: septiembre 2018

Las III Jornadas de Historia ofrecerán cuatro ponencias y visitas guiadas al Castillo y Puente Mayor de Aguilar

Se desarrollarán los días 26 y 27 de julio en el Espacio Cultural Cine Amor y tendrán como ponentes a Wifredo Román Ibáñez, Jaime Nuño González, Gonzalo Alcalde Crespo y Jesús Francisco Torres Martínez.

La Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Aguilar de Campoo organiza por tercer año las Jornadas de Historia de la villa galletera, que se desarrollarán los días 26 y 27 de julio en el Espacio Cultural Cine Amor de la localidad norteña.

Coordinadas por el técnico de la Biblioteca Municipal, Enrique Bravo, y por el historiador, Alberto Corada; las jornadas ofrecerán cuatro ponencias que darán inicio el jueves 26 de julio a las 17,45 horas con la intervención del historiador y periodista Wifredo Román Ibáñez, que hablará sobre el frente de la Guerra Civil en la villa galletera y en el norte de Palencia.

A las 18,30 horas, será el turno de Jaime Nuño, historiador de la Fundación Santa María la Real del Patrimonio Histórico, que en su intervención dará a conocer la historia del castillo aguilarense. Precisamente, será el encargado de guiar una visita por la fortaleza aguilarense a partir de las 19,30 horas.

Autor de varios libros y gran conocedor de la comarca, Gonzalo Alcalde Crespo será el encargado de abrir la jornada del viernes 27, a las 17,30 horas, con una ponencia titulada Más de 40 años investigando los entornos de Aguilar de Campoo.

El Doctor en Prehistoria y Arqueología y presidente del IMBEAC (Instituto Monte Bernorio de Estudios de la Antigüedad del Cantábrico), Jesús Francisco Torres Martínez (Kechu), cerrará el ciclo con una charla sobre las poblaciones desaparecidas de la montaña en la Prehistoria final.

Tras ello, se llevará a cabo -a las 19,15 horas- una visita guiada al puente mayor de Aguilar de Campoo de la mano de Juan José Gutiérrez González.

También se ofrecerá a los asistentes a las ponencias una cata del vino Castelo de Medina Verdejo Vendimia Seleccionada a cargo del director comercial de la entidad, Mariano de Juan Temiño, que colabora en la actividad.

Fuente : Vive Campoo / Aguilar de Campoo .

 

Se lanza una gran barrera flotante para limpiar el océano Pacífico de plástico

Dentro de nuestra particular campaña contra el plástico, o más bien, el mal uso que se hace de el, os dejamos este interesantísimo artículo,  video incluido, que ilustra muy bien como se empieza a combatir esta plaga medioambiental. ¡Apliquémonos el cuento! para combatirla en la medida de nuestra posibilidades.

  • El invento de la fundación Ocean Cleanup busca limpiar la gran ‘isla’ de basura situada entre California y Hawái
  • Tiene 600 metros de tubo flotante y una red de tela para captar los plásticos

La voz que explica el video lo hace en inglés, pero el grafismo es tan bueno,  pero tan bueno, que sin sin necesidad de traducirlo, se entiende a la perfección.

La fundación Ocean Cleanup ha desarrollado una tecnología que busca limpiar los plásticos de los océanos. Este sábado se someterá a prueba por primera vez, se lanzará una estructura flotante de 600 metros en la costa de San Francisco (Estados Unidos) con el objetivo de limpiar la gran ‘isla’ de basura entre California y Hawái.

Esta iniciativa del joven holandés Boyan Slat ha creado mucha expectativa y esperanzas dentro de la lucha contra el plástico. Actualmente, más de ocho millones de toneladas de plástico llegan cada año al mar, según un estudio de Naciones Unidas. Lo que equivale a verter al océano un camión de basura de plástico por minuto. Sigue leyendo Se lanza una gran barrera flotante para limpiar el océano Pacífico de plástico

Descubierta una muralla medieval con siete torreones en Talamanca

La Dirección General de Patrimonio califica el hallazgo como “el más importante de 2017” en la Comunidad de Madrid.

Trabajos para restaurar la muralla medieval del siglo XIII descubierta en Talamanca del Jarama; encima, el muro de La Cartuja (siglos XVII y XVIII). Santi Burgos

Durante más de un siglo, una joya medieval ha permanecido enterrada en Talamanca de Jarama. “No todos los días se encuentra una muralla del siglo XIII con siete torreones”, dice Paloma Sobrini, directora general de Patrimonio Cultural de la Comunidad, que promueve las obras. Sobrini califica el hallazo como “el más importante del año en cuanto a patrimonio” en la región. “Al estar bajo tierra se ha conservado en buen estado”, explica Juan de Dios de la Hoz, arquitecto director de los trabajos de restauración, que terminan la próxima semana. Más adelante se convertirá el entorno en un museo al aire libre.

En la actualidad, Talamanca de Jarama (3.900 habitantes) es un pequeño municipio situado unos 50 kilómetros al norte de la capital, pero en la Edad Media era un auténtico punto estratégico en las batallas entre cristianos y musulmanes. La primera muralla defensiva fue construida en el año 860 (siglo IX) por orden del emir cordobés Muhamad I, mientras que la segunda llegaría en el siglo X. “Estos recintos amurallados son concéntricos y fueron ampliándose”, señala Luis Serrano Muñoz, técnico y jefe de servicio de Patrimonio de la Comunidad. Más adelante, los cristianos conquistaron el enclave militar y realizaron su propia muralla (siglos XIII y XIV), que es la que se ha descubierto ahora.

Esta joya medieval ha permanecido durante años cubierta por toneladas de tierra bajo a la tapia de La Cartuja, un recinto levantado por la Orden de los Cartujos (siglos XVII y XVIII), que la utilizaban como granja agrícola. “Ha sido una auténtica sorpresa. Basándonos en los otros recintos amurallados, se podía intuir que aquí había restos de una muralla, pero lo que ha sido más novedoso ha sido encontrar los siete torreones. Además, las piedras conservan las juntas, el ladrillo y los sillares”, cuenta Juan de Dios de la Hoz, que ha dirigido las obras de restauración en las que la Comunidad ha invertido 50.000 euros.

