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El tío Jesús dona 80.000 euros para la guardería del pueblo

Un vecino de Piornal (Cáceres) cede sus ahorros y rebautiza el centro infantil como Jesús y Sabina, en memoria de su esposa fallecida

¿Qué tal está usted? “Bastante regular”. Jesús Vicente Díaz quiere decir que está pero que muy bien, pero lo expresa en castúo, esa suerte de dialecto del norte de Extremadura, propio de gentes que hacen honor al nombre de la región. En efecto, a Jesús no le falta de nada, ni siquiera salud, a sus 88 años, y si algo le sobra es dinero: acaba de donar 80.000 euros para la guardería de Piornal. Menuda campaná, que diría Pedro Almodóvar, para un pueblo de 1.530 habitantes, que nunca había visto dádiva semejante. Ni ese pueblo ni los que le rodean, esas cosas allí no se estilan.

“Me dijeron el señor alcalde y la directora de la residencia que sería bueno para la guardería y bien contento que me he quedado. El dinero no me falta”, dice rumboso por teléfono desde el geriátrico de este pueblo cacereño. El centro de educación infantil se llama ahora Jesús y Sabina. “Lo he hecho por ella”, dice.

El matrimonio no pudo tener hijos, aunque bien que les hubiera gustado. Por eso, muerta la mujer hace unos tres años, los ahorros han rebautizado una guardería que antes se dedicó a Gloria Fuertes. Pensando en Sabina, Jesús llora al otro lado del teléfono: “Era muy noble y de muy buen pensamiento. Nunca discutíamos”. Más sereno, dirá luego: “Yo le contaba todo lo que pasaba y ella me lo aceptaba. Un día me dijo que si me iba por ahí… y tenía alguna amiga… y aquella quedaba embarazada pues que le ofreciera bien de perras y nos traíamos al niño, pero no salió la cosa”. En fin, un vientre de alquiler avant la lettre. Después pensaron en la adopción, pero la mala experiencia de un amigo les hizo desistir: “Se me quitó la moral”.

Sin herederos, la vida del matrimonio fue el trabajo sin descanso. Amasar dinero sin más destino que unos chatos en el bar y alguna cuchipanda de tarde en tarde. “Yo los chatos me los sigo tomando, hasta hace dos años hacía vino de pitarra y lo mezclaba con un poquino de cocacola y me preparaba mi calimocho, cada día. Ahora le compro el vino al compadre. El campo ya lo he dejado”, dice.

Piornal es el pueblo más alto de Extremadura, unos 1.200 metros sobre el nivel del mar donde blanquean copiosas nevadas cada invierno —“alguna vez nos ha tocado salir por el balcón porque por la puerta no se podía”—. Allí se crían “cerezos, castaños, olivos”. Pero Jesús se dedicó también a la madera. Manipuló una máquina y ganó tanto en eficacia que los tablones salían “lisos como una plancha”. “Así que los carpinteros me los compraban a mí, no tenían que ir a la fábrica. Tuve muchos clientes, hice bien de dinero, más que con el campo, mucho más, dónde va a parar”.

Bien le viene ahora a la guardería la generosidad de Jesús. “Claro que tengo sobrinos, pero no les molesta, yo no les dejo a deber nada”, prosigue con las formas castúas del valle.

El alcalde en funciones, el socialista Ernesto Agudíez, cuenta que la guardería antigua ya no cumplía los requisitos. “Muchas escaleras, una salida peligrosa en plena curva de la carretera. Ahora la hemos puesto al lado de la escuela y con muy buenas vistas”. “La donación servirá para pagar facturas, porque de la obra se ha encargado por completo el Ayuntamiento”, señala Agudíez.

La guardería linda con la residencia de ancianos donde come y duerme Jesús. “Yo hablo mucho con los niños, ya me conocen y me dan besos, me llaman tío”. Cada mañana, cuando despierta y se asea, se ajusta la boina y se va a su casa, ahora sola, por si también necesita un aseado. “Si hay que barrer alguna cosina, se barre y ya está”, dice resuelto con el deje bailón propio de los piornalegos.

A mediodía volverá a la residencia. “Las comidas de Sabina eran mejores. Cinco kilos menos peso desde que estoy aquí, pero me viene bien quitarme carnes, porque soy diabético y eso me ayuda a vivir”. Pues no se hable más. Jesús se despide encantado. Le espera un largo día: tiene varias citas con los periodistas. Esas donaciones no se ven todos los días en el mundo rural.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / CARMEN MORÁN BREÑA

RinGol: el deporte creado en un colegio sevillano que ya se juega hasta en Latinoamérica

Algunos dedican el verano a tirarse en la playa, hay quien prefiere viajar a lugares exóticos, no faltan los que optan por devorar todos aquellos libros que no han podido leer durante el resto del año. Y luego está Manuel Martín, profesor de Educación Física, que dedicó las vacaciones de de 2016 a dar forma a un proyecto muy especial.

Con décadas de experiencia en patios de recreo a sus espaldas, Martín decidió que merecía la pena consagrar esos meses de julio y agosto a crear, junto con otros docentes de su especialidad, una actividad escolar que supliera la gran carencia que había detectado en la práctica deportiva de los colegios españoles. Un deporte que permitiera que los alumnos con menor competencia motriz o con necesidades especiales no fueran siempre espectadores o poco participantes en los juegos escolares de equipo, donde brillaban y disfrutaban sólo aquellos estudiantes con mayores capacidades.

