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El arte epistolar. Las fronteras movedizas de la literatura (y 6)

Gracias a sus extraordinarias cartas, Madame de Sévigné, que creía escribir para sí misma, su hija y sus amistades, al margen de los canales establecidos, es hoy una escritora canónica.

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Qué es y qué no es literatura? La respuesta no es fácil, y es esta una observación que siempre tengo que hacer cuando doy cursos sobre el diario íntimo como género literario. Los primeros en llevar diarios lo hicieron sin pensar, ni por un momento, que hacían literatura: no solo no tenían intención de publicar, sino que intentaban activamente no ser leídos; Samuel Pepys (1633-1703) escribió el suyo en un lenguaje semicifrado de su invención, que alguien descifró solo dos siglos más tarde. Pero las fronteras de la literatura se mueven. Hoy, el Diario de Pepys, publicado con todos los honores, se considera un clásico.

Algo así pasa con las cartas de su contemporánea, la marquesa de Sévigné (1626-1696). Cierto, la carta, en la época de Madame de Sévigné, podía ser un género literario (no así el diario, que estaba naciendo); pero la escrita con ese fin, la “epístola”, poco tenía que ver con una carta real. La epístola, género de larga tradición, era una carta ficticia, dirigida no a un destinatario de carne y hueso, sino al público, sobre un tema bien definido y en un estilo elevado; algo, en fin, más parecido a lo que hoy sería un artículo o un breve ensayo que a una carta verdadera. Auténticas cartas eran en cambio las que escribía Marie de Rabutin-Chantal, marquesa de Sévigné, a varios destinatarios.

La correspondencia de Madame de Sévigné tiene, claramente, dos caras. La primera es la de una mujer risueña, ingeniosa, sociable, un poco impertinente. Se sabe que en cierta ocasión, en su juventud, se le pidió que abandonara una fiesta por haberse mostrado trop guillerette, “demasiado alegre”, pero esas dos palabras son todo lo que conocemos del oscuro episodio. Se casó joven, sin sentir, o eso parece, demasiado interés por su marido; el cual murió pronto, en duelo (por una de sus amantes), dejándola viuda con una hija y un hijo. Con la libertad que le daba su pertenencia a la aristocracia, su relativa riqueza (tenía un castillo y tierras en Bretaña) y su estatus de viuda, el más cómodo en esa época para una mujer, la marquesa se dedicó a la vida social. Frecuentaba el salón de Mademoiselle de Scudéry, es decir, formaba parte del grupo de las Précieuses, mujeres que hoy calificaríamos de intelectuales feministas, y de las que Molière se burló en Las preciosas ridículas (ridiculizar a la mujer que piensa es una venerable tradición occidental). Y escribía cartas, muchas cartas a amigos y parientes, entre otros un famoso primo suyo al que Luis XIV había expulsado de la Corte por ser, como la marquesa, un impertinente, que se había atrevido a birlarle a Su Majestad una amante.

Las cartas de Madame de Sévigné en su faceta maliciosa son una delicia. Eran tan chispeantes, y fueron tan admiradas por sus destinatarios, que alguna, de mano en mano, llegó a ser leída por el mismísimo Rey. Otras es de suponer que no, porque tienen precisamente al Rey por protagonista, como aquella en que narra la pesada broma gastada por Luis XIV a un cortesano. “¿Qué opináis de estos versos que alguien me ha dado a leer? ¿A que son malos?”. “¿A ver?… Desde luego, Sire; detestables”. “¿A que se nota que quien los ha escrito es un necio?”. “Un necio, Sire, desde luego. No se le puede definir mejor. ¡Cuán divinamente juzga Su Majestad todas las cosas!”… “Cuánto celebro su sinceridad, barón de Fulano… Estos versos son míos”. Es, sentencia la marquesa, la trampa más cruel que se puede tender a un viejo cortesano (que, muerto de vergüenza, exclamaba: “¡Déjemelos leer otra vez, Sire, los he leído demasiado deprisa para poder apreciarlos!”), y debería hacer reflexionar a Su Majestad sobre el crédito que debe conceder a las palabras de quienes le rodean…

La epístola era una carta ficticia, dirigida no a un destinatario de carne y hueso, sino al público, sobre un tema bien definido y en un estilo elevado; algo, en fin, más parecido a lo que hoy sería un artículo o un breve ensayo que a una carta verdadera.

Pero si esa es una Madame de Sévigné, hay otra. Que tiene fecha de nacimiento: 6 de febrero de 1671. El día en que su hija, que se ha casado con el intendente del Rey en Provenza, se aleja por primera vez de París y de su madre para ir a vivir con su marido en el castillo de Grignan, a seiscientos kilómetros de la capital (lo que, en la época, suponía dos o tres semanas de viaje y verdaderos peligros, como el de naufragar cruzando el Ródano). De la noche a la mañana, la risueña marquesa se transmuta en mater dolorosa. “Muy mediocre tendría que ser mi dolor para que fuera capaz de describíroslo”: así empieza la más famosa de sus cartas, escrita inmediatamente después de la separación.

A partir de ese momento, la marquesa vive para… ¿su hija? ¿O para la escritura de la que su hija es destinataria y en cierto modo pretexto? Hay quien ve en ella una mujer dominada por un amor absorbente, excesivo, incluso patológico. Observó Proust que el sentimiento de esta madre por su hija era mucho más intenso, más comparable a las pasiones terribles descritas por Racine, que los banales amoríos del jovencito Charles de Sévigné, su hijo, con sus amantes de turno… Hay quien, en cambio, afirma que para Madame de Sévigné su hija fue solo la chispa que encendió su pasión verdadera: la de la escritura. Ella misma se lo pregunta en esta carta a su hija: “Me admira la vivacidad con que os escribo, y lo mucho que detesto escribir a todos los demás. Encuentro, al escribir esto, que nada es menos tierno que lo que acabo de deciros. ¿Cómo? ¡Me gusta escribiros! Es pues señal de que amo vuestra ausencia, hija mía: ¡qué cosa tan espantosa!”