El arquitecto, Premio de Cultura de la Comunidad 2017 en la categoría de Patrimonio Histórico, señala que los restos están “muy bien conservados” y que “superan la altura de tres metros en los lienzos y más de dos en los torreones”. Cada una de las torres dista 21 metros de la siguiente. “La torre de enmedio es la que estaba más completa, se le ha añadido únicamente un nivel, mientras que a las otras torres se le han añadido varios niveles”, añade. Se ha apostado por una restauración lo más fiel posible al original. “Lo que hemos hecho es una recuperación del volumen original usando para ello materiales y técnicas tradicionales: cal, arena y ladrillo, además de las piedras que hemos encontrado al desescombrar. Se puede diferenciar lo reconstruido de lo original, pero hay que fijarse”, apunta.

Vestigios visigodos

Además, han aparecido cuatro piezas visigodas ricamente talladas y distribuidas en varios puntos del interior de la muralla, que ahora se aprecian perfectamente. Según su hipótesis, quizá formasen parte de algún edificio anterior demolido y usado para la construcción del recinto defensivo. No se descarta que, en futuros trabajos, puedan aparecer más partes del muro o incluso más torreones. “Entre los siglos XI y XIII, Talamanca era más importante que Madrid”, dice el arquitecto.

Paloma Sobrini, directora general de Patrimonio Cultural del Gobierno regional, considera que esta muralla “es el hallazgo más importante del año en cuanto a patrimonio” en la Comunidad. “En la región quedan castillos, torres y restos medievales, pero un tramo tan grande de muralla con sus torreones es un descubrimiento muy destacado”, señala. En su opinión, “lo importante del patrimonio es localizarlo, conservarlo y luego difundirlo para que todo el mundo lo pueda disfrutar”.

Sobrini, que resalta el gran trabajo del arquitecto —“tiene una gran delicadeza y mucho cariño por el patrimonio”—, cuenta que los trabajos continuarán en 2018: “queremos finalizar la intervención para que se entienda bien la muralla, urbanizar la zona y musealizarla”, es decir, convertirla en un museo al aire libre que explique la historia del lugar mediante paneles explicativos y con una iluminación adecuada.

La directora de Patrimonio destaca que la colaboración con el Ayuntamiento de Talamanca del Jarama, que se encargó del primer desescombro, ha sido total. Marisa Escalante, concejala de Educación y Cultura de la localidad, coincide y apunta: “Cuando esté terminado el proyecto, nuestra intención es hacer un gran paseo que ponga en valor la muralla, para que se vea bien y la disfruten todos los vecinos, y para que vengan más visitantes a verla”. Además, los planes municipales contemplan que el paseo arranque en la muralla y continúe hasta desembocar en el puente romano de la localidad. “Va a ser un atractivo turístico de primer nivel para el pueblo”, aventura la concejala.

De ‘Águila Roja’ a un puente romano

Talamanca del Jarama es un municipio que cuenta con varios edificios de interés cultural. Los amantes de series de televisión como Águila Roja y El Ministerio del tiempo (ambas de TVE) o películas como El Capitán Alatriste reconocerán La Cartuja, un recinto de los siglos XVII y XVIII que se ha utilizado como escenario para rodajes. Además, la localidad acoge la iglesia de san Juan Bautista (del siglo XII) y la Bodega del Arrabal (del siglo XVIII).

“Talamanca tiene un conjunto de yacimientos muy importantes, que incluyen recintos amurallados islámicos y cristianos medievales, un puente romano y hasta un aeródromo republicano de la Guerra Civil”, explica Paloma Sobrini, directora general de Patrimonio.

FUENTE: DIARIO EL PAIS / MIGUEL ÁNGEL MEDINA .

Esta sí fue una auténtica revolución

En una época de cambio medioambiental, las miradas de los expertos se vuelcan en el Neolítico, el periodo en el que la humanidad vivió su transformación más radical.

El Neolítico es el periodo más importante de la historia y uno de los más desconocidos por el gran público. Con la adopción de la ganadería y la agricultura se crearon las primeras ciudades, nació la aristocracia, la división de poderes, la guerra, la propiedad, la escritura, el crecimiento de población… Surgieron, en pocas palabras, los pilares del mundo en el que vivimos. Las sociedades actuales son sus herederas directas: nunca ha tenido tanto sentido hablar de revolución porque dio lugar a un mundo totalmente nuevo. Y tal vez fue también el momento en el que empezaron los problemas de la humanidad, no las soluciones.

Sopesar si fue una desgracia o una suerte algo que ocurrió hace 10.000 años y que no podemos revertir puede resultar absurdo, pero es importante tratar de conocer cómo se produjo aquel paso y saber si mejoró la vida de las poblaciones. El motivo es que fue entonces cuando la humanidad comenzó a transformar el medio ambiente para adaptarlo a sus necesidades, y cuando la población de la tierra empezó a crecer exponencialmente, un proceso que no ha hecho más que acelerarse desde entonces. Los estudios sobre el Neolítico se han multiplicado en los últimos tiempos y no es casual: hoy vivimos el paso a una nueva era geológica, desde el Holoceno hasta el Antropoceno, un cambio planetario inmenso. De hecho, algunos estudiosos consideran que este salto arrancó en el Neolítico.

“El crecimiento demográfico constante, que se encuentra todavía fuera de control, provocó concentraciones humanas, tensiones sociales, guerras, crecientes desigualdades”, escribe el arqueólogo francés Jean-Paul Demoule, profesor emérito de la Universidad París I-Sorbona en su reciente ensayo Les dix millénaires oubliés qui ont fait l’histoire. Quand on inventa l’agriculture, la guerra et les chefs (Fayard, 2017) [Los diez milenios olvidados que hicieron historia. Cuando inventamos la agricultura, la guerra y los jefes]. “Creo que es la única verdadera revolución de la historia de la humanidad”, explica por teléfono. “La revolución digital que estamos viviendo actualmente no es más que una consecuencia a largo plazo de aquella. Pero curiosamente es la que menos se enseña en la escuela. Arrancamos con las grandes civilizaciones, como si fuesen obvias, pero es muy importante preguntarse por qué hemos llegado hasta aquí, por qué tenemos gobernantes, ejércitos, burocracia. Creo que en nuestro inconsciente no queremos hacernos esas preguntas”.