Y así nació el RinGol,

un deporte que desde donde se creó, el centro María Auxiliadora Salesianas de San Vicente (Sevilla), se ha ido extendiendo por España, de sur a norte, y ha llegado hasta incluso a Latinoamérica, donde ya hay colegios que lo han incorporado. Sólo en la provincia de Sevilla, el conocimiento del RinGol ha llegado a más de 50.000 escolares de casi 100 colegios.

El RinGol combina jugadas y reglas de cinco modalidades ya existentes: fútbol, balonmano, voleibol, baloncesto y rugby. Consiste en introducir el balón en la portería o en el aro (ring en inglés, de ahí el nombre) que se coloca sobre ella. Pero no se trata de meterlo de cualquier forma, sino que el juego impone como norma una necesaria colaboración, ya que los movimientos para colar el balón y la posesión del esférico están limitados. Así, un jugador no puede tocar o golpear el balón más de una vez. Cuando lo haga, debe ceder la posesión a otro miembro de su equipo, de forma que se evita por completo la figura del jugador chupón que acapara el balón o que por su destreza y capacidad asume un papel protagonista de forma constante.

“Los apellidos del RinGol son inclusivo y cooperativo”, señala Martín, el creador del deporte. Y ésa parece que ha sido la clave de su éxito, ya que el fin último de este juego no es marcar goles, sino cooperar para anotarlos. El protagonismo se diluye así en el equipo, lo que resulta particularmente adecuado en entornos escolares.

Las otras normas que afectan al juego son de fácil asimilación y están bien explicadas en los diversos vídeos que la Asociación Deportiva RinGol tiene en su canal de Youtube o en las 10 reglas básicas que ofrecen en su web: el balón pesa unos 200 gramos, se juega en equipos mixtos de siete u ocho jugadores, se juega en partidos de dos partes de 15 minutos, las faltas son cooperativas (hay pasador y lanzador), se puede golpear el balón usando cualquier parte del cuerpo (a excepción del puño y la cabeza; con el pie sólo en parábola y con la mano siempre usando la palma)… Introducir el balón en la portería equivale a un tanto, mientras que si se introduce por el aro, emblema del RinGol, se suman dos.

En centros educativos como los españoles, donde nunca sobra el presupuesto para el equipamiento extra, el RinGol ha triunfado también posiblemente por su escasa exigencia de inversión. Basta con disponer de una superficie de juego rectangular -similar a la de una pista de fútbol sala- y añadir un aro a la parte superior del larguero de las dos porterías.

El RinGol, por otro lado, resulta menos agresivo y más integrador que la mayoría de deportes escolares. Pero la comparación con el fútbol en particular resulta inevitable. El fútbol no es únicamente el deporte rey en los medios; también lo es en los recreos, hasta el punto que se convierte en un deporte dictador, socialmente contaminado por la competitividad y con riesgo de segregación de las niñas frente a los niños.

El RinGol resulta un deporte muy fácil, donde es necesario que colaboren todos los jugadores, por lo que la capacidad motriz del individuo queda compensada por su participación dentro del grupo y a través de un deporte que integra tren superior, tren inferior y carrera. Además, no contribuye a las lesiones por sobresfuerzo. Alumnos que no jugaban al fútbol en los recreos, por no ser demasiado competitivos o no encontrarse al nivel de sus compañeros, sí se integran con éxito en el RinGol, lo que ha terminado cambiando los usos de muchos patios escolares españoles.

De hecho, ya han nacido ligas escolares provinciales de RinGol. Al principio lo hicieron sólo en Andalucía, pero ahora ya existen en otros puntos de España, con entrenadores y árbitros oficiales que son formados por la Asociación Deportiva RinGol. Una entidad que también ayuda a los centros escolares que decidan introducir esta modalidad en su alumnado facilitándoles los recursos necesarios para desarrollar con éxito la implantación del nuevo deporte total.

FUENTE: DIARIO EL MUNDO / IRENE HERNÁNDEZ VELASCO .

 

 

Salman Khan, el matemático con millones de alumnos, Premio Princesa de Asturias de Cooperación 2019

El galardonado es el creador de una web gratuita para que niños de todo el mundo aprendan ciencias
En la foto el Matemático Salman Khan. Anuncio oficial del Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2019 para Khan. FOTO: KHAN ACADEMY VÍDEO : ATLAS .

El matemático e ingeniero estadounidense Salman Khan ha sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2019. Khan es el creador de la Khan Academy, una web gratuita que permite que niños y adolescentes de todo el mundo aprendan matemáticas y ciencias a su ritmo, a través de vídeos y ejercicios.

El jurado ha decidido conceder el premio a Khan y a la plataforma por él creada en 2008 por la consolidación de “un formato original y transformador” que ofrece material educativo gratuito, a través de Internet, para todas las edades y en cualquier lugar del mundo. Con una “visión pedagógica innovadora”, Khan ha ideado un proyecto formativo complementario a partir de su lema “solo tienes que saber una cosa: puedes aprender cualquier cosa”, según detalla el acta que ha sido leída este miércoles en Oviedo por el presidente del jurado, Gustavo Suárez Pertierra, exministro de Educación y presidente del Comité Español de la Unicef.

Khan Academy, con más de 60 millones de usuarios registrados en 190 países, ofrece, en más de 30 idiomas, ejercicios de práctica, vídeos instructivos y un sistema de aprendizaje personalizado que permite a los alumnos aprender a su propio ritmo dentro y fuera del aula materias como las matemáticas, la ciencia o la historia. Su sistema conquistó a Bill Gates y está sostenido por otras generosas fortunas que han contribuido a auparle como el maestro del mundo.