La calidad literaria de esas cartas, su interés, eran tan evidentes que sus destinatarios las conservaron. Medio siglo después de muerta la marquesa, en 1743, se publicaron por primera vez algunas, y desde entonces, se han sucedido ediciones y traducciones (españolas, que yo sepa, hay tres: la de Fernando Soldevilla, de 1930, la de Francisco López Loredo, de 1948 y la mía de 1996). ¿Por qué leerla todavía? Por muchos motivos. Porque resucita el pasado: nos permite atisbar, como por el ojo de la cerradura, la vida cotidiana de una mujer francesa del siglo XVII; y no cualquiera, sino una inmersa en la vida intelectual y cortesana de esa época extraordinaria que fue el Grand Siècle. Sus cartas son una crónica de primera mano de asuntos tan trascendentes como la disputa jansenista, el estreno de las tragedias de Racine, o sus propias conversaciones con Madame de La Fayette (autora de la gran novela de la época: La princesa de Clèves) y el duque de La Rochefoucauld (el autor de las célebres Máximas). En segundo lugar, porque sus cartas expresan y analizan un sentimiento universal (en su caso llevado a la máxima expresión) que es la amistad, el afecto, el interés, la admiración, el amor… que las mujeres pueden sentir unas por otras; universal, como digo, pero casi nunca reflejado por la literatura, tan avara cuando de registrar las vivencias de las mujeres se trata. Por último, y desde el punto de vista de la historia literaria, es muy interesante ver cómo Madame de Sévigné, protegida por la privacidad de una escritura “no literaria”, escribe con ímpetu, con naturalidad, con pasión, mezclando el estilo elevado con el bajo, lo solemne y lo cómico, hablando de Dios y del chocolate. Influye así, sin saberlo, en un cambio de gusto que desembocará en el Romanticismo. Por todo eso, merecidamente, la marquesa vivaz y mater dolorosa que creía escribir para sí misma, su hija y sus amistades, fuera de las murallas de la Literatura, es hoy una escritora canónica cuya obra ocupa tres volúmenes en la colección sacrosanta de la literatura francesa: La Pléiade.

Fuente:  Revista Mercurio / Laura Freixas .

El arte epistolar. Documentos públicos, cajones secretos (5)

Italo Calvino, Vladimir Nabokov, Stefan Zweig y Joseph Roth o Ingebor Bachmann y Paul Celan: los grandes escritores lo son también en sus epistolarios.

4 documentos publicos

Italo Calvino a Elsa de’ Giorgi: “Quiero escribir de nuestro amor, quiero amarte escribiendo, tomarte escribiendo”. La destinataria de la carta le llevaba nueve años a Calvino, su amante entre 1955 y 1958. Actriz famosa en tiempos de Mussolini, también fue escritora y contó con los servicios editoriales de Calvino, que en sus momentos libres se confesaba con ella: “Estamos drogados. No puedo vivir fuera del círculo mágico de nuestro amor”. La actriz se convirtió a ojos de su enamorado en modelo de inteligencia perceptiva: un retrato suyo del joven Pier Paolo Pasolini demostraba su conocimiento excepcional de la personalidad humana. Más tarde ella aparecería en dos películas de Pasolini, La ricotta y Salò o los 120 días de Sodoma.

Los escritores anhelan el impulso de escribir. Siente Calvino, y se lo escribe a su amada, “deseo de estar entre tus brazos, una temporada en la que sólo existierais para mí tú y papel en blanco y ganas de escribir cosas límpidas y felices”. Hay escritores que usan como espejo la página escrita: “Querida mía, debo descubrirme a ti, asombrarte, necesito que me admires como yo te admiro continuamente”, se exalta Italo ante Elsa, y comenta sus lecturas, o una cena con “la más formidable cabeza de filósofo” de la época, Lukács, en el mismo restaurante en el que estuvo “con la más fascinante de las mujeres”. Calvino reflexiona en sus cartas sobre política, la bomba atómica, la bella ética amorosa de su enamorada: “Es terrible como la guerra la felicidad que me das”. Y luego llegó la ruptura y la guerra genuina y, un día, a principio de los sesenta, Calvino presenta un libro y Elsa de’ Giorgi reparte entre el público copias de las cartas que le había mandado su amante hacía cuatro o cinco años. Cartas que ella vendió en los años noventa, y en 2004 un diario milanés publicó una selección.

La muerte vacía los cajones de los difuntos, y los escritores quedan, llegado ese momento, en un desamparo especial, ofrecidos no sólo a la curiosidad, sino a la codicia y la admiración ajenas. Supongamos que la literatura es patrimonio de la humanidad y que un literato escribe siempre literatura, aun cuando redacta una carta. ¿Justifica esto que al literato se le expropie su intimidad una vez muerto? Hay una coartada para hacerlo, y la formuló un clásico de hace más de dos mil años: una carta es un regalo al destinatario, retrato de un alma, y en sus cartas es donde revela mejor su carácter un escritor. Sus cartas ofrecen una red ideal para atraparlo y estudiarlo como a un lepidóptero.

A principio de los años setenta del siglo XX, Vladimir Nabokov escribía las últimas cartas a su mujer, Véra Slonim, desde Taormina, donde había ido a cazar mariposas. Si Véra escribió muchas cartas a su marido durante el tiempo que duró su amor mutuo e infinito (más de cincuenta años), las destruyó, e incluso tachó palabra por palabra los saludos que añadía a las postales que mandaban a la madre de Vladimir. “No tienes voz, como todo lo que es bello”, exclamaba en una carta Nabokov, que línea a línea transfiguró a Véra en personaje de sus ficciones: ¡Mi cuento de hadas, amor mío, mi felicidad, luz, arco iris y asombro! Las cartas de Nabokov surgen de la misma máquina literaria que sus novelas. Nabokov siempre escribe en público, y sus cartas a Véra resuenan en Lolita y Ada o el ardor, como las que cruzó con el pontífice intelectual Edmund Wilson entre 1940 y 1958 lo hacen en Pnin y Pálido fuego.