El capítulo que el ensayista israelí Yuval Noah Harari dedica al Neolítico en su célebre libro Homo Sapiens. De animales a dioses (Debate, 2014), uno de los ensayos más leídos de los últimos años, se titula ‘El mayor fraude de la historia’. “En lugar de anunciar una nueva era de vida fácil, la revolución agrícola dejó a los agricultores con una vida por lo general más difícil y menos satisfactoria que la de los cazadores-recolectores”, escribe Harari. El antropólogo de la Universidad estadounidense de Yale James C. Scott, profesor de estudios agrícolas, se pronuncia en un sentido parecido: “Podemos decir sin problemas que vivíamos mejor como cazadores-recolectores. Hemos estudiado cuerpos de zonas donde se estaba introduciendo el Neolítico y encontramos signos de estrés nutricional en agricultores que no hallamos en cazadores-recolectores. Es incluso peor en las mujeres, donde hemos identificado una clara falta de hierro. La dieta anterior era sin duda más nutritiva. También encontramos muchas enfermedades que no existían hasta que los humanos vivieron más concentrados y con los animales. Además, siempre que se han producido asentamientos de poblaciones han estallado guerras”.

Scott se dio cuenta de que todas las ideas que tenía sobre el Neolítico estaban equivocadas mientras preparaba un curso sobre la domesticación de las plantas y los animales. “Pasé tres años estudiando todo lo que se había publicado, tratando de entender lo que había ocurrido realmente”, explica por teléfono desde su despacho. Así escribió Against the Grain: A Deep History of the Earliest States (Yale University Press, 2017) [Contra las semillas: una historia en profundidad de los primeros Estados], un libro que ha tenido un gran impacto en el mundo anglosajón. “La versión que contamos en los colegios del Neolítico, de que aprendimos a domesticar las plantas y entonces creamos las ciudades y se acabó el hambre es falsa”, asegura Scott.

Los habitantes de las sociedades agrícolas sufrían más estrés nutricional que los cazadores

Su lectura de aquel periodo es la más revolucionaria y no todos los estudiosos coinciden con su interpretación, pero sí podemos hablar de un replanteamiento general de aquellos milenios, provocado entre otros motivos porque el estudio del ADN antiguo ha permitido conocer las poblaciones del pasado como nunca hasta ahora. En su ensayo, Scott sostiene que ya se utilizaba la agricultura o la irrigación antes del nacimiento de los Estados, y que diferentes catástrofes, como las epidemias o la deforestación y la salinización del suelo, hicieron que el Neolítico fuese un proceso de ida y vuelta, y que sociedades agrícolas diesen marcha atrás para volver a ser cazadores-recolectores. “Durante 5.000 años pasaban de un estado a otro dependiendo de las condiciones climáticas. Hubo mucha fluidez entre estas dos formas de vida”, señala.

Preguntado sobre si esto esconde lecciones para el presente, el profesor asegura que es una cuestión que le plantean todo el rato, pero que no quiere “ser un profeta”. Como lector resulta muy difícil abstraerse de esa tentación: la idea de que el avance de la humanidad puede ser reversible si jugamos a los aprendices de brujo, al poner en marcha procesos que no somos capaces de controlar, resulta muy inquietante. Sobre todo porque vivimos un momento en el que estamos rodeados de fenómenos (desde los plásticos en el mar hasta los avances en inteligencia artificial o el calentamiento global) cuyas consecuencias a largo plazo apenas empezamos a vislumbrar. Tampoco podían hacerse una idea de la que se les venía encima aquellas primeras poblaciones que dejaron el nomadismo para asentarse y vivir de la agricultura y la ganadería.

Otros libros publicados recientemente que ponen en cuestión algunas verdades adquiridas sobre el neolítico son La forja genética de Europa. Una nueva visión del pasado de las poblaciones humanas (Universitat de Barcelona Edicions, 2018), del genetista español Carles Lalueza-Fox, profesor de investigación en el Instituto de Biología Evolutiva (CSIC-UPF), y Les chemins de la protohistoire. Quand l’Occident s’éveillait (Odile Jacob, 2017) [Los caminos de la protohistoria. Cuando Occidente se despertaba], de Jean Guilaine, que a sus 81 años es un referente de los estudios de la prehistoria en Europa y que actualmente es profesor emérito del Collège de France. “El Neolítico nos ha dejado un mensaje claro: un entorno natural transformado y bien regulado puede alimentar un gran número de bocas”, explica Guilaine. “Pero este mensaje sublime ha sido también pervertido por el hombre, ávido de dominar a sus semejantes: explotación irracional del medio, acumulación de semillas, desigualdades sociales, espíritu de supremacía sobre los más débiles. La esperanza de una sociedad en armonía con la nueva economía fracasó por el rechazo a compartir”.

Los historiadores siguen buscando respuestas a muchas preguntas; la primera de ellas consiste en saber por qué se inventó la agricultura si nos alimentábamos mejor cuando éramos cazadores-recolectores. Lo que está claro es que coincidió con un periodo de calentamiento global del planeta tras la última glaciación, hace unos 10.000 años, y que se trató de un proceso gradual que se dio en diferentes puntos a la vez y que desembocaría en algunos lugares, como Europa, en el florecimiento de civilizaciones como la etrusca o la romana. A la introducción de la agricultura y la ganadería siguieron el trabajo con los metales, la fundación de ciudades, el surgimiento de aristocracias… “El Neolítico es la gran revolución que inaugura nuestro mundo histórico”, asegura Guilaine. “Es un periodo sobre el que tenemos muchos datos, pero que se explica mucho peor que otros momentos. Nos gusta más enseñar los orígenes del hombre, porque plantea problemas filosóficos, o las civilizaciones de la antigüedad, consideradas brillantes a causa de sus logros arquitectónicos. Podemos encontrar impresionantes las pirámides o el Partenón, ¿pero qué representan si los comparamos con el paso de toda la humanidad a la agricultura?”.

Ya casi nadie cree que hubiese una única revolución neolítica que estalló en Oriente Próximo con la domesticación del trigo y que de ahí se propagó a todo el planeta. La idea más extendida es que hubo varios puntos de partida más o menos simultáneos, en China con el arroz o en América con el maíz. En cambio, sí existe la certeza, gracias a la genética, de que a Europa llegó a través de migraciones de los primeros campesinos, en un momento de grandes movimientos de población.