Nacido en Nueva Orleans en 1976 de madre india y padre bangladesí, y criado en un hogar que se mantenía con lo justo, Khan se ha ganado la fama de revolucionario con un sistema surgido de su propia experiencia y de unas cuantas certezas. El ingeniero eléctrico, matemático e informático formado en Harvard y el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) cree que cada estudiante es único y tiene ritmos de aprendizaje únicos que el sistema tradicional de enseñanza, esencialmente pasivo, no puede satisfacer.

Khan plantea una suerte de escuela al revés: se aprende en casa, con lecciones grabadas en vídeo y ejercicios, y se hacen los deberes en el aula. De esta forma, el estudiante que no ha entendido un concepto no tiene más que rebobinar la lección cuantas veces necesite hasta dominarla. Y el profesor, que dispone de un programa para seguir los progresos y tropiezos de cada alumno en casa, puede invertir su tiempo en resolver lagunas. La escuela tradicional “te castiga por experimentar y fracasar” y eso hace que vayan solapándose déficits de aprendizaje, suele decir Khan. Su propuesta pasa justo por lo contrario: “Súbete a la bici y cáete. Hazlo por el tiempo que sea necesario hasta dominarla”. “Si dejas que el alumno trabaje a su ritmo”, sostiene, “de repente empieza a interesarse y a evolucionar”.

Khan lo aprendió de su prima Nadia, una inteligente niña de 12 años a la que en 2004 se le habían atragantado las matemáticas. Él vivía entonces en Boston y Nadia, en Nueva Orleans, pero el analista decidió darle lecciones telefónicas cuando descubrió que la joven había perdido toda confianza en sí misma por su traspiés con los números. “Era lógica, creativa y tenaz”, explica en su libro The One World Schoolhouse. Simplemente se le resistía la conversión de unidades y, sin esa base, era incapaz de seguir interiorizando conceptos matemáticos. Después de esto, Khan se vio enseñando a una quincena de hijos de familiares y amigos. El teléfono no era práctico, así que probó con sesiones en grupo por Skype, pero no resultaba tan eficaz. Cuando pensaba en dejarlo, un amigo le animó a hacer vídeos y subirlos a YouTube.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / EFE /  EL PAÍS .

 

“La tecnología está creando una pasividad peligrosa”. Entrevista a José Antonio Marina

El pensador denuncia “un empobrecimiento intelectual absoluto y dramático” por el mal uso del móvil

El filósofo y pedagogo José Antonio Marina (Toledo, 1939) cree que se está extendiendo una “idea destructiva”: ¿para qué lo voy a aprender si lo puedo encontrar en Internet? Él contesta con una diapositiva de las cuatro ecuaciones del campo electromagnético de Maxwel: ¿Las entendéis? Cree que hay que reivindicar el conocimiento y ha escrito un libro, Historia visual de la inteligencia (Conecta), en el que con textos, mapas mentales y jeroglíficos repasa la historia de la humanidad hasta la inteligencia artificial.

Pregunta. Los nórdicos invierten mucho en educación infantil porque el cerebro se forma entonces. ¿Deberíamos poner más fondos?

Respuesta. Es importante porque en la primera infancia, hasta los siete u ocho años, el cerebro es extraordinariamente plástico y se establecen las conexiones neuronales. Pero uno de los descubrimientos más sorprendentes de la neurología, ya hace 15 años, es que hay una segunda época dorada del aprendizaje, en la que se rediseña el cerebro con un tipo nuevo de neuroplasticidad, entre los 13 y los 18 años. Cambia la anatomía del cerebro, los grandes hábitos se implantan mejor y podemos corregir fallos educativos.

P. De modo que no se puede descuidar a los adolescentes.

R. El niño tiene que aprender a organizarse en el mundo al que ha venido y el adolescente aprender porque se va a emancipar. Siempre hacemos responsables a las hormonas de las alteraciones en la adolescencia, pero también está cambiando la forma de funcionar el cerebro. Hay que aprovechar esta capacidad.

P. Se les reprocha tener déficit de atención, de hecho, las clases son más cortas (50 minutos).

R. Hasta un 12% de los alumnos tienen problemas de atención. Lo vimos en la Escuela de Padres. El uso de móviles está dificultando la atención voluntaria. Al mirarlo y volver a la tarea podemos perder hasta el 40% de la información que manejábamos. Es una especie de hacer y deshacer. Un síndrome compulsivo, si no miran la pantalla cada tres o cuatro minutos empiezan a sentir una especie de angustia. Eso es un disparate completo. Ese trajín puede ser de 300 o 400 veces al día. Hay mucha gente que no es nativa digital y empieza ahora por el móvil a tener dificultades para leer un texto medianamente largo. Eso es un empobrecimiento intelectual absoluto y dramático.

“Gente que no es nativa digital tiene dificultades en leer un texto largo”

P. ¿Habría que hacer como en Silicon Valley que prohíben el móvil a las cuidadoras?

R. En mi libro se cuenta cómo la tecnología está haciendo las cosas tan fáciles que empieza a resultar casi insoportable hacer un pequeño esfuerzo. Queremos que una aplicación lo resuelva todo. Al final se crea una pasividad que es peligrosa. No hay que ser solo bueno técnicamente sino crítico.

P. El 85% de los trabajos de 2030 no se han inventado, según el informe Dell Technologies. ¿Estamos preparados?

R. En 2040 o 2050 no solo habrá cambios en los trabajos, sino desembarco de sistemas potentísimos de inteligencia artificial, de microimplantes neurológicos, de drogas de la memoria o de avances genéticos, aunque estos más lentos. Y hay compañías informáticas —en especial Google— preparadas para hacerse con el talento con programas educativos muy potentes, mientras que en el mundo de la educación no estamos reaccionando. Este libro aborda cómo el mundo de la inteligencia artificial maneja muy bien la parte cognitiva pero no la parte emocional, que es la que nos lleva a tomar decisiones.