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Tanto las cartas a Véra como las dirigidas a Bunny (así llamaba Nabokov a su querido Wilson) comparten materiales: las impresiones americanas del ruso que viaja por las universidades dando conferencias o clases, por ejemplo. Muy amigo del ruso, Wilson lo presentó a editores e instituciones, ayudándole a establecerse en los Estados Unidos, pero su afinidad nacía de insalvables desacuerdos ideológicos y literarios. Los dos amigos discrepaban a propósito de Lenin, la versificación rusa, Dostoievski, Henry James, Faulkner, André Malraux, y el Doctor Zhivago, por citar cinco ejemplos de literatura mala, según Nabokov. Hasta el choque final e irreconciliable en 1965, fue el antagonismo de fondo lo que fortaleció el vínculo epistolar entre los dos talentos.

La gente que ha escrito cosas importantes ve realidades inesperadas, o ilumina con más intensidad y claridad algo ya conocido. ¿No es lógico que también se busque su luz en sus cartas, incluso en contra de su voluntad? Pero no creo que Joseph Roth, periodista internacional y autor de una novela tan grande como La marcha Radetzky, saludara con júbilo la difusión de su correspondencia con Stefan Zweig. Proscrito por judío en el área de influencia nazi, Zweig seguía en 1936 bien asentado en su exilio inglés, faro y sostén al que muchas veces se dirigió su amigo, el cada vez más desposeído Roth, uno de esos que ha vivido toda su vida en hoteles. Roth es el prototipo del escritor como paria, extraño siempre, judío en Austria, austriaco en Alemania, alemán en París, cada vez más irritado, más alcoholizado conforme el mundo se volvía peligroso. La correspondencia entre Zweig y Roth (trece años más joven que su amigo, que lo consideraba un talento superior al suyo) es el escenario de una diferencia radical.

La muerte vacía los cajones de los difuntos, y los escritores quedan, llegado ese momento, en un desamparo especial, ofrecidos no sólo a la curiosidad, sino a la codicia y la admiración ajenas.

Mientras Zweig atribuía a su condición de judíos todos los pesares que pudieran sufrir en 1936, Roth protestaba: “No necesita decirme que soy un pobre y pequeño judío. Llevo treinta años siendo un pobre y pequeño judío, y siéndolo con orgullo”. Según Roth, indignado ante la indiferencia de los literatos, el mal desatado por Hitler amenazaba no sólo a los judíos, sino a toda la humanidad, y Zweig corría peligro de perder su crédito moral si persistía en su ceguera. La autoridad moral de Roth era tan profunda como su penuria económica. Roth no sólo pedía lucidez. Pedía contratos, contactos, dinero, perdón por pedir tanto y tan apremiantemente, dos cartas al día, sableando para sellos, resentido, achacándole al amigo los trenes de lujo, el caviar y la condescendencia.

Ingeborg Bachmann y Paul Celan se cruzaron unas doscientas cartas y algunos poemas como cartas de amor desde que se encontraron en Viena en la primavera de 1948. En 1950 compartieron en París el desastre de vivir juntos. En 1957 volvieron a reunirse, ya casado Celan con la pintora Gisèle Lestrange, y el nuevo alejamiento fue definitivo. En los mensajes que se cruzaron, abundan más las excusas para no encontrarse que los nexos reales entre dos amantes o dos amigos. Hay miedo a decir demasiado y a no decir, más ausencia que presencia, un amor que parece dar más soledad que compañía. El silencio no evita los malentendidos, sino que los aumenta, y estas cartas son más de desencuentro que de encuentro. Celan, que había perdido a sus padres en un campo de exterminio alemán, llegó a sentirse traicionado en su condición de judío: a su juicio, Bachmann y su compañero de los últimos años cincuenta, el escritor Max Frisch, no lo respaldaron en un ataque masivo contra su obra, achacado por Celan a actitudes antisemitas. Amiga traidora, Bachmann habría tratado de tranquilizarlo en vez de ayudarle…

¿Qué significa leer estos intercambios? Poner el oído en una conversación entre inteligencias clarividentes, que así se reconocen entre sí: su correspondencia suele iniciarse con elogios mutuos entre dos ingenios especiales. Pero, para hablar de la veracidad epistolar de los escritores, recuerdo que Flaubert elogió a una novelista de Ruan, su ciudad, en una de sus numerosas cartas a George Sand. ¿Podía su “querida maestra” recomendarle la obra a algún reseñista? “Es un libro que tiene algo. ¡Qué estilo!”. Un año antes, Flaubert le había escrito a su sobrina a propósito de la misma novela: “Es un libro absolutamente fallido”.

Fuente: Revista Mercurio / Justo Navarro .

El arte epistolar. Sorpresa, gratitud, nostalgia (4)

Los del 27 fueron epistológrafos intensos, tanto en los años veinte y treinta como tras la Guerra Civil, cuando dejan su impronta el exilio y el clima de censura del franquismo.