Vaso campaniforme encontrado en Sabadell, del Neolítico. Phas UIG GETTY

Vaso campaniforme encontrado en Sabadell, del Neolítico. Phas / UIG / GETTY

“Si algo es el Neolítico es un movimiento de personas desde Oriente Próximo, porque es un tipo de economía que provocó un crecimiento demográfico que hasta entonces no existía”, señala Carles Lalueza-Fox, cuyo libro recoge décadas de avances en las investigaciones genéticas. Estas técnicas “han supuesto un cambio revolucionario”, explica, “porque ahora estamos en disposición de estudiar el genoma de los protagonistas de los acontecimientos del pasado. Cuando nos interrogamos si un horizonte cultural u otro implicó migraciones de personas o movimientos de ideas, ahora podemos preguntarles directamente a las personas que vivieron dichos procesos”.

Eva Fernández-Domínguez, profesora asociada del Departamento de Arqueología de la Universidad de Durham (Reino Unido), donde dirige el laboratorio de ADN arqueológico, y experta en el proceso de transición al Neolítico en la península Ibérica y Oriente Próximo, explica así los nuevos caminos que ha abierto el estudio de ADN antiguo: “A través de la arqueología podemos saber si las poblaciones eran cazadoras-recolectoras o agrícolas-ganaderas, mediante el estudio de los restos arqueozoológicos y arqueobotánicos del yacimiento, de la tipología lítica (técnica y estilo de fabricación de herramientas), del tipo de asentamiento. Sin embargo, estas técnicas no poseen la suficiente resolución para decirnos cómo se ha producido el proceso de transición; es decir, si grupos locales de cazadores-recolectores aprendieron a cultivar o si la agricultura ha sido llevada por inmigrantes desde otras regiones, y si dichos inmigrantes sustituyeron completamente a la población autóctona o se mezclaron con ella y en qué proporción. Este tipo de información es únicamente accesible a través de la genética. Gracias a las nuevas técnicas de secuenciación masiva, poseemos hoy día una buena representación de la información genética de los individuos involucrados en el proceso de transición al Neolítico”.

Un caso apasionante que ilustra cómo se fue asentando el Neolítico es el de la cerámica campaniforme, que se expandió por gran parte de Europa durante la Edad del Bronce, hace unos 4.900 años. A partir de la península Ibérica, concretamente del estuario del Tajo, alcanzó el norte y el este de Europa, las islas Británicas, pero también Sicilia y Cerdeña. Además de en Portugal y España, esta cerámica, que no se asocia a un uso cotidiano, sino ritual, ha aparecido en Francia, Italia, Reino Unido (incluyendo Escocia), Irlanda, Holanda, Alemania, Austria, República Checa, Eslovaquia, Polonia, Dinamarca, Hungría y Rumania. “Su escala geográfica no tiene precedentes en el continente hasta la llegada de la Unión Europea”, escribe Lalueza-Fox en su ensayo. Salvando todas las distancias, su alcance geográfico se podría comparar con el de un Ikea del final de la prehistoria.

Durante décadas existían dos teorías enfrentadas: la cerámica había llegado con poblaciones que migraban o había existido algún tipo de transmisión oral. A lo largo del año 2016, los equipos del Instituto de Biología Evolutiva del CSIC, junto a los de Wolfgang Haak, del Instituto Max Planck, y David Reich, que dirige en Harvard un laboratorio genético y que acaba de publicar el ensayo Who We Are and How We Got Here: Ancient DNA and the New Science of the Human Past (Pantheon, 2018) [Quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí: el ADN y la nueva ciencia del pasado humano], analizaron muestras de individuos que pertenecieron a esta cultura, recogidas por todo el continente. “Descubrimos que no estaba asociado a movimientos de genes y, por tanto, de personas, sino que se trataba del primer ejemplo de difusión masiva de ideas”, explica Lalueza-Fox. Posteriormente sí se produjo un movimiento masivo de población hacia las islas Británicas, que llevó esa cultura y que, de hecho, reemplazó a las poblaciones que existían entonces.

El Neolítico arrancó hace unos 10.000 años, en un periodo de calentamiento global

Ese periodo es especialmente importante porque es a partir de ese momento cuando comienzan a aparecer signos arqueológicos claros de la existencia de una aristocracia y, por tanto, de desigualdades sociales. “Es un momento crítico de cambio social, caracterizado por la emergencia de una clase aristocrática guerrera que perdura más allá de la propia cultura”, escribe el investigador catalán en su ensayo.

Ni la genética ni la arqueología han logrado todavía desvelar todos los misterios cruciales que oculta ese periodo. También llegó entonces a Europa el indoeuropeo, del que derivan lenguas que habla la mitad de la población del mundo, un proceso sobre el que todavía existe un intenso debate. La única certeza es que aquella revolución remota lo cambió todo y que todavía no ha acabado.

Las lecciones que oculta pueden ser muy útiles para un presente en el que la humanidad está llevando la naturaleza y sus recursos al límite de sus posibilidades.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / GUILLERMO ALTARES .

Taracea… ¿Qué es la taracea?

Antes de nada os dejamos una definición de taracea: Técnica ornamental que consiste en la incrustación de pequeños trozos de madera, nácar, hueso u otros materiales en un objeto de madera. Para nosotros era la primera vez que oíamos este nombre (siempre aprendiendo).

Hace un tiempo estuvimos con Fernando de la Hera Martín, artesano de la taracea en Sedano (Burgos), es el único artesano en Burgos que tiene el carnet acreditativo para esta técnica.

Pregunta: ¿Cómo aprendes la taracea? ¿Quién te la enseña?

Respuesta: Cuando empecé a trabajar a los dieciséis años, tenía tres jefes, comencé como ebanista, uno de ellos me enseñó, y justo al comenzar a trabajar y construí una casita (lineal) mediante dibujo geométrico.

P: ¿Cómo se gesta una de tus obras?

R: Primero pienso en algo que me va a gustar ver representado, consigo una fotografía o varias las uno para sacar la idea y comienzo a hacerlo, o por el contrario, quito algún elemento que aparece que no me guste para no incluirlo en la obra.