P. Canarias imparte la materia Educación Emocional.

R. La asignatura se queda corta. No podemos decirles a los alumnos cómo resolver los problemas que tendrán, pero sí proporcionarles recursos para ser rápidos en aprender, tenaces, optimistas… Tienen que saber gestionar las emociones, sobreponerse al fracaso, disfrutar de las cosas buenas, saber elegir las metas, saber centrar la atención… La rapidez en el aprendizaje es lo que nos ha definido como especie y por tanto es el núcleo de lo que somos.

P. Usted se pregunta por qué si somos tan inteligentes hacemos tantas tonterías.

R. Por ejemplo, en Reino Unido se plantean que el Brexit va a ser malo para ellos y la Unión Europea. La psicología estudia la inteligencia como si fuese una facultad individual, pero se da en un entorno social que la favorece o la destruye. Con el nacionalismo hay que plantearse si se están tomando decisiones inteligentes o entregando emociones que no se sabe bien adónde conducen. Y todo esto es teoría y práctica de la inteligencia y la educación.

“La rapidez en el aprendizaje es lo que nos ha definido como especie”

P.  Distintos informes manifiestan que los alumnos no practican el “mens sana in corpore sano”. ¿Es grave?

R. Educación Física es una asignatura que en España metemos de clavo y con poco tiempo cuando el ejercicio es el gran protector el cerebro. Por eso la gente mayor debe ejercitarse más físicamente que intelectualmente. Y, si el deporte es reglado, a los niños les organiza mucho la conducta y es un antídoto contra la obesidad, la droga o el alcohol. Además, deberíamos dar más protagonismo a los profesores de Educación Física y Teatro, porque tienen un acceso —sobre todo en secundaria— a los alumnos diferente. Nadie en en la cancha discute que el entrenador sabe cómo se juega y quienes son los jugadores.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS / ELISA SILIÓ .

 

La rebelión analógica de la escuela

Profesores, padres y directores se plantan ante la digitalización de los centros / Se populariza entre las familias una carta que pide al menos un aula por curso sin tabletas.

Fernando de la Cueva es profesor de 2º de la ESO de Matemáticas en un instituto de Zaragoza. Lleva 31 años dando clase. El claustro de su centro ha aprobado por mayoría sustituir a partir de este curso los libros de papel por libros electrónicos y, pese a que es obligatorio, él se ha negado a hacerlo. Es un insumiso a favor de la escuela analógica, un defensor de las virtudes del aprendizaje no digital.

El pasado jueves Fernando se presentó en el instituto con 120 libros de Matemáticas de Anaya de la edición en papel de 2008 para prestárselos a sus alumnos, en contra del criterio de la dirección del instituto. Son 103 kilos de peso que llevó cargando a pulso desde el coche al aula mientras el resto de profesores le miraba estupefacto. Los ha recopilado gracias a profesores de otros centros y familias que simpatizaron con su causa. Envió correos electrónicos a todos los colegios públicos, privados y concertados de Aragón, a las asociaciones de padres y a la mayoría de profesores de Matemáticas de la comunidad autónoma. «Es un libro de hace 11 años, pero había mucha gente que lo conservaba. Unos y otros se han solidarizado conmigo con muchísima generosidad. Me han llegado libros de pueblos y capitales de las tres provincias aragonesas», explica.

Su clase va a ser la única del curso que no utilice e-books en Matemáticas. Él defiende que para su asignatura no funcionan. «En Matemáticas estamos constantemente haciendo anotaciones con un lápiz en los márgenes de los libros. Pero tratar de modificar un texto digital es muy trabajoso, porque sólo para subrayar una frase los alumnos tardan 10 minutos. ¿Y cómo apuntas una fórmula o un símbolo, dibujas una esfera o marcas su diámetro? ¿Cómo cambias una escala que está mal? Es imposible usar el compás para medir una circunferencia porque no se puede clavar la aguja en el cristal», argumenta.

Sostiene que, durante los últimos cuatro años, en que sus alumnos han trabajado de forma experimental y voluntaria con las tabletas, el rendimiento ha bajado. No son sólo los inconvenientes técnicos, sino que los críos se pasan el rato en YouTube o en Instagram. Se distraen. Piensan más en los likes que en el álgebra, la geometría o la aritmética.

Para Matemáticas no funcionan. ¿Cómo utilizas un compás en una tableta? ¿Cómo anotas una fórmula?
FERNANDO DE LA CUEVA (DOCENTE)

Oficialmente Fernando tiene a casi todo el centro en contra. «¿Puede vetar el claustro los libros de papel?», le preguntó al Justicia de Aragón, y este organismo -equivalente regional al Defensor del Pueblo– ha desestimado su queja y le ha dicho que se tiene que aguantar, que las decisiones relacionadas con los proyectos curriculares y con los métodos didácticos son «de obligado cumplimiento». Pero el jueves varios padres le agradecieron que sus hijos lleven libros de papel este año. Otra docente se acercó y le felicitó. El padre de un ex alumno, inspector de Trabajo, se desplazó expresamente al centro para conocerle en persona. Se ha convertido en una especie de Quijote, un héroe de la tinta y del trabajo manual.