3 sorpresa gratitud y nostalgia

Me parece que los tres sentimientos que convoca este título los experimenta un lector aficionado en el orden siguiente: juntos e inmediatos los dos primeros, un poco después y de modo más difuso el tercero: qué maravilla y qué suerte estas cartas estupendas, lástima que ya no escribamos así. La conciencia de internarnos sin remedio en la era de internet ha dado lugar a una profusión de libros sobre el arte epistolar (algunos, claro, se pueden comprar como libros electrónicos); entre los recientes: historias de la correspondencia, como Postdata de Simon Garfield (2013), novelas epistolares (Vicente Molina Foix, El abrecartas, 2006), autobiografías en cartas (Emma Reyes, Memoria por correspondencia, 2012), novelas en forma de diario compuesto sólo de correos electrónicos (Matthias Zschokke, Lieber Niels, 2011) o antologías como A la carta de Valentí Puig (2104), donde las semblanzas biográficas de los corresponsales son a veces tan interesantes como las cartas seleccionadas.

Garfield remonta a los años posteriores a la Primera Guerra Mundial la primera presencia significativa de ensayos que deploran la decadencia de las cartas. Entre nosotros el clásico es Salinas, cuya “Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar” (1948) obedecía a la indignación ante la consigna “wire, don’t write” (no escribáis cartas, poned telegramas) del gobierno americano. Sin embargo, los autores del 27 fueron muy buenos escritores de cartas, tanto en los años veinte y treinta como tras la Guerra Civil, cuando dejan su impronta el exilio y el clima de censura del franquismo. Lo hemos ido sabiendo a medida que se han ido publicando, con frecuencia a compás de lo que Claudio Guillén llamaba la “hectocultura”, es decir la de los centenarios (de 1991 —Salinas— a 2010 —Miguel Hernández).

CapturaUna de las teorías antiguas de la carta la describe como la mitad de un diálogo, otra, como un regalo que se ofrece a otro en forma de escritura. Las dos son complementarias. El gesto de la comunicación, de dar y recibir noticias, no reduce la escritura a mero vehículo instrumental, sino que la modula y aumenta el atractivo. Al dirigirse a un destinatario, las cartas rompen el ensimismamiento de otras formas de la literatura del yo, como la autobiografía y el diario; además, en relación con el tiempo presentan un perfil insustituible de inmediatez respecto de los acontecimientos vividos. Cuando se leen en sucesión, por último, van trazando líneas, recurrencias, insistencias, lugares memorables, ritmos reveladores de afectos, de gustos y de desagrados. Una consecuencia del atractivo de esta escritura la describió Salinas en el citado ensayo: “Es muy difícil que la persona que se pone a escribir no sienta, dese o no cuenta clara de ello, prurito de hacerlo bien, de escribir bien. Y si lo logra, la pena que le aguarda ya sabemos cuál es: la caída de Ícaro, de los cielos limpios —lo privado— a las aguas dudosas —la publicidad”.

Los del 27 fueron epistológrafos curiosos, intensos, amenos. Cuando salió (1992) la correspondencia de Salinas y Guillén causó cierta sorpresa ver cómo este libro, no previsto como tal por sus autores, se convertía en “la novela de la amistad y el destino de dos escritores españoles” a juicio de Antonio Muñoz Molina. Además, claro está, de las cartas de cada uno pueden sacarse momentos memorables, para las entrañas de la historia literaria o para los movimientos del ánimo. Salinas le cuenta a su entonces novia Margarita en 1915 la “emoción completamente nueva e inédita” de ver las luces de los aviones en la noche de París; igual de estimulantes resultan las cartas de viaje —el Cañón del Colorado, México, Puerto Rico— y las cartas de amor a Katherine Whitmore que editó Enric Bou, sólo inferiores a sus poemas.

Guillén, por su parte, envió realmente a su destinatario la “Carta a Fernando Vela sobre la poesía pura” (Verso y Prosa, 1926). Cuando se hizo pública se convirtió en el manifiesto de una de las opciones poéticas de los años veinte. En 2010 salieron las cartas a su mujer, Germaine Cahen: “Chérie: Vi a Américo Castro. Cariñoso, protector y terrible. Una hora de furia apostólica, de diatribas y palabras gruesas contra el mundo que no quiere ser filólogo” (30 de enero de 1925); o desde Oxford (6 de octubre de 1929): “que tu es très, très tendre avec moi, et que je suis très, très heureux” (usaba el francés para las confidencias; lo traduce la editora Margarita Martínez).

Así comienza Gerardo Diego (29 de abril de 1929) una carta relativa al Centenario de Góngora: “Querido amigo Jorge: En nombre de don Luis yo te maldigo. / Dos meses aún —y Dámaso es testigo— antes que tu homenaje al fin se forje” (edición de José Luis Bernal, 1996). De Aleixandre, más allá de las editadas por Irma Emiliozzi (2001) y la selección incluida en las Obras completas al cuidado de Alejandro Duque Amusco (2002) —“…la poesía superrealista me atrae y casi ya la única que entiendo. Porque es como un caño suelto, no bello en el sentido de artístico, pero vivo, palpitante, hecha de sangre, como surtiendo de una raja recién abierta e inencontrable” (a Dámaso Alonso, 1 de agosto de 1930)—, van saliendo los volúmenes, susceptibles de matizar su imagen con la complejidad debida. Lástima que la anotación del último, de cartas a Miguel Hernández y Josefina Manresa (2015), esté tan por debajo de lo que casi se ha convertido en una norma filológica; pero ahí está la voz de Aleixandre, cordial, sensual: “Hablaría, hablaría mucho contigo. Eres la persona en quien yo siento la más profunda confianza, el amigo que más se acerca a la naturaleza” (7 de abril de 1937).

La conciencia de internarnos sin remedio en la era de internet ha dado lugar a una profusión de libros sobre el arte epistolar: historias de la correspondencia, novelas epistolares, autobiografías en cartas o antologías.