La imagen resultante de las fotografías las coloco sobre un trozo de  chapa o lámina de madera, pongo cinta de carrocero por detrás para sujetarla a modo de refuerzo, y calco el boceto que voy a hacer. La cinta de carrocero se utiliza para que a la hora de cortar la silueta (de la figura) no se astille.

Esta técnica añade un punto de dificultad, ya que implica que en la preparación de la obra se trabaja con lo que Fernando llama la “contra”, es decir, se comienza por la parte de atrás de lo que finalmente quedará reflejado.

P: ¿Por lo que vemos Fernando, se asemeja bastante a un puzle?

R: Exacto, realmente es un puzle, tanto al crearlo, como al ir añadiendo las sucesivas capas hasta llegar al resultado final.

Antes se hacían los muebles, yo también los hacía, lo que también me sirvió para ir mejorando la técnica de la taracea, posteriormente fui viendo muestras de muebles italianos y franceses, que tienen incrustaciones… muebles de mucha dificultad a la hora de hacerlos

P: ¿Vendes tu obras?

R: En principio no, tengo la casa casi llena pero en principio las hago para mi disfrute.

P: ¿Tienes idea de enseñar tu técnica?

R: Sí, ya que hay mucha gente que no conoce la taracea.

P: ¿Qué tipos de madera utilizas?

R: De todas clases, abedul, fresno, olivo, chopo…maderas guineanas, de China, que normalmente las pido por Internet, aquí en España hay muy pocas de las que utilizo con más frecuencia.

Las que más me gustan últimamente son las de raíz, ya que se pueden hacer maravillas con ellas, dan mucho juego.

P: ¿Fernando las obras que vemos de colores están pintadas?

R: No, están tintadas, si bien hay algunas maderas que ya de natural tienen su propio color, por ejemplo el tilo verde

GALERÍA DE IMÁGENES

P: ¿Los tonos los vas sacando de las maderas tintadas o de maderas con su color natural?

R: Efectivamente, si bien lo más habitual es utilizar maderas con su propio color natural, aprovecho también la veta, el nudo…

P: ¿Qué te lleva a hacer una taracea, imaginamos que irá en función de su dificultad?

R: En el supuesto de echar ocho horas diarias, que no se pueden echar, de treinta a cuarenta días, es decir, entorno a las 240 horas mínimo. Obviamente cuando un cuadro tiene piezas grandes lo acabo antes, ya que son menos las piezas a encajar.

P: ¿Cómo consigues el tono, por ejemplo, para el interior de las flores de este cuadro?

R: Recorto la piececita, la meto en arena caliente, se tuesta, coge el tono oscuro y la vuelvo a colocar.

Este cuadro tiene diversas pequeñas técnicas en sí mismo: tostar la madera, utilización de partes de raíces para que determinados trozos parezcan cuero, y distintos tonos de madera, que aumenta su dificultad.

La terminación de las obras la hago dando una capa de barniz al agua, no se pueden utilizar barnices que tengan diluyentes, ya que hay maderas que los absorben y se estropea la obra, también se podría utilizar una cera.

La cera tiene el problema de que si se hace un rayón, no se puede dar barniz, para solucionarlo se da agua caliente y hace que la capa (rayada más interior) aflore a nivel de las otras.

Poco a poco nos vamos alejando, mientras Fernando sigue concentrado en la creación de su última taracea.

FUENTE: CONCEJALÍA DE CULTURA DEL VALLE DE SEDANO y CENTRO CULTURAL DE VALDERREDIBLE. TEXTO Y FOTOGRAFÍAS: JORGE MURILLO.

El ‘Rodríguez de la Fuente’ de Yosemite

John Muir, el naturalista que luchó por la protección del parque californiano, inculcó, con textos como los que ahora se reeditan, el placer de disfrutar la belleza del medioambiente.

¿Por qué razón hemos de conservar la naturaleza? Habrá quien diga, simplemente, que porque lo manda la ley o es la costumbre, en tanto otros manifestarán motivos más profundos e íntimos. No faltará quien utilice argumentos éticos. Y muchos, seguramente, responderán que necesitamos los recursos naturales y debemos usarlos con prudencia. A título personal, cualquiera de esas explicaciones es más que suficiente, y mejor aún la mezcla de todas ellas.

Las cosas cambian, sin embargo, al trasladarnos al mundo social o político. Cuando se trata de condicionar a otros, hay que dotarse de argumentos contundentes. Simplificando las cosas, podemos agrupar los fundamentos para cuidar de la naturaleza en dos grandes bloques. Para unos, el valor del medio natural es intrínseco, trasciende a su utilidad, mientras que para los otros es al contrario. Ambos defienden la necesidad de conservar el ambiente, pero los primeros entienden por ello básicamente preservar espacios libres de la influencia humana (por ejemplo, los parques nacionales), en tanto los segundos se refieren a conservar los recursos naturales usándolos comedidamente (por ejemplo, las pesquerías).

Por este motivo, históricamente se llamó a los unos preservacionistas y a los otros conservacionistas. Y la persona a la que indefectiblemente aluden todos los textos cuando mencionan la preservación de la naturaleza es ­John Muir. Con su escritura luminosa y vívida, Muir convenció a centenares de miles de americanos de que merecía la pena mantener espacios naturales libres de explotación a cambio de la belleza, la paz interior y el vigor espiritual que podían obtenerse visitándolos.

Alto, delgado y con luengas barbas cuando adulto, John Muir nació en Dunbar (Escocia) en 1838, pero con 11 años emigró acompañando a su familia a Estados Unidos. Su padre compró unas tierras en Wisconsin y levantó una granja donde obligaba a sus hijos a trabajar de sol a sol. John consideró esa fase su “bautismo en el cálido corazón de la naturaleza” y poco a poco se convirtió en un detallado observador de la vida en derredor.

Con su escritura luminosa y vívida, Muir convenció a centenares de miles de americanos de que merecía la pena mantener espacios naturales libres de explotación.