En realidad, él es partidario de la tecnología. En 1988 empezó a usar medios informáticos en sus clases; a diario se comunica con padres y con alumnos a través del email, y cuelga todos sus materiales con hiperenlaces y vídeos en la web del instituto. Pero en su experiencia del día a día ha constatado que una herramienta que puede ser muy útil para unos fines, para sus clases ha resultado un lastre. «Yo lo que pretendo es que se reconozca el derecho del profesor y de los padres para elegir los medios de enseñanza que consideren más adecuados para los alumnos. No tengo nada en contra de la tecnología, pero sin obligaciones», recalca.

Algo se está moviendo en la escuela. Hay una revolución en ciernes protagonizada por personas como Fernando. No son antitecnológicos, pero piden una reflexión en torno a la tendencia a sustituir los libros de papel por las tabletas sin evaluar sus efectos. Cada vez hay más docentes, padres y directores que están plantándose ante la creciente digitalización de las aulas.

Por los grupos de WhatsApp y en las salas de profesores se ha popularizado una carta. Su encabezamiento dice: «Para una educación con un uso limitado de la tableta/del ordenador en el colegio». En ella el firmante solicita al colegio que haya al menos una clase por curso en la que no se use la tableta «de forma intensiva» y se deje de usar material digitalizado como «principal herramienta de trabajo» en el colegio. Eso se concreta en que la tableta se quede siempre en el colegio y el alumno no tenga que acceder a internet desde casa para hacer sus deberes, que haya también libros con soporte de papel y que los niños «trabajen detrás de la pantalla haciendo, por ejemplo, Robótica Programación, en vez de delante de ella como meros consumidores». En la práctica, la carta, cuya idea se le ocurrió a la divulgadora educativa Catherine L’Ecuyer, no tiene carácter vinculante, pero sirve como desahogo, sobre todo para las familias.

Enrique Torres es un padre de nueve hijos que reside en Sant Quirze del Vallès (Barcelona). Uno de los principales motivos para cambiarles del colegio en el que estaban fue porque, hace un par de años, el centro implantó las tabletas en el aula «sin pedirles permiso a las familias».

«A partir de 5º de Primaria eliminaron los libros de papel y todo pasó a ser 100% con iPads. Nos avisaron un año antes. Nos chocó tanto a los padres que creamos un grupo e intentamos convencerles para que crearan una línea no digital. También pedimos que los iPads se quedaran en el colegio y no se llevaran a casa, pero nos dijeron a todo que no», recuerda.

Él aportó evidencia científica, argumentó que la exposición a las pantallas afectaba a los ritmos de sueño, y les dijo que los filtros y los controles en la práctica no funcionaban, pero fue inútil. «Yo no demonizo la tecnología, pero vi que en algunos de mis hijos se estaba generando cierta adicción. Además, no me parece buena idea que en el colegio se pasen seis horas frente a un dispositivo retroiluminado y, cuando lleguen a casa, sigan conectados», continúa.

Enrique considera «muy grave» que los colegios no pidan permiso a las familias para introducir «una herramienta tan invasora». «Al igual que tenemos que firmar una autorización para que nuestros hijos vayan a una excursión o aparezcan en fotografías, no entiendo cómo no nos consultan si queremos que estén todo el día pegados a una pantalla», expresa. «¿Y cómo defiendo yo en mi casa que mis hijos no tengan móvil hasta los 16 años si luego les ponen desde los 10 años una tableta en el colegio?», se pregunta.

En Cataluña, el 52% de los centros tiene prohibido el uso del móvil en el aula, según un informe del Consell Escolar. El International Journal of Educational Research publicó el año pasado un estudio de Toni Mora, vicerrector de la Universidad Internacional de Cataluña, donde analizaba el impacto del programa que la Generalitat empezó a poner en marcha en 2009 para promover el uso de los portátiles en las aulas. Analizando el rendimiento de los estudiantes de Secundaria entre ese año y 2016, Mora concluyó que el programa ha tenido «un impacto negativo en el desempeño de Lengua Catalana, Lengua Castellana, Inglés y Matemáticas», pues en las evaluaciones de final de etapa la nota ha bajado entre un 3,8% y un 6,2%. «El efecto negativo es más potente para los chicos que para las chicas», asegura.

¿Cómo defiendo que no tengan móvil hasta los 16 si en el colegio les ponen una tableta desde los 10 años?

ENRIQUE TORRES (PADRE)

Este trabajo va en la línea de lo que ha dicho al respecto la OCDE, que en otra investigación de 2015 concluyó que los ordenadores no mejoran las notas de los estudiantes e incluso las perjudican si se utilizan muy a menudo. Más recientemente, otro estudio publicado en junio por un equipo internacional de investigadores de las universidades de HarvardOxfordManchesterWestern Sydney y King’s College ha encontrado que internet puede afectar a la atención, a la memoria y a la interacción social.

Lluís Seguí es el director del Liceo Politécnico de Rubí (Barcelona), un centro que en 2016 implantó las tabletas entre 1º y 4º de la ESO y al año siguiente las quitó. ¿Por qué? «El planteamiento era interesante, pero vimos que no era real la mejora de la calidad. La mayoría de los chavales identificaba las tabletas como instrumentos de ocio y eran un frecuente motivo de distracción. Por mucho que controlásemos y pusiésemos filtros, los alumnos se ponían a jugar y se distraían mucho, todo lo contrario al estudio, que requiere atención. Cuando vimos que no se mejoraba el rendimiento escolar, que era la razón por la que las pusimos, las retiramos», relata Seguí.

Seguí está al frente del único centro en España que ha desarrollado con la Universidad de Stanford un FabLab@School, un laboratorio de fabricación integrado dentro del currículo donde los alumnos fabrican maquetas y robots con impresoras 3D, cortadores láser y otra maquinaria de última generación. No son antitecnológicos precisamente. «Sería absurdo estar en contra de la tecnología, pero la entendemos como una herramienta al servicio del desarrollo de las Humanidades. Primero pensamos y luego construimos, y no al revés. Aquí las tabletas no aportan nada, con un ordenador portátil para dos alumnos es suficiente», señala Seguí.