El más importante gesto de provocación surrealista fue una carta de Buñuel y Dalí a Juan Ramón Jiménez: “Nuestro distinguido amigo: Nos creemos en el deber de decirle —sí, desinteresadamente— que su obra nos repugna profundamente por inmoral, por histérica, por cadavérica, por arbitraria”. A su vez Prados, en torno a esa coyuntura de fin de los años veinte, recordaba en 1958: “No quise figurar en la Antología de Gerardo Diego, porque mi moral (de entonces) me lo impedía. Yo creía en un verdadero cambio que deberíamos al surréalisme. Así se lo dije a Vicente [Aleixandre] y a Luis [Cernuda] […] Pero, la verdad es que después de acordar los tres no tomar parte en dicha Antología, me quedé solo, y triste, con mi verdad o mi mentira” (carta a Sanchís-Banús, editada por este en 1995).

Otra posibilidad es la de perseguir la presencia de las imágenes en las cartas; es lo que ha hecho con cuidado y acierto Irene García Chacón en su estudio Cartas animadas con dibujos (2014). Aquí el centro se desplaza a García Lorca y a Salvador Dalí, aunque también a las cartas de Alberti a su amigo Celestino Espinosa, a pintores como Barradas, Benjamín Palencia, Manuel Ángeles Ortiz, José Caballero, Gabriel García Maroto e intervenciones más ocasionales de Bergamín (cuya correspondencia con Unamuno y Falla editó Nigel Dennis), Adolfo Salazar, Ernesto Halffter, Pepín Bello.

La modélica edición del epistolario de Cernuda (2003) a cargo de James Valender ilumina la tensa relación que mantuvo entre la esfera de la vida y la de la literatura, empeñado en la defensa intransigente de su obra, acuciado por su leyenda de hosquedad. En realidad sólo las cartas en su conjunto permiten llenar de matices y facetas esas generalizaciones sobre los escritores. Es uno de sus poderes. Otro es la capacidad de desplegar súbitamente un ramo de emociones. María Zambrano a Lezama Lima “Solo una palabra hoy, siempre desde siempre: alegría, alegría de que vivas y existas: tu persona, tu obra incalculable: lo manifiesto y lo oculto, lo visible por serlo y lo invisible por ser más, más, y por sortearlo” (5 de marzo de 1969, ed. Fornieles, 2006).

Esta nota va desembocando tristemente en una lista ramplona en la que apenas se alude a Dámaso Alonso, a Max Aub, a Francisco Ayala, a José María de Cossío, a Hinojosa, a Larrea. Es lástima: en todos los casos, incluidos estos, me permito asegurar sorpresa y gratitud a quienes se animen a leer estos epistolarios. Entre dos correos electrónicos.

Fuente: Revista Mercurio / Andrés Soria Olmedo .

El arte epistolar. La estafeta de la Edad de Plata (3)

Desde comienzos de siglo, el proyecto ‘Epístola’ viene llevando a cabo una necesaria labor de recuperación de la correspondencia de los autores de la primera mitad del Novecientos.

2 La estafeta de la edad de plata

El nombre de Edad de Plata —que yo no inventé pero al que quedé inevitablemente ligado a partir de mi libro de ese título, publicado en 1974— es con toda seguridad inexacto, resulta impreciso para quienes buscan una onomástica menos vaga y para no pocos justifica demasiadas exclusiones y caprichos selectivos. Lo cierto es que sí evoca un momento de juventud y de esperanzas, que son materias inestables, y que sin duda tienden sobre el objeto definible un manto más cómplice que crítico. Pero también conviene recordar que hubo un tiempo en que esto fue necesario para identificar (e identificarnos) con un momento estético y moral más acogedor que aquel otro que el que el bajofranquismo nos deparaba. Porque enunciar “Edad de Plata” significaba también hablar de la conquista de un público lector, del diálogo abierto y fecundo de tres generaciones —cuando menos— de intelectuales, de la valiente confrontación de la cultura moderna y la tradición estética española, dignificada por la nueva sensibilidad, y de la franca apertura a la vida internacional.

Restaurar esos diálogos del pasado, vivos todavía, fue un imperativo de muchos desde finales de los años sesenta, cuando se redescubrió el mundo del exilio de 1939 o se recuperaron tantos autores entonces olvidados o prohibidos. No dudaron que había de ser así quienes, en 1985, reinventaron la histórica Residencia de Estudiantes madrileña como centro de creación cultural y quienes, un poco antes, recuperaron entre 1978 y 1982 el legado histórico de la veterana Fundación Francisco Giner de los Ríos, creada en 1915 al poco de la muerte de su titular, para darle la continuidad académica que le correspondía como continuadora de la Institución Libre de Enseñanza. Una y otra han estado presentes —la primera como entidad editora, la segunda como principal responsable— en el proyecto de investigación, financiado por el Estado, “Recuperación, análisis y edición digital de epistolarios de la Edad de Plata”, que desde finales del año 2001 hasta la fecha ha perseverado bajo diversos nombres, siempre bajo la dirección de quien escribe estas líneas que no ha sido sino uno más de los convocados por los promotores. El elenco de sus investigadores ha variado a lo largo de tres lustros pero ha reunido siempre a los mejores expertos en el tema, tanto españoles como extranjeros. Y como su nombre indica, ha sido fundamentalmente un proyecto de documentación en red, que se centró en la configuración de un editor y un publicador, que proporcionaran una pauta de edición y anotación de textos epistolares, que fue acordada por los investigadores del proyecto y así se hizo accesible a otros investigadores (el interesado puede tener noticia fidedigna de su alcance en el artículo de Juana María González García, antigua becaria del programa, “El proyecto Epístola: edición digital de los epistolarios de la Edad de Plata”, Janus, anexo 1 (2014), pp. 197-208).