En 1867 un accidente laboral estuvo a punto de costarle la vista. Sus viejos sueños de exploración parecían esfumarse, aunque sorprendentemente logró recuperarse. Quería encontrar el rastro de Humboldt en la Amazonía, y seis meses después iniciaba un viaje a pie de más de 1.000 millas desde Indianápolis a Florida para embarcar hacia Sudamérica. Según cuenta Andrea Wulf, apenas comenzó a andar, ligero de equipaje, se detuvo un momento para anotar en la primera página de su cuaderno de viaje: “John Muir, planeta Tierra, universo”.

En Florida, enfermó de malaria y pensando en un lugar donde establecerse con un clima más benigno, escogió California. Casi con 30 años, en marzo de 1868, llegó a San Francisco, ciudad que le disgustó profundamente. Apenas aguantó una noche. A pie, se alejó del mar rumbo a las montañas, hasta establecerse en la zona baja de la Sierra Nevada. En los meses y años siguientes escaló montañas, acampó donde le venía bien, se regaló con tormentas y huracanes. Pero simultáneamente se dedicó a la observación de las flores y los escarabajos, o se entretuvo con los ciervos. Nada para él carecía de interés, desde los más grandiosos monumentos geológicos a las más modestas criaturas.

Durante algún tiempo ocupó una cabaña de madera que él mismo había construido. Escribía cartas y llevaba un diario cuajado de anotaciones y dibujos, hasta que en 1874 comenzó a redactar artículos para los periódicos, convirtiéndose pronto en un escritor de éxito. Sus textos pretendían que la gente admirara los grandes espacios abiertos, pero derivaron después hacia el activismo. Leyéndolos, miles y miles de americanos se sentían transportados a las montañas, acariciados por su viento, purificados por las cascadas, a la vez que constataban que aquellas maravillas podían desaparecer.

Pasado un tiempo, inició una campaña para asegurar la conservación de Yosemite. Reclamaba para la Sierra el estatus de parque nacional

Pasado un tiempo, Muir inició una campaña para asegurar la conservación de Yosemite. Reclamaba para la Sierra el estatus de parque nacional como el creado en Yellowstone en 1872, algo que sucedió finalmente en octubre de 1890. En 1892 creó el Sierra Club, una asociación protectora de la naturaleza, con el ánimo, dijo, de “contentar a las montañas”. En 1901 publicó el libro Nuestros parques nacionales y, tras leerlo, el entonces presidente Roosevelt le escribió solicitando que le guiara en una visita a Yosemite, que tuvo lugar en mayo de 1903. Se fotografiaron juntos en Glacier Point y acamparon entre secuoyas, sobre la nieve y bajo la enorme pared vertical de El Capitán. Alguien ha escrito que aquella acampada “cambió América”. Hasta el final de sus días, John Muir trabajó por la naturaleza y viajó por el mundo. Falleció en Los Ángeles el día de Nochebuena de 1914.

En la historia de las ideas sobre la conservación de la naturaleza Muir ha sido catalogado como adalid de una línea “romántico-trascendental”, pues sin duda la importancia de lo inmaterial en sus textos fue muy notable. De hecho, probablemente una de las claves de su éxito fue invocar ante sus lectores la perfección de la obra de Dios, reflejada en la naturaleza virgen. Desde mediados del siglo XIX los inmigrantes norteamericanos se consideraban un pueblo elegido que debía “implementar el reino del cielo en la tierra”. La colonización del oeste, sin embargo, mostró que estaban destruyendo la naturaleza.

Algunas cosas que he leído sobre él me han recordado, con las debidas distancias, a Rodríguez de la Fuente y su capacidad para impactar en la sociedad española del último tercio del siglo XX

George Perkins Marsh, en su notable libro Man and Nature (1864), subrayó el profundo efecto de las actividades humanas sobre el ambiente. En el este, escritores “trascendentalistas” como Ralph Waldo Emerson y sobre todo Henry David Thoreau, defendían la necesidad espiritual de mantener el contacto con la naturaleza prístina. John Muir supo popularizar los puntos de vista de estos autores, a los que leyó tras su primer verano en Yosemite. Si el Romanticismo había puesto el énfasis en el misterio vivo de la naturaleza, Muir trasladó a sus compatriotas que Dios estaba detrás de tal misterio, que debía preservarse.

Algunas cosas que he leído sobre él me han recordado, con las debidas distancias, a Rodríguez de la Fuente y su capacidad para impactar en la sociedad española del último tercio del siglo XX. Muir (y también Félix) fue un activista de la conservación, pero más porque convencía a sus lectores de que la naturaleza era hermosa e imprescindible que porque directamente hiciera llamamientos a cuidarla.

John Muir publicó a lo largo de su vida una docena de libros y más de 300 artículos. Combinando una gran expresividad y un evidente talento literario con frecuentes apelaciones a lo sobrenatural y al valor del individuo, logró generar un poderoso sentimiento nacional de respeto hacia la naturaleza virgen, transformado en una decidida vocación por la creación de santuarios protegidos. Lean su Cuaderno de montaña, merece la pena.

Miguel Delibes de Castro, profesor ‘ad honorem’ del CSIC y miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, es autor del prólogo de ‘Cuaderno de montaña’ (Volcano), una selección de los textos del naturalista escocés John Muir.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / MIGUEL DELIBES DE CASTRO .

El último hablante de chaná, una lengua que se creía extinguida desde hace un siglo

¿Y a cuento de qué un artículo sobre una etnia y un lenguaje casi desaparecidos?, primero porque es cultura, no nuestra en este caso, y segundo porque ya esas personas tenían claro el respeto hacia la mujer, cuando el protagonista de la historia habla de los valores de su pueblo prácticamente extinguido. Una lección más a aprender.

El documental ‘Lantéc chaná’ rescata la memoria de un grupo étnico que vivió en el litoral argentino a través del testimonio de Blas Jaime.

El argentino Blas Jaime atesora en su cabeza un idioma indígena que se consideró extinguido durante más de 100 años, el chaná. Se lo enseñó su madre, quien lo había aprendido de su abuela, que a su vez lo heredó de la bisabuela, en una cadena de transmisión oral secreta que se remonta a siglos atrás, cuando comenzaron a ser perseguidos por los colonizadores españoles y evangelizados a la fuerza, en las orillas del río Uruguay. “Los nombres aborígenes fueron prohibidos (…) Y a las niñas que hablaban chaná les cortaban la punta de la lengua“, recuerda Jaime en el documental Lantéc chaná, filmado por la directora argentina Marina Zeising.