Reconoce que, cuando se introducen innovaciones educativas en el aula, el sistema es «poco crítico y apenas evalúa los resultados». «Cuando vinieron los de Stanford para el FabLab, se pasaron evaluándolo todo durante tres días. Respecto a las tabletas, hay que medir si ayudan o no al desarrollo humano de los chicos. Nosotros vimos claro que no».

Las pusimos y al año siguiente las quitamos porque distraían, no mejoró el rendimiento
LLUÍS SEGUÍ (DIRECTOR)

Lo constata Rafael Rodríguez, director del colegio concertado San Pedro de Gavá (Barcelona), que empezó hace más de una década poniendo pizarras digitales, comprando portátiles y formando a los profesores, pero decidió quitarlo todo hace cuatro años porque «no mejoraba el rendimiento». Y se pasó al método Montessori, que es todo lo contrario. «Hay muchos colegios que están rectificando: de basar su innovación en la tecnología a tener tecnología pero sin basar en ella su innovación. Antes había un discurso más potente en el que las TIC eran el cambio, pero ahora han pasado a un segundo plano», sostiene.

¿Por qué? Porque los responsables de los centros han visto que los alumnos se distraen; se conectan sin suficiente control y están abiertos a un mundo lleno de peligros sin la madurez suficiente para abordarlos; hay todo tipo de dificultades técnicas, y los libros digitales, a pesar de ser más baratos, tienen una licencia de uso limitada. Apunta Rodríguez: «Hace sólo una década, narrabas una historia en clase y conseguías tener a los alumnos escuchando y concentrados durante 10 minutos. Ahora no aguantan retener la atención tanto tiempo».

El colegio de Rodríguez se ha declarado también libre de móviles. Si un alumno tiene que llevarlo por algún motivo, está obligado a dejarlo en la entrada en una taquilla. «Yo veía a los alumnos de Secundaria, que estaban todos con el móvil y ni se miraban unos a otros durante el recreo. Estaban aislándose. Ahora que no pueden llevarlos, su actitud ha cambiado: hablan, se ríen, se relacionan, participan… Se ha reducido mucho la conflictividad entre ellos».

FUENTE: DIARIO EL MUNDO / OLGA R. SANMARTIN .

El libro más misterioso del mundo

(Si bien el artículo no es reciente, nos parece lo suficientemente atractivo para publicarlo).

La editorial española Siloé clonará el ‘Códice Voynich’ de la Universidad de Yale, el mayor enigma editorial de la Edad Media.

Permanecen irresueltos los arcanos del Códice Voynich, un enigma en forma de libro viejo y descosido de 234 páginas y 22,5 por 16 centímetros que desde hace más de 50 años dormita en las estanterías de la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale en espera de que alguien despeje su misterio. ¿Cuaderno botánico de plantas inexistentes? ¿Tratado cosmológico? ¿Obra de iniciación esotérica? ¿Código élfico? ¿Libro cabalístico? ¿Relato bélico? ¿Catálogo de pócimas para magia? ¿Solución anticonceptiva para mujeres medievales en pecado? ¿El diario de un extraterrestre? ¿Estudio sobre la transmutación de la piedra filosofal?

¿El engaño perpetrado por un genio? Hay quien aún lo sostiene, pero hace tiempo que la hipótesis falsaria perdió fuerza. Exactamente desde que, en los años 40, el lingüista estadounidense George Zipf formuló la Ley de Zipf sobre la frecuencia de las palabras utilizadas en un texto. Según ella, el vocablo más utilizado aparece el doble de veces que el segundo más utilizado, el triple de veces que el tercero, el cuádruple que el cuarto, y así sucesivamente. Los estudiosos confirmaron hace tiempo que el texto del Voynich cumple con esa matemática de la palabra… y evidentemente nadie en el siglo XV (fecha científicamente probada de origen del texto) podía conocer ese enunciado.

Desde hace más de un siglo, el códice descubierto de forma casual en 1912 por el librero lituano Wilfrid Wojnicz entre los anaqueles de la Villa Mondragone —una mansión cercana a Roma que perteneció a la familia Borghese— continúa reventando la lógica científica y segregando la misma dosis de hipótesis descabelladas que de intentos serios de resolución. No se sabe quién lo escribió ni quién lo ilustró, ni con qué intención. No se sabe en qué idioma está escrito. Hay quien lo asimila al sánscrito, otros prefieren identificarlo como una posible lengua oriental, quizá india, hay quien habla del tamil, incluso de un experimento de lenguaje universal asimilable al esperanto. No se sabe si al cabo todo es un lenguaje encriptado (ni los máximos expertos estadounidenses en descifrado de códigos militares han sido capaces de asomarse a la cuestión con un mínimo de fiabilidad).

Tan solo el año pasado Stephen Bax, profesor de la Universidad de Berdfordshire en Reino Unido, aseguró que había descifrado 14 símbolos de los miles que pueblan el libro. Una certeza reina sobre el misterio: en 2011, la prueba del Carbono 14 practicada al manuscrito por un equipo de la Universidad de Arizona arrojó la aproximada partida de nacimiento del Voynich: un día entre 1404 y 1438. El día en que —probablemente, solo probablemente— un monje culminó, sobre las tablas de un scriptorium del norte de Italia y con el olfato de la paciencia, lo que 600 años después la fiel y entregada secta de seguidores del Códice Voynich sigue llamando el libro imposible.