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Pero para el lector común el proyecto está asociado a una colección de libros impresos. La serie Epístola, incluida en el catálogo de las Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, surgió ya en 2003 con un Epistolario (1919-1939) y Cuadernos íntimos, de Benjamín Jarnés, transcripción de materiales depositados por sus familiares en las bibliotecas de la Residencia de Estudiantes y la zaragozana Institución Fernando el Católico. Jordi Gracia y Domingo Ródenas de Moya fueron los responsables de editar unos textos que matizan la visión que Jarnés tuvo de la nueva literatura y que dan una luz inclemente a la dureza de su exilio, aislado de todos y roto su mundo personal. Poco tiempo después la colección incorporaba el impresionante Epistolario, 1924-1963, de Luis Cernuda, con alguna aportación nueva y en edición cuidadosísima de James Valender. El año siguiente trajo a las prensas el Epistolario 1953-1978 intercambiado entre Juan Larrea y su leal estudioso David Bary, transcrito y prologado por Juan Manuel Díaz de Guereñu, que es otro impresionante testimonio de la soledad e incomprensión que rodeó al poeta y de la mendacidad de Neruda, que le tildó de saqueador de antigüedades incas. Inevitables luces y sombras poblaban también el Epistolario 1925-1959, de Manuel Altolaguirre (poeta menor, impresor refinado, cineasta, marido infiel, amante sin suerte y muerto al fin en un accidente de automóvil), cuya edición a cargo de James Valender vio la luz en 2005. Las cartas lo retratan: “Es tanto el trabajo que tengo y son tantos los buenos amigos presentes que lo interrumpen que cuando quiero acudir a los que están lejos, el tiempo se me aprieta en una noche tan oscura que me es imposible el escribir”, le decía divertido a Guillén en 1931. Pero también le confesaba en 1935: “Escríbeme. Dile a Salinas que me escriba y a todos los amigos. Que me recuerden, que me lean, que me manden dinerillo a cambio de mis libros”. Al cubano Chacón y Calvo le confesaba sin dramatismo que a veces no tenían qué cenar…

La Residencia de Estudiantes y la Fundación Francisco Giner de los Ríos han estado presentes —la primera como entidad editora, la segunda como principal responsable— en un proyecto que ha reunido siempre a los mejores expertos, españoles o extranjeros

En 2006 hubo dos novedades estrechamente emparentadas. Por un lado, Graciela Palau de Nemes y Emilia Cortés publicaron el primer volumen del Epistolario de Zenobia Camprubí, que recogió las cartas intercambiadas con Juan Guerrero Ruiz entre 1917 y 1956 y que refleja, por tanto, su relación con quien era “cónsul general de la poesía” (así lo bautizó Lorca) y meticuloso Eckermann de su marido hasta construir su importante libro Juan Ramón, de viva voz. Por otra parte, Alfonso Alegre Heitzman presentó el primer volumen del Epistolario general de Juan Ramón, que revelaba el ambicioso designio organizativo de quien fue animador del modernismo en España y, en vísperas de la guerra de 1914 y novio enamorado, fue un activo creador de una conciencia político-literaria progresista y nacional. El año 2008 trajo otras dos novedades: Gabriele Morelli preparó el Epistolario mantenido por el poeta chileno Vicente Huidobro con Gerardo Diego, Juan Larrea y Guillermo de Torre, entre 1918 y 1947, que es la mejor expresión de los avatares del creacionismo y la nueva poesía, y a Consuelo Carredano se debió la compilación del Epistolario 1912-1958, de Adolfo Salazar, cumplida muestra de las jornadas del mejor crítico de música español, siempre atento a las vibraciones del pensamiento y de las otras artes. En 2009 Emilia Cortés publicó el Epistolario intercambiado entre Zenobia Camprubí y la investigadora cubana Graciela Palau, que desde 1942 fue apoyo del matrimonio Jiménez-Camprubí en Maryland y luego, autora de la primera monografía autorizada sobre el poeta, además de editora de los diarios americanos de Zenobia, ya en fechas más recientes. De la misma fecha fue el Epistolario de Gabriel Celaya y León Sánchez Cuesta, editado por Díaz de Guereñu, cuyas primeras cartas —pocas— pertenecen a los días de la República y las más a la época altofranquista, en que el antiguo estudiante de ingeniería en la Residencia persevera como poeta, militante comunista y gestor de la colección de poesía Norte.

El libro de Díaz de Guereñu fue la primera incursión en un proyecto más amplio que será el catálogo, estudio y publicación parcial de los documentos del archivo de León Sánchez Cuesta (1892-1978), cuñado del poeta Pedro Salinas, librero y distribuidor en Madrid desde 1924, suministrador (y empleador, a veces) de los jóvenes escritores, editor de Juan Ramón Jiménez y creador de la Librería Española de París. Sus archivos fueron legados a la Residencia de Estudiantes y una excelente monografía de Ana María Sánchez Rus, “San León librero”: las empresas culturales de Sánchez Cuesta, Gijón, 2007, da una idea cabal de su importancia. En los siguientes años no han faltado proyectos pero sí las posibilidades crematísticas de llevarlos a cabo en un país azotado por la crisis: con todo, en 2012 vio la luz el Epistolario II: 1916-1936, de Juan Ramón Jiménez, obra siempre de Alfonso Alegre Heitzmann, que retomaba la secuencia de sus cartas en enero de 1917, recién escrito y a punto de publicarse el Diario de un poeta recién casado y con un poeta que está decidido a capitanear la historia de la poesía española.

Fuente : Revista Mercurio /José-Carlos Mainer .

El arte epistolar. Estructuras supervivientes (2)

El correo es un medio cultural fundamental: promueve la escritura, teje relaciones entre personas y comunidades y, como dijo Carlos Monsiváis, mantiene viva la esperanza

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La función principal de la carta ha sido siempre la comunicación. Alguien tiene algo que decir a otra persona y ese es el motivo para establecer una correa de transmisión gracias a la cual la distancia geográfica o mental ha podido superarse. Hasta la llegada del teléfono las cartas iban y venían constantemente, de una calle a otra de la misma ciudad, de una ciudad a otra, de un país a otro, de uno a otro imperio… Eran el único modo eficaz de ponerse en contacto y, como ahora ocurre con el correo electrónico, la gente ocupaba una parte significativa de su tiempo (que podía ser toda una mañana) para mantener al día el correo.

