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V Subida en albarcas al Monte Arria, allí estuvimos.

Una año más con la colaboración de los Excelentísimos Ayuntamientos de Lamasón y  Herrerías,  el pasado siete de octubre se celebró La quinta Subida en albarcas al Monte Arria.

Albacas hechas por Hilario González,  del pueblo de Lafuente (Lamasón)

Un evento eminentemente tradicionalorientado a mantener el uso lúdico de este tipo de calzado.

A las 10:30 horas había que estar listos y con las albarcas puestas en el “Prau de la Fiesta” en la Venta Fresnedo, para subir a Jedillu un prado no muy grande con una antigua casa de pastores; las vistas allí son espectaculares, y más con el extraordinario día que tuvimos.

 

 

 

El trayecto de casi cinco kilómetros de longitud, discurre en su mayor parte por una pista forestal que este año, producto de las recientes lluvias, estaba jalonada de charcos y diversos tramos de barro, lo que no daba ningún problema para los que calzábamos albarcas.

(Clic en una foto para abrir la galería, pulsar la tecla Escape para volver al Blog o pasa el puntero del ratón por las fotos para ver el texto asociado, no todas lo tienen)

Al culminar la subida, ya en el Jedillu, se podían reponer fuerzas a base de panceta, queso picón agua y “vinu”, que con gran diligencia servían un grupo de voluntarios y voluntarias. Sigue leyendo V Subida en albarcas al Monte Arria, allí estuvimos.

Cuarenta palabras – Parte III de III. Sobre Cantabria y Cabuérniga en particular

Reconocemos que nos pierde la pasión por nuestra tierra, pero el texto es magnífico, o mejor… MAGNÍFICO. Disfrutadlo, joyas como esta no aparecen con frecuencia.

Es muy extenso, por eso lo hemos divido en tres partes. No os perdáis ninguna, es en su conjunto, y por separado, delicioso. Y sí, los que somos de Cantabria seremos especialmente sensibles al texto, pero vale para todos los que sepan apreciar la buena literatura/escritura.

Ejemplares en primer plano de vacas tudancas, raza autóctona del Valle de Cabuérniga

Son pocos, pero no se resignan a olvidar y custodian sus recuerdos con celo, aunque en realidad sean los recuerdos de otros. Cuando Llano volvió por allí en el invierno de aquel año, los más ancianos decían que «los viejos que ya eran viejos cuando nuestros abuelos tenían hijos» habían visto ojáncanos en la región. Eran gigantes grandes como casas y con un solo ojo en la frente que «de noche relumbraba como los de un lobo». Iban desnudos, con el único abrigo de sus melenas y barbas enmarañadas, y entre su largo cabello del color de la sangre les crecía un solo pelo blanco; arrancarles aquel pelo era la única forma de matarlos. La tradición confiere a los ojáncanos cierta inclinación a arrojar enormes rocas. A veces «piedras grandísimas» que proyectaban con una honda de piel de oso o de lobo, según recoge Llano; otras, cuando estaban más furiosos, peñas que arrancaban enteras de las cumbres y lanzaban directamente contra las casas y las personas. Peñas tan grandes como aquellos Cantos de la Borrica.

Nada podía salvarte de los ojáncanos si no era las anjanas. A Llano se lo contaron Petra y Lucinda, dos muchachas que bordaban en la calle durante una mañana de sol. Con tanta devoción lo hicieron que nuestro hombre se permitió una risa de incredulidad, y aquello casi le cuesta el cuento:

—Pos si no crei, no lo crea —espetó Lucinda—. Pero hubo anjanas, sí señor. Eran mu güenas las probes anjanas.

Y poderosas, las que más en los montes del valle. Vivían en alcázares bajo la tierra y caminaban por el bosque cuando lo hacen los venados, en la madrugada y en al ponerse el sol. Vestían de blanco, con la trenza ensortijada y hermosas alhajas, y una capa de azul crepuscular con estrellas de plata. Eran rubias y pequeñas, más pequeñas que una persona, y se apoyaban en un báculo, y con ese báculo podían hacerlo todo.