Entre semejante maraña de incertidumbres, la aparición de cualquier noticia confirmada en torno a este enigma editorial hay que recibirla como lo que es: un hito. Por vez primera, y más allá de las reproducciones más o menos afortunadas elaboradas en el pasado, el Voynich tendrá su fotocopia: la editorial española Siloé, con sede en Burgos, ha sido la elegida entre aspirantes de todo el mundo por la Universidad de Yale para clonar el manuscrito.

Juan José García y Pablo Molinero son los dos socios propietarios de Siloé, una editorial especializada desde hace 20 años en clonar con igual altura de sensibilidad y rigor libros de horas medievales, volúmenes miniados, beatos, códices y cartularios de toda especie. Apenas 30 libros editados en dos décadas dan cuenta del trabajo de orfebrería puesto en pie por estos editores enamorados de su obra, y ahora emocionados con este auténtico pelotazo editorial.

“Supimos de la existencia del Voynich en 2005 y nos dijimos inmediatamente: ‘Hay que copiarlo’. Lo que más nos incitó a ello fue el hecho de que es uno de los libros más solicitados para exposiciones del mundo. Y es más sencillo para una institución como la Biblioteca Beinecke, en vez de estar poniendo trabas al préstamo una y otra vez, anunciar: ya existe una réplica exacta del códice, la ha hecho una editorial española y usted puede dirigirse a ella. Esto fue un buen argumento para que nos concedieran el proyecto”, explica Juan José García en una de las salas del pequeño museo del libro antiguo Fadrique de Basilea, en el casco histórico de Burgos, un escaparate de las obras facsimilares ejecutadas por la editorial a lo largo de su trayectoria (Beato de Ginebra, Libro de horas de LavalVida y milagros de San LuisCodex Calixtinus de SalamancaCartulario de Valpuesta… todo ello en un museo privado y “sostenible” en palabras de sus responsables, ya que en este caso las obras expuestas, además, están a la venta).

Hace dos años ya que los responsables de la Beinecke Library de Yale les anunciaron que eran ellos los elegidos para un contrato por el que suspiraban editores de todo el mundo. Desde entonces, los socios de Siloé, poseedores de 12 premios nacionales del Ministerio de Cultura a la mejor labor editorial en la modalidad de facsímiles y expositores habituales en las ferias de París, Nueva York o Fráncfort, han estado negociando el convenio de edición y las condiciones de trabajo para clonar el Voynich. “Este tipo de decisiones”, explica Juan José García, “no se toman de la noche a la mañana, en las universidades norteamericanas las cosas se maduran y se meditan muchísimo, hay departamentos cuasi estancos sobre todo tipo de materias que hasta que se ponen de acuerdo pasan años”.

Pero el momento de la verdad ha llegado. En febrero, García y su equipo viajarán hasta New Haven (EE UU) para, en una sala semioscura, tranquila y con luz fría de la Beinecke Library, con el original del Códice Voynich ya sobre la mesa de trabajo y un guarda de seguridad que no les quitará el ojo, iniciar las tareas de clonación. “¡Bueno, lo de la vigilancia es normal!”, bromea el editor burgalés. Las universidades estadounidenses y británicas, sobre todo, son enormemente cuidadosas con las medidas de seguridad. “Cuando clonamos el Bestiario de Westminster en la abadía de Westminster, por ejemplo, nos pidieron certificados de seguridad hasta de las clavijas de los focos que utilizábamos para iluminar; es que claro, ¡con un foco defectuoso puedes incendiar una abadía o una biblioteca!”.

La actuación de clonación sobre joyas de la codicología como esta es compleja. No caben los atajos, tampoco los engaños, tal y como explican Pablo Molinero y Juan José García: “Cada folio se trabaja de modo independientemente, no utilizamos flejes, no utilizamos troquelado, todo se hace a mano, página a página, para que el libro tenga el mismo contorno envejecido que el original. Y luego hay que tener en cuenta que estamos ante una materia viva que ha permanecido prácticamente inerte durante 600 años y pasando por diferentes fases climatológicas y de conservación, que habrá estado en sitios con humedad, en sitios secos, que le habrá dado más luz, menos luz, estos libros suelen tener una deshidratación en mayor o menor grado, y todo eso le ha dado en algunas zonas un aspecto como quemado… y cuando pasas las páginas hay como un cuarteo, una especie de semichasquido, y todo eso hay que lograrlo, y es técnicamente muy complicado”.

Pero además el Voynich presenta sus propias dificultades añadidas: “Es un libro hecho en vitela, es decir, en piel de animal no nato, o sea, la piel del feto de un cordero o de una ternera, el material más suave y delicado que te puedes echar a la cara; además, el libro tiene folios que se abren, se desdoblan, se multiplican… y eso lo hace todo más complicado técnicamente”.

Paradójicamente, el caso del Códice Voynich, un libro de 600 años de edad, tiene el poder de retrotraernos a la infancia por su indescifrabilidad: al no poder ser leído, es meramente contemplado, a la manera en que el niño contempla un tebeo o un libro cuando aún no ha aprendido a leer. Y es eso: que el mundo aún no ha aprendido a leer el Voynich. Y ya se verá si un día lo hace…

FUENTE: DIARIO EL PAÍS. BORJA HERMOSO.

El colombiano que recupera libros de la basura para llevarlos a los colegios

José Alberto Gutiérrez lleva dos décadas nutriendo más de 450 bibliotecas, escuelas y centros de lectura en Colombia.