En la medida en que las cartas tienen un destinatario concreto, indicado bien en los mismos pliegues del papel (procedimiento habitual cuando la carta se entregaba en mano), bien en el sobre, su contenido dependerá de a quién se dirigen. Es la naturaleza de la relación entre los corresponsales la que condiciona el contenido, el estilo y el grado de afectividad que transmitan. Dicho esto, es evidente que aunque la carta esté condicionada por el destinatario y nuestra relación con él, hay mucho que decir del remitente. Hay quien adora expresarse por escrito, que destina parte de su tiempo a construir delicadamente esa cápsula intelectual o afectiva que es una misiva, mientras que muchas personas por más interés que tengan en el otro no dejan de expresarse rutinariamente, sin calor y muchas veces sin afecto, a pesar de sentirlo.

A George Sand, soberbia epistológrafa, la carta le permitía salir de sí misma, de la “prisión del Yo” para tocar el mundo. Lo tocaba tanto escribiéndolas como recibiéndolas. ¿Hay placer mayor que recibir una carta de alguien que nos ama? “Me gustaría recibir aún más cartas tuyas. Me gustaría que me inundases de palabras, que me dijeses lo que ya sé pero que tanto me gusta oírte. Así, por carta, resulta menos ruborosa la confesión”, escribe un joven y ansioso Camilo José Cela a su novia, Charo Conde, el 8 de julio de 1941. La “manía epistolar” de Cela le llevaba a copiar las cartas que escribía y que por supuesto guardaba en su archivo. Casi cien mil cartas, conservadas en la Fundación CJC, que van saliendo con cuentagotas.

En todo caso, la fecha es importante en una carta, como lo es en un diario, porque cristaliza un estado de ánimo ubicado en el tiempo, nos proporciona un trozo de vida aislado del resto y envuelto en una intencionalidad. Porque en la medida en que nos dirigimos a otro ejercemos algún modo de transacción, administrativa, comercial, afectiva. Buscamos la confirmación del amor, como Cela en el 41, el establecimiento de un afecto, el mantenimiento de una amistad, la comprensión del otro, la petición de un favor, el afán de noticias… Los motivos son infinitos pero cualquiera de ellos nos ha movido a escribir.

Las cartas son valiosísimos restos, huellas, fósiles que nos permiten comprender el funcionamiento de un tiempo y de las personalidades implicadas. Sin ellas, cualquier biógrafo se siente perdido.

La lectura parcial del copioso epistolario del escritor romántico Juan Eugenio Hartzenbusch, depositado hace unos 150 años en la Biblioteca Nacional por su hijo, me ha hecho pensar en el poco respeto que la cultura española ha manifestado por las correspondencias.

¿Cómo se explica que todavía no dispongamos de una edición del epistolario de Hartzenbusch cuando es el más completo de nuestro Romanticismo? El autor de Los amantes de Teruel fue uno de los pocos interlocutores que tuvieron nuestras románticas y sus cartas cruzadas con Gertrudis Gómez de Avellaneda, Carolina Coronado, Fernán Caballero o Faustina Sáez de Melgar son un valioso testimonio de la lucha de aquellas mujeres por hacerse un hueco en la vida literaria con sus revistas y composiciones. Hartzenbusch fue director de la BNE y dado que el acceso de las mujeres a dicha institución estaba prohibido, el gran erudito les facilitaba la consulta, bajo mano, de los libros que precisaban leer para documentarse en su labor literaria. Las peticiones van y vienen, todas las atiende Hartzenbusch; también lee sus manuscritos, las anima a continuar y escribe prólogos y reseñas de sus obras. Su ascendencia alemana le une especialmente a Fernán Caballero (hija del cónsul Nicolás Böhl de Faber) y solo otro alemán, Theodor Heinermann, editaría en 1944 la maravillosa correspondencia disponible entre ambos autores. Pero el epistolario de Hartzenbusch sigue en el limbo y nadie se preocupó en su día de localizar las cartas enviadas por él para completar el legado. Mucho peor es el caso del epistolario de Santiago Ramón y Cajal, pese a haberlo depositado su hijo íntegramente en el Instituto Cajal.

La mayor parte de las cartas (unas doce mil, según cálculo de su editor actual, Juan Antonio Fernández Santarén) se han perdido. Es decir, se vendieron en su día fraudulentamente a anticuarios, pasaron a engrosar colecciones particulares o bien fueron a parar a un contenedor cuando el Centro de Investigaciones Biológicas necesitó hacer más espacio en su laboratorio. Papeles viejos o bien pequeños tesoros que nos conectan prodigiosamente con un pasado del cual solo nos quedan algunas “estructuras supervivientes” (la expresión es de J.L. Gaddis). Dos formas, en definitiva, de tratar el pasado, pero entre una y otra hay un mundo, el que va de la barbarie y la mezquindad al respeto y el reconocimiento del valor de la cultura. Porque el correo es un medio cultural fundamental: promueve la escritura, teje relaciones entre personas y comunidades y, como dijo Carlos Monsiváis, mantiene viva la esperanza. “Renuncio a tus poemas si piensas que con ellos sustituyes tus cartas; ese montón de alas estremecidas que vibran en mis manos, frescas con el rocío de nuestra intimidad”, escribe una moderna y abierta Ernestina de Champourcín a Carmen Conde, dos años menor y en cierto modo discípula de los consejos emancipatorios de la primera.