—Trocar (transformar) en moles de hierro las peñas y los ribazos, y los árboles en barras de oro, y las piedras en diamantes, y los ríos en corrientes de esencias para llenar sus frascos las niñas y las mozas.

Y eran buenas, que falta hacía en esta tierra complicada. Señalaban las camberas (caminos rústicos, frecuentemente sendas forestales) a los que se habían perdido en la niebla y devolvían los rebaños extraviados a los pastores honrados. También ahuyentaban a los trasgos y se enfrentaban a los ojáncanos, pero incluso con ellos mostraban compasión. Una vez una manada de lobos quiso dar caza a un ojáncano, y en la refriega la bestia quedó ciega de su único ojo. Una anjana que lo vio llevó al ojáncano a su palacio subterráneo, le curó las heridas y lo sacaba todas las mañanas a la superficie a que tomase el sol, como un ciego y su lazarillo.

—¡Qué lástima que ya no haiga anjanas! —se lamenta Lucinda—. Pero ya que no las hay, toas las personas debían de ser anjanas pa toas las personas. ¿No le paez?

Manuel Llano asiente. Más tarde, cuando pase a limpio todo lo que ha oído en Cabuérniga, se admirará genuinamente de esta «sublime y rústica filosofía» aldeana casi más que de sus leyendas. Quizá porque él conoce la verdad.

Las anjanas emparentan estrechamente con las xanas, hechiceras del folclore asturiano y leonés con atributos muy parecidos a los de ellas. Suele decirse que tras la batalla de Covadonga, con el inicio de la Reconquista cristiana y la expulsión de los musulmanes hacia el sur, en los picos de Europa quedaron aislados algunos grupos compuestos principalmente de mujeres moras, y que allí arriba sobrevivieron durante un tiempo. El recuerdo de estas moras, se dice, acabó por convertirse en las xanas y anjanas, habitantes de los montes altos tan bellamente enjoyadas. Nunca sabremos cuánto hay de verdad en ello, seguramente poco. Seguramente sea una leyenda acerca del nacimiento de otra leyenda, con tanta facilidad brotan los mitos en esta tierra. En Cantabria persiste la costumbre de considerar obra de moros a las cosas bellas, desconocidas y antiguas. Y las anjanas, como las xanas, no son fundamentalmente distintas de las ninfas, los elfos y otras hadas que abundan en los cuentos de toda Europa.

Ni los ojáncanos, que hasta pertenecen específicamente a una categoría de gigantes descrita por Homero: los cíclopes. Ninguno arrojó allí arriba los Cantos de la Borrica. Hoy sabemos que estas exóticas moles son bloques erráticos, fragmentos de roca desgajados por un antiguo glaciar, transportados por el torrente de hielo y finalmente depositados lejos de su ubicación original. Manuel Llano también sabe que, con frecuencia, los romanos construían sus calzadas por las cumbres de las sierras, donde resultaban más seguras y practicables para el curso de sus legiones, y que las de aquí conectaban la meseta y los puertos del Cantábrico evitando precisamente bajar a los valles. En la región, emergiendo aquí y allá entre los hayedos y los robledales altos, quedan los restos de alguna.

Y también de crómlechs, antiquísimos recintos litúrgicos del Neolítico marcados con un círculo de piedras, como Stonehenge. No vuelan hasta allí las brujas del hábito blanco, ni fueron ellas quienes grabaron las formas como de humano que se aprecian en los menhires. Ni las mozas del agua calientan los manantiales, ni los caballos del Diablo salen del infierno por las torcas que resoplan ni son responsables de que haya tan pocos tréboles de cuatro hojas. Pero Llano sabe que no son mentiras, como lo supo Tolkien. Son mitos. Invenciones acerca de la verdad, cosas inexplicables a las que los cabuérnigos pusieron un nombre. Y por eso les dedica un libro.