“El día que llene Colombia de libros, me sentiré como Ulises cuando rescató a Penélope y salvó Ítaca de la guerra”, exclama con aires de estoicismo José Alberto Gutiérrez, un hombre de 55 años que desde hace dos décadas se ha encargado de nutrir —con libros rescatados de la basura— más de 450 bibliotecas, escuelas y centros de lectura en Colombia.

Los textos que ha recogido de la basura bogotana el Señor de los Libros, como es conocido Gutiérrez por sus vecinos en el barrio popular La Nueva Gloria han servido para que más de 22.000 personas de diferentes zonas vulnerables del país, principalmente rurales, comenzaran a imaginar su entorno de una forma diferente.

Adentrarse en la casa de Gutiérrez es aventurarse a recorrer un laberinto de miles de libros amontonados a lo largo de aproximadamente 15 metros cuadrados. Saltan a la vista clásicos de literatura universal como Lo Que el Viento Se Llevó, de Margaret Mitchell, una edición en inglés de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, y una colección de obras de Miguel de Cervantes Saavedra. Todos rescatados de la basura.

Los libros comenzaron a llegar de forma intempestiva a finales del 1997. Gutiérrez había empezado su trabajo como conductor de un camión de basura en la antigua empresa de Limpieza Metropolitana de Bogotá y fue en esa ruta por el occidente de la ciudad, la que transitaba todas las noches, donde el brillo de los libros descartados lo encandiló.

“La lectura es el símbolo de la paz y de la esperanza en nuestro país. Si a mí un libro me cambió la vida, imagínese el impacto de un texto en uno de esos lugares que ha sido víctima del conflicto armado”

Así nació la biblioteca comunitaria que Gutierrez construyó en su propia casa, con la complicidad de su esposa, y luego transformó, hace 10 años, en la Fundación La Fuerza de las Palabras. Desde aquel momento, han sido más de 50.000 los ejemplares de ciencia, literatura, emprendimiento, medicina, entre otros, los que el Señor de los Libros ha recuperado de los desechos y posteriormente repartido a un centenar centros comunitarios y escuelas rurales alrededor del país.

El método de operación de La Fuerza de las Palabras es el siguiente: primero, reciben una llamada de alguien, en cualquier lugar del país, que busca donar libros o de que se los regalen. Luego, si los textos van para una biblioteca o escuela, los Gutiérrez realizan la selección de los ejemplares infantiles, científicos o literarios que serán de mayor provecho para los destinatarios finales. Posteriormente, dependiendo de la distancia, la organización transporta los textos en su vehículo hasta el lugar de destino o busca de forma impetuosa la manera de patrocinar el envío. Así han llegado a más de 450 puntos en el país.

“La mejor herencia que le podemos dejar a un niño siempre será la educación”, asegura Gutierrez, y agrega que decenas de niños han podido realizar estudios superiores gracias a la fundación.

Según cifras del Ministerio de Educación Nacional, cada año, solo cuatro de cada 10 jóvenes que culminan sus estudios secundarios en Colombia, logra acceder a la universidad. El porcentaje se reduce aún más en territorios afectados por diferentes problemáticas socioeconómicas como el barrio La Nueva Gloria.

A finales del 2017 la fundación mandó por avión cinco cajas repletas de libros a la comunidad indígena Huitotacueimaní, ubicada en una zona selvática y ribereña en el sur de Colombia. Días después, uno de los líderes de ese territorio le respondió con un video en el que asegura que todos los pueblos indígenas de esa región esperan al Señor de los libros con los brazos abiertos, y muchos más textos.

El Señor de los libros también hizo llegar hasta un grupo de excombatientes de las FARC —la guerrilla que azotó la región durante 50 años y firmó en 2016 un acuerdo de paz con el Gobierno colombiano— decenas de ejemplares de Nobel de literatura como el colombiano Gabriel García Márquez, o el peruano Mario Vargas Llosa.

“La lectura es el símbolo de la paz y de la esperanza en nuestro país. Si a mí un libro me cambió la vida, imagínese el impacto de un texto en uno de esos lugares que ha sido víctima del conflicto armado y del olvido del Estado”, señala Gutierrez.

Tras haber sido despedido en febrero de la empresa de reciclaje de Bogotá en la que trabajaba, Gutierrez y su familia dedican sus días a soñar con la construcción de una biblioteca museo en Bogotá, la cual contaría con un taller de reciclaje, banco de libros y una exposición de reliquias literarias, todo con el objetivo de seguir llevando el maravilloso mundo de la lectura a los sectores más vulnerables del país. Según los cálculos de la fundación, para la construcción de la biblioteca museo serán necesarios 800 millones de pesos colombianos (algo menos de 240.000 euros), dinero que esperan conseguir pronto.

“El mundo necesita de más acciones como esta, porque en un territorio donde no hay acceso a muchas cosas, un libro se convierte en el símbolo de la esperanza”, dice Gutierrez. Luego agrega: “Oiga, si los humanos nos tratáramos como en muchos de los libros que me he leído, a este planeta solo lo regiría el amor”.

Iniciativas que cambian el mundo

Este reportaje pertenece al proyecto Impact Journalism Day, que recoge historias sobre proyectos positivos que se están llevando a cabo en todo el mundo. Medio centenar de periódicos participa en la iniciativa de la que EL PAÍS forma parte. Consulta aquí las otras historias que hemos publicado:

Los padrinos de los olivos que salvaron a todo un pueblo

Un frasco de tomate lleno de libertad

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Cultivar forraje en pleno desierto

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Bolsos de ‘influencer’ hechos con airbags

Se acepta abeja como animal de compañía

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FUENTE: EL PAÍS / Julián Vivas Banguera (El Tiempo)