Este expredicador mormón de 71 años no enseñó el idioma a su hija y renegó de él durante décadas. Su vida cambió cuando en una conversación casual mencionó que hablaba chaná y la noticia llegó a oídos del investigador Pedro Viegas Barros. “Los chanás no existen”, fue la primera respuesta de Viegas. Escéptico, se trasladó de Buenos Aires a Paraná para verle. Y allí comprobó que el vocabulario que Jaime había retenido durante noches de enseñanza materna correspondía con el único testimonio escrito de la lengua de su etnia, el Compendio del idioma de la nación chaná, escrito por Dámaso Larrañaga en 1823 a partir de entrevistas a ancianos de esta tribu, que durante siglos vivió de la pesca y de lo que le proveían los ríos.

“Timú” le dice el chaná al hijo. “Atá” es el agua, “ata má” es el río, y “vanatí ata ma” los hijos del río, los arroyos. “Beada” -la palabra favorita de Jaime- significa madre y “beada á”, la Tierra. El árbol es el hijo de la Tierra, “vanatí beada”, y sus ramas se denominan “palá”.

Viegas escuchó esas palabras de Jaime por primera vez en 2005. Desde ese momento, ambos se embarcaron en una odisea para reconstruir la lengua y la cultura chaná e intentar que no desaparezca. En 2010 el idioma fue incluido en el Atlas de lenguas del mundo en peligro de la Unesco y en 2014 publicaron el primer Diccionario Chaná-Español Español-Chaná. La cinta de Zeising es un nuevo testimonio de la recuperación de la memoria de uno de los pueblos indígenas que habitaron el extremo sur del continente americano.

“El día que (mi hija) Evangelina se haga cargo de transmitir el chaná, yo preferiría volver a la Iglesia”, dice Jaime a EL PAÍS tras la proyección del documental, recién estrenado en Argentina. Entrecierra sus ojos oscuros, se apoya en su bastón y en voz baja lamenta no haberle enseñado la lengua de niña. Cuando más tarde quiso hacerlo, su hija se negó. “Me dijo que no quería ser india, que la iban a maltratar e insultar”, recuerda. El sentimiento es común en numerosos descendientes de indígenas en Argentina, un país que no reconoció los derechos de los pueblos originarios hasta 1994. Evangelina cambió de opinión al ser madre. Comenzó a estudiar chaná y ahora ayuda a su padre a dar clases a alumnos que quieren aprenderlo.

A Jaime le gustaría que además de conocer su lengua, los argentinos adoptasen algunos de los valores de sus antepasados. “El principal es el respeto a la mujer”, subraya, al recordar que el pueblo chaná era un matriarcado, en el que eran las mujeres las responsables de impartir justicia y de transmitir la cultura de madres a hijas. “También el respeto a los niños y a la madre naturaleza. Los chanás creemos que es un ser vivo y que su sangre son los ríos y los arroyos”, continúa. La difusión de un pedazo de la historia de Argentina le ha quitado soledad a los últimos años de su vida y le emociona hasta las lágrimas la esperanza de que su lengua le sobrevivirá.

FUENTE: diario El País / Mar Centenera .

 

El ‘Nautilus’ vuelve a Galicia: el fabuloso tesoro sumergido en la ría de Vigo

La ciudad gallega celebra su vinculación con el autor francés y con su obra ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’, que sitúa en la ría viguesa un capítulo crucial.

En 1868 el ‘Nautilus’ alcanzó la ría de Vigo, se sumergió en sus profundidades y –ojo al spoiler– extrajo de sus tesoros toda la riqueza que el capitán Nemo precisaba para financiar sus excéntricas aventuras. Quedó una frase para el recuerdo: “Pues bien, señor Aronnax, estamos en la bahía de Vigo, y solo de usted depende que pueda conocer sus secretos”. Y la entonces pequeña ciudad gallega, ajena todavía al crecimiento que en el siglo XX la convertiría en la mayor de Galicia, pasó a formar parte de una de las obras literarias más leídas de todos los tiempos. Fue el 18 de febrero de aquel año, hace exactamente 150, un aniversario que Vigo no ha querido pasar por alto, y que ha celebrado en un ambiente de creciente recuperación de la vinculación de Jules Verne con la ciudad.

Un encuentro internacional atrajo estos días a algunos de los principales expertos en Verne del mundo, llegados de Nantes, París, Turín Valencia o Barcelona. Entre ellos, el mayor coleccionista del universo verniano, el noble italiano Piero Gondollo della Riva. Fue gracias a él, y al contacto que estableció en 2013 de forma poco menos que casual con el periodista vigués Eduardo Rolland, como se pudieron desentrañar las incógnitas de otro hito de la conexión Vigo-Verne que en 2018 está de aniversario: la primera visita, hace 140 años, del escritor de Nantes a la ciudad, que quedó perfectamente documentada en un diario de Verne que permaneció inédito hasta el feliz encuentro entre Della Riva y Rolland.

Mucho se habló durante los días que duró el encuentro internacional ‘De Verne a Vigo’ de los motivos que llevaron al autor a situar en la ciudad y su ría, que aún no había visitado, un capítulo tan crucial de su novela. De alguna manera, Verne necesitaba una explicación literaria de la inconmensurable fortuna del famoso capitán, y si de fortunas se trata, pocos acontecimientos históricos como el de la batalla de Rande de 1702, conocida en muchos países como la batalla de Vigo, en la que desapareció el mayor tesoro que haya cruzado jamás el océano Atlántico.

Tesoros bajo el mar

La batalla de Rande se libró en el interior de la ría viguesa y enfrentó a las escuadras de las coaliciones anglo-holandesa e hispano-francesa, en el contexto de la Guerra de Sucesión Española. La flota de Indias estuvo bloqueada en La Habana y en Tierra Firme durante años, acumulando riquezas que debían servir para financiar la contienda. Tal era la fortuna a bordo que incluso se tiraron las bombas de los cañones para sustituirlas por grandes esferas de plata que se pintaban luego de negro, para traer más metales preciosos de estraperlo. La leyenda dice que parte de aquellos tesoros se encuentra aún hoy bajo el mar entre los pecios, aunque la realidad dicta que los galeones fueron convenientemente saqueados antes de que la flota al mando de sir George Rooke los enviase al fondo de la ría.

Pues bien, señor Aronnax, estamos en la bahía de Vigo, y solo de usted depende que pueda conocer sus secretos.

Pero eso no se sabía en el momento en que Verne escribió la novela, entre 1866 y 1870. “En aquellos años, la batalla de Vigo estaba de actualidad debido a un escándalo financiero internacional relacionado con los derechos de rescate de los tesoros de Rande”, precisa Rolland, codirector del portal de divulgación GCiencia y organizador de las jornadas. “Un tal David Langland, de nacionalidad inglesa, había obtenido licencia de la corona de España para rescatar los tesoros, pero no la utiliza, la revende y estafa a un montón de inversores europeos que compran acciones falsas. Todos los periódicos de Europa, especialmente los de Francia, estaban hablando de las campañas de rescate de los tesoros como consecuencia de esta estafa internacional”.

Así debió ser cómo Verne supo de la existencia del tesoro, de Rande y de Vigo, hasta decidir utilizarlo en ese capítulo de la célebre novela titulado ‘La bahía de Vigo’ en el que se puede situar el inicio del desenlace. Pero hubo más, porque la célebre batalla no solo le sirvió en bandeja al autor la carta financiera del capitán Nemo, sino también algunas de las tecnologías que Verne aprovechó para su obra. “Hay dos en concreto que emplean los buceadores del Nautilus. Una de ellas son las lámparas eléctricas Ruhmkorff, una novedad en esa época, más seguras que las de combustión a las que sustituían, y que se emplearon bajo el mar por primeva vez en Vigo, en la campaña que hizo Hipólito Magen para buscar los galeones de Rande. Es evidente que Verne conocía de la campaña de Magen y del uso de esas lámparas, que decide entregar a sus buceadores de ficción en el Nautilus”, apunta Rolland.

La trastienda

El segundo elemento son los respiradores llamados Rouquayrol de esos mismos buceadores, que también fueron empleados por primera vez de una manera profesional en la ría de Vigo. “Ya se habían presentado en la Exposición Universal de París un par de años antes de que escribiese la novela, pero sólo a manera de exhibición. Hay una relación evidente entre las noticias que está leyendo sobre la campaña de Magen y los adelantos técnicos que luego refleja en su novela”, sostiene el organizador de ‘De Verne a Vigo’.

“Busqué en los periódicos franceses de la época y son incontables las noticias en que se hablaba de Vigo, en muchísimos periódicos y revistas. Incluso acompañadas de grabados, en el momento en que estos comienzan a aparecer en la prensa diaria, y hay muchísimos que muestran estampas de la ría de Vigo y de los buceadores de la expedición de Magen. Es evidente que Verne, que era un gran lector de periódicos, aprovechaba esas noticias para inspirarse y equipar a los buceadores del Nautilus”, concluye Rolland.

Que Verne situase en Vigo tan importante capítulo no significa que se sintiese la obligación de conocer la ciudad. Solo una casualidad, una tormenta que amenazaba su yate, el St. Michel III, con el que realizaba un viaje de placer, le obligó a recalar en el puerto vigués en 1878, hace 140 años. De ese viaje y del que realizaría seis años después, en ese caso por una avería en el mismo barco, se conocían hasta ahora datos difusos. Verne era ya un personaje famoso y la prensa local de la época se hizo eco de aquel acontecimiento, pero la hemeroteca está preñada de errores y contradicciones. Solo la aparición del famoso diario de Verne permitido reconstruir con detalle aquellas dos estancias.

“Admirable bahía’

Por ejemplo, Verne escribe: “Domingo, 2 de junio. Paseo matinal a las 6 horas con Pierre. Barco de vapor. Fondo de la bahía. Galeones. Vista. Un verdadero fiordo. Graneros de maíz. Naranjos. Retorno a bordo”. O más adelante: “Con el cónsul. Cargamos carbón. Cena a bordo del Flore. Comedor de oficiales. Siete salvas de cañón por el cónsul. Noche. En la casa del cónsul. Procesión. Mujeres sobre las rodillas durante cuatro horas. De 4 horas a 8 horas. Retorno a bordo. Mujeres con colores vistosos, amarillo, rojo y verde”. Le acompaña en su travesía el diputado francés Edouard Raoul Duval, mucho más expresivo en su propio diario: “No podéis imaginar nada más admirable que esta bahía de Vigo, lago inmenso rodeado de montañas cortadas a pico cuyas cimas acaban como las de los Pirineos: algo así como el lago de los Cuatro Cantones en una latitud meridional”.

Gracias a los carnés de viaje, de puño y letra de Verne, sabemos que se integró plenamente en la vida social de la ciudad.

Rolland explica así la importancia de los diarios: “Cambiaron la imagen de las dos visitas del escritor a la ciudad. Hasta entonces se pensaba que habían sido dos breves escalas en 1878 y 1884, pero gracias a los carnés de viaje, de puño y letra de Verne, conocimos que pasó cuatro días y tres días en los que se integró plenamente en la vida social de la ciudad, participó en la procesión del Cristo de la Victoria, en las fiestas de la Reconquista, asistió a bailes en sociedades recreativas como La Tertulia o El Casino, visitó casas de personajes destacados de la ciudad y la paseó cada día, acudiendo al monte de O Castro para admirar las vistas de la ría, tomando café en el Café Suizo, para leer la prensa internacional que allí se recibía o dejando sus cartas en el hotel Continental”.

Durante tres días, Vigo se sumergió en el encanto de Verne en un encuentro internacional que repasó todas estas anécdotas, y que incluyó conferencias y rutas literarias y marítimas, entre otras actividades. Pero la ciudad continuará la celebración de su particular año verniano con una exposición sobre al autor de Nantes, e incluso se plantea reconocer esa vinculación con un museo estable. Quizás el tesoro de Vigo no se encuentre bajo la ría, como se pensaba, sino en una combinación de realidad y ficción literaria que hacen de ella una de las ciudades más vernianas del universo.

FUENTE: DIARIO EL CONFIDENCIAL / PABLO LÓPEZ .