***

Brañaflor se publicó el año siguiente, en 1931. Llano se dio prisa porque el mundo estaba a punto de cambiar y lo iba a hacer empezando por España. No podía saberlo, pero quizá lo intuía. Y no por razón de su genio, sino porque era un folclorista. En eso los de su gremio aventajan a los prosistas, los poetas y los demás hombres y mujeres de letras: saben que entre los muchos mundos que integran el mundo siempre hay alguno acabándose. Y no quiso que el suyo lo hiciera completamente, aunque le había tocado el turno. Quizá por eso, porque los nombres vuelan pero las cosas quedan, le puso al valle este nombre de fantasía, Brañaflor.

Y porque Brañaflor es Cabuérniga y especialmente Sopeña, el pueblo natal del escritor, pero un poco también los otros grandes valles de Cantabria: el del Pas, el del Besaya y el del Nansa, y también Liébana, Polaciones y Campoo, y las comarcas litorales. Brañaflor son todos los lugares que antes hollaron ojáncanos, trasgos y familiares, y en donde bailaron las brujas y pastaron los caballos del Diablo. Todos los lugares a los que volverán algún día, aunque sea lejano, cuando el mundo se acabe una vez más y vuelvan a necesitarse cuarenta palabras para referirse a los matices de la inclinación del suelo. Cuando las otras cosas con nombre dejen de tenerlo, porque ya no servirán para nada, y así se conviertan de nuevo en misterios. Las ruinas de autopistas que atraviesan los bosques, por las que nadie caminará, las antenas y repetidores que se oxidan en las cumbres, donde nadie pudo haberlas subido, y las murallas de hormigón altísimas que no dejan pasar al río. De nuevo serán caminos de las anjanas, puntos de reunión de las brujas del hábito blanco y lagos de las mozas del agua. Y de nuevo Cabuérniga no lo será más, y volverá a ser Brañaflor.

Hayedo en Ucieda, parte de Parque Natural Saja-Besaya.

 

FIN PARTE III DE III

FUENTE: DIARIO EL PAIS, JOT DOWN/RUBÉN DÍAZ CAVIEDES

 

Cuarenta palabras – Parte II de III. Sobre Cantabria y Cabuérniga en particular

Reconocemos que nos pierde la pasión por nuestra tierra, pero el texto es magnífico, o mejor… MAGNÍFICO. Disfrutadlo, joyas como esta no aparecen con frecuencia.

Es muy extenso, por eso lo hemos divido en tres partes. No os perdáis ninguna, es en su conjunto, y por separado, delicioso. Y sí, los que somos de Cantabria seremos especialmente sensibles al texto, pero vale para todos los que sepan apreciar la buena literatura/escritura.

Cabuérniga de noche.

Poco a poco, pueblo a pueblo, la libreta de Llano se va llenando de otras palabras que solo existen a orillas del río Saja. Guajona, anota. Una vieja que de noche baja a los pueblos envuelta en un manto negro y entra en las casas para chupar la sangre de los críos y los mozos hasta dejarlos medio muertos. Se dice que no soporta el sol y que de día excava un agujero y duerme bajo tierra, como los topos.

—Los sus ojos relumbran como las estrellas —le dicen a Llano— y na más que tien un diente negru, mu afilau y mu largo.

El pájaro de los ojos amarillos, anota un poco después. Un pequeño animal monstruoso, fruto de la unión de una lechuza y un murciélago en el último día del invierno una vez cada cinco años. Quien lo ve no debe volver a su casa, ya que morirá al cruzar el umbral si antes no le pasa por encima una golondrina. En verano el pájaro se sumerge en el río porque su sangre se calienta con facilidad:

—Es como el aceite que chupan las lechuzas en las lámparas de la iglesia —le explican.

Las mozas del agua son rubias y pequeñas, con «una estrella en la frente del color de las nubes cuando el sol se va». Viven en palacios bajo la tierra y salen por los manantiales y las fuentes del monte con madejas de hilo de oro que dejan secar en la orilla.