Las biografías precisan de esas estructuras supervivientes (cartas, documentos, imágenes, memorias), les son imprescindibles si aspiran a recuperar algo de los procesos mentales que un día lejano jugaron un papel decisivo en una vida humana. La labor de un biógrafo es parecida, aunque mucho más compleja, a la de un arqueólogo: reconstruye todo el conocimiento que puede a partir de los restos de que dispone. Las cartas son, en efecto, valiosísimos restos, huellas, fósiles que nos permiten comprender el funcionamiento de un tiempo y de las personalidades implicadas. Sin ellas, cualquier biógrafo se siente perdido. ¿Cómo no disponer de un museo nacional o de un archivo estatal dedicado a centralizar la información sobre las correspondencias y los legados personales? ¿Cómo no haber preparado todavía una antología con las mejores cartas escritas en castellano y que poder ofrecer a los estudiantes como estímulo y sugestión? ¡Cuántos cientos de miles de cartas perdidas! Alas estremecidas, estructuras supervivientes, trozos de vida que nos conectan con el mundo…

Post Scriptum. Las cartas viajaron de todas las formas imaginables. Fueron en manos de un mensajero a pie o a caballo, en recuas de acémilas, diligencias, carruajes de tiro, trenes, aviones, barcos… Metidas en sacas, perfumadas y con bellos adornos en el papel, enfundadas en una botella al mar por pura desesperación. Lo cierto es que el siglo XXI ha revolucionado, una vez más, el formato del correo. Las nuevas tecnologías conceden a la escritura (correo electrónico, SMS, WhatsApp, Telegram, redes sociales…) un espacio impensable hace unos años, cuando el teléfono era el medio hegemónico de comunicación. A medio camino entre lo oral, lo escrito y lo visual (gracias al recurso de todo tipo de emoticonos), el correo digital con su inmensa variedad de recursos es fruto de una creativa mutación que nos permite mantener viva la esperanza de contactar con el ausente y de construir lazos con él.

Fuente: Revista Mercurio / Anna Caballé .

El arte epistolar. Editorial (1)

Comenzamos en este post una serie de seis entregas referidas al arte epistolar, donde se puede incluir como partícipe del mismo al  correo postal, que ha pasado a un segundo plano por las nuevas tecnologías.

Este post recoge la editorial como preámbulo a cinco artículos interesantes artículos de Anna Caballé,  Jose-Carlos Mainer,  Andrés Soria Olmedo, Justo Navarro, Laura Freixas y Vicente Molina Foix.

Editorial
Ilustración de Eva Vázquez

No es de hoy la decadencia del correo —postal, una precisión obligada en la era de internet— que ya señalara Pedro Salinas en su célebre “Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar”, publicada a finales de los años cuarenta del siglo pasado, pero no cabe duda de que las nuevas tecnologías, que por una parte han estimulado el hábito de comunicarse por escrito, por la otra han puesto fin a toda una época en la que las cartas de papel fueron no sólo un vehículo de comunicación, sino una forma de hacer literatura. No en vano se habla del género epistolar, que brilló en el XVIII y ha sido cultivado en mayor o menor medida por todos los escritores desde entonces, dando lugar a repertorios que iluminan la personalidad de los corresponsales o su tiempo y en ocasiones trascienden el interés documental para formar parte de la obra.

De su utilidad para los biógrafos habla una experta en la materia como Anna Caballé, que compara la labor de aquellos con la de los arqueólogos y reclama la creación de archivos específicos, señalando el escaso respeto que la cultura española ha manifestado por las correspondencias y poniendo como ejemplo de este desdén los casos del epistolario aún inédito de Juan Eugenio Hartzenbusch, “el más completo de nuestro Romanticismo”, o del también ingente de Ramón y Cajal, en gran parte perdido.

Algo se ha avanzado, sin embargo, en las últimas décadas, y buena muestra de ello es el proyecto Epístola del que escribe su principal impulsor, José-Carlos Mainer, dedicado a la recuperación, análisis y edición digital de la correspondencia de los autores que protagonizaron la llamada Edad de Plata, cuyos epistolarios —algunos de ellos, como los de Juan Ramón, Zenobia, Jarnés, Cernuda o Altolaguirre, rescatados también en volúmenes impresos— son de lectura imprescindible a la hora de fijar las coordenadas del periodo. De una de las generaciones que convivieron entonces, la del 27, que ha dejado muestras tan significativas como las cartas cruzadas entre Salinas y Guillén o las dirigidas por el primero a su amante Katherine Withmore, trata Andrés Soria Olmedo, para quien sumado a su valor como herramientas para reconstruir la historia literaria está el de suscitar emociones que no se habrían conservado de otro modo.

Algunos autores escriben sus cartas pensando en la posteridad, pero otros —cualquiera en ciertos momentos— lo hacen con un carácter estrictamente privado. Justo Navarro plantea el dilema acerca de su difusión póstuma, difícil de evitar cuando se trata de escritores de los que interesa todo, y sale del ámbito de la lengua española para transitar por los epistolarios de Calvino, Nabokov, Zweig, Roth, Bachmann o Celan, pródigos en intimidades no siempre favorecedoras. Laura Freixas, por su parte, celebra el ingenio y la vivacidad de una autora ya clásica, madame de Sévigné, mujer extraordinaria que escribió desde “fuera de las murallas de la Literatura” y cuyas cartas son un monumento, nada suntuoso, de lo que los franceses llamaron su Gran Siglo.

Como género egoísta, lo define Vicente Molina Foix, que señala asimismo el menosprecio con que los españoles lo han juzgado hasta hace poco y se detiene para cuestionar esta desatención en la correspondencia intercambiada entre la exiliada Rosa Chacel y una joven Ana María Moix, dos autoras que trabaron estrecho contacto con un océano de por medio. Eso hacen las cartas, tender puentes, crear un espacio de entendimiento que anula la geografía y construye, sólo con palabras, un mundo aparte.

Fuente: Revista Mercurio .