—Si algún mozu podía coger un hilu de las madejas, las mozas jalaban (tiraban) de él y le llevaban a su palaciu, onde se casaba con la más guapa. Sigue leyendo Cuarenta palabras – Parte II de III. Sobre Cantabria y Cabuérniga en particular

Cuarenta palabras – Parte I de III. Sobre Cantabria y Cabuérniga en particular

Reconocemos que nos pierde la pasión por nuestra tierra, pero el texto es magnífico, o mejor… MAGNÍFICO. Disfrutadlo, joyas como esta no aparecen con frecuencia.

Es muy extenso, por eso lo hemos divido en tres partes. No os perdáis ninguna, es en su conjunto, y por separado, delicioso. Y sí, los que somos de Cantabria seremos especialmente sensibles al texto, pero vale para todos los que sepan apreciar la buena literatura/escritura.

Una braña es un prado situado alto, normalmente ejerciendo como cumbre de una montaña o como una de sus laderas. En Cantabria se diría que una braña está normalmente en un cotero (una montaña pequeña pero pronunciada), a veces en una lomba (una colina) y que habitualmente es pindia (de terreno empinado). Suele decirse que los esquimales tienen cuarenta palabras para referirse a la nieve. En Cantabria ocurre algo parecido con la evolución vertical del terreno.

Es un hecho conocido, sin embargo, que por más palabras que se acuñen nunca alcanzan para nombrar tantas cosas como hay. Por ejemplo: en las brañas altas del valle de Cabuérniga, posadas con suavidad sobre la hierba a casi dos mil metros de altura, hay unas grandes piedras que nadie sabe de dónde han venido. Son grandes como asteroides, y dos en particular tienen varios pisos de altura. Y están hechas de una roca de la que no está hecho nada más en este valle. Alguien ha tenido que ponerlas ahí, pero no ha sido la mano humana. Tampoco han podido desgajarse y caer de algún macizo cercano. Ninguno está tan cerca ni a mayor altura. Y la braña es pindia. Para ubicarse en lo alto, habrían tenido que rodar pendiente arriba. Sigue leyendo Cuarenta palabras – Parte I de III. Sobre Cantabria y Cabuérniga en particular

Cantabria, tradiciones y leyendas ilustradas

La campurriana Sara Temiño ilustra un libro sobre tradiciones y leyendas de Cantabria

Esta semana se ha publicado un nuevo libCANTABRIA, TRADICIONES Y LEYENDASro titulado ‘Cantabria: tradiciones y leyendas ilustradas’, que cuenta con la colaboración de la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria (ADIC). La obra está orientada para todos los públicos, y pretende ser un ejercicio de reivindicación de aquel material olvidado y arrinconado de las costumbres, ritos y leyendas, trasmitidos de forma oral por las gentes de los distintos valles y comarcas de Cantabria.

Sus autores son Pedro L. Madrazo, en los textos, y la campurriana Sara Temiño, en las ilustraciones. El prólogo ha corrido a cargo del ilustrador y músico, Alberto M. Beivide, y está editado por Editorial Los Cántabros y Editorial Quálea-Latitud Norte.

Sinopsis

El maravilloso mundo imaginativo del niño Manuel Llano queda plasmado en el presente libro a través de una recopilación de antiguas tradiciones y mágicas leyendas de Cantabria. Todas ellas contribuyeron a que las palabras, expresadas en los futuros textos del adulto convertido en escritor, tuvieran un valor melancólico y soñador, pues se inspiraron en historias fantásticas escuchadas en las hilas, en las brañas, junto a las llamas de las magostas, en las hogueras de la noche de San Juan, en las sobremesas de las marzas…

La obra, pensada para todos los públicos, está narrada mediante un texto ameno y bien documentado, complementado con abundantes ilustraciones que otorgan un mayor poder de evocación sobre esta selección de mitos y costumbres populares que componen gran parte del acervo cultural y el folclore de Cantabria.

La obra contiene 74 páginas a todo color divididas en 27 capítulos, con un tamaño de 24×22 cm., y precio de venta de 16 euros.

Fuente: Vive Campoo ;La obra, que cuenta con la colaboración de ADIC, tiene a Pedro L. Madrazo como